Siempre se ha hablado -casi siempre mal- de las ‘mafias’ intelectuales en España y en América Latina. Las piñas de escritores del mundo entero son denigradas por quienes no creen que la unión sigue haciendo la fuerza y por los que. suponen que la literatura -más allá de la creación- no es una industria en la que hay que ejercer presión para tener cabida, a pesar de la calidad de las obras escritas.
En España, el ‘boom’ de la literatura -especialmente la narrativa- latinoamericana de los 60 despertó las envidias y los ninguneos, los desprecios y los cotilleos de los más asombrados por el pacto de ayuda que algunos novelistas latinoamericanos habían hecho tácitamente. Un precedente inmediato en nuestro país se encuentra en la Generación poética del 50, en la que todos son amigos, incluso la mayoría de sus estudiosos y antólogos.
Tras el ‘boom’ latinoamericano y las sombras de la Generación del 50, Canarias tuvo su oportunidad casi simultáneamente en Andalucía. Eran los principios de los años 70. Pero las luchas internas, las excesivas ambiciones de algunos -que todavía siguen sin dar su primera obra narrativa a la imprenta- y la falta de comprensión entre los componentes de los grupos canario y andaluz hicieron que el cansancio inundara las ilusiones de cada uno y que cada cual tomara su camino en el jardín de los árboles literarios.
Ahora no se habla en el mundillo literario español de otra cosa que de la ‘escuela leonesa’, la ‘mafia’ leonesa o la masonería literaria de León. Yo, luego de haber estudiado a los protagonistas y haber leído muchas de sus obras, no tengo más remedio que rendirme a la evidencia. Por eso los llamo, con un remedo deportivo del ayer lejano, los de la Cultu- ral Leonesa. Ocurre que fueron llegando a la capital de España con todo sigilo. Se despertaron al mundanal ruido de la literatura uno a uno, independientemente de que fueran amigos o entre ellos existieran siempre las relaciones cordiales que empiezan a ser exigencia necesaria en un mundo al que todavía no hemos dejado de llamar civilizado.
Comprendieron, quizá cada uno por su parte, que todos eran de la misma tierra, independientemente de las obras que algún día llegaran a parir. Y ahora, en Madrid, son una piña de nombres, de obras, de relatos y de poesía.
Por ahí, en cualquier librería o estantes de grandes almacenes podemos encontrar las obras narrativas de José María Merino, de Juan Pedro Aparicio, de Luis Mateo Díez, de Julio Llamazares, de Antonio Colinas, de Jesús Torbado y de algunos otros nombres que están atados -en cantidad y calidad- a lo que ha dado en llamarse con toda justeza, incluso universalmente, la escuela leonesa. Periodistas, escritores, novelistas, profesores universitarios, poetas: de todo hay en la villa del Señor que ha florecido desde León.
Las tertulias madrileñas y las del extrarradio y la periferia de tantos sitios que visitamos se preguntan boy por el carácter misterioso de esta secta surgida casi repentinamente entre nosotros, la turbamulta literaria. Intentan casi to- dos escudriñar entre las reglas ‘secretas’ de la amistad y los jugos masones que se mueven entre los escritores e intelectuales de León. El hecho definitivo, contando siempre con la relatividad de las cuestiones terrenales, es que la Cultural Leonesa camina hacia delante dando cada uno de sus componentes posibles obras que van desenfundando desde sus soledades particulares. El hecho positivo es que hoy se habla con respeto y con admiración de la escuela leonesa, y al margen de los defectos de sus obras -que también los tienen- y de la futura y posible perfectibilidad de su trabajo, la escuela leonesa existe para aquellos mundos intelectuales que interesan a todo escritor contemporáneo: el mundo crítico, el mundo de los lectores, el mundo de los editores y el mundo de los universitarios. Porque ocurre que en ese grupo de leoneses todos son escritores, y sin embargo, amigos; ocurre que saben a ciencia cierta, aunque ninguno de ellos venga a exhibirlo en público, que el guerracivilismo es algo latente y maligno en el seno de la actual literatura española, donde nos pasamos la vida hablando los unos mal de los otros y tratando, por todos los medios, de convencernos a no- sotros mismos de la invalidez crítica que manejan nuestros adversarios. En la escuela de León la camaradería y la cercana amistad, la conjunción de intereses, la calidad literaria y el a cierto de la imagen de todos y cada uno de sus componentes son las características que priman fundamentalmente cada día.
Habría, pues, que recomendar a muchos ciertas conductas positivas, ciertas pantas de comprensión y de estima propias y extrañas y que observaran con detalle los movimientos de las piezas del juego, olvidándose de una vez que en España, como en todos los lados, la Guerra Civil terminó hace rato. El ejemplo contundente de la Cultural Leonesa es claro y, a lo que parece, un caso definitivo a tener en cuenta.
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