No es la vida, eres tú evitando preguntas incómodas

El artista José Antonio Santocildes y la escritora Nuria Crespo nos sorprenden con esta danza mágica que surge entre el dibujo y el texto, entre los trazos y las palabras, para que todos podamos disfrutar cada semana de esta peculiar colaboración

José Antonio Santocíldes
Nuria Crespo
01/03/2026
 Actualizado a 01/03/2026
No es la vida, eres tú evitando preguntas incómodas. | JOSÉ ANTONIO SANTOCILDES
No es la vida, eres tú evitando preguntas incómodas. | JOSÉ ANTONIO SANTOCILDES

Hay un momento, casi siempre sereno y silencioso, en el que la vida nos acorrala contra una fría pared. Puede ocurrir tras un punto de quiebre en nuestra vida o en mitad de una rutina diaria: trabajo y más trabajo, mensajes que gritan atención, notificaciones que nos miran con un cruel gesto de impaciencia. Y de pronto emerge esa sensación. Una sensación leve pero persistente que nos atraviesa sin compasión. Una terrible sensación que nos hace ver que algo no está bien. No sabemos nombrarlo, ni siquiera el motivo de su presencia. Pero ahí está.

Es el instante en el que todo comienza, o al menos el instante en el que todo debería comenzar. Porque lo “natural”, lo que hemos aprendido a hacer con una eficacia casi admirable, es distraernos. Vivimos continuamente rodeados de estímulos, de ruido y más ruido, de entretenimiento inagotable que nos promete una compañía siempre virtual. Y así, día tras día, vamos postergando el encuentro más importante de nuestra vida: el encuentro con nosotros mismos.

Hacerse preguntas profundas es un acto de rebeldía en un mundo que premia la superficialidad más descarnada. Es casi un gesto heroico. Preguntas simples que, sin embargo, pueden marcar un antes y un después en nuestra vida. Preguntas obvias, pero que pueden doler más que nada. Preguntas ordinarias que lo son todo en realidad: “¿Soy feliz o solo estoy ocupado?” “¿Vivo como quiero o como los demás dicen que debo hacerlo?” “¿Hago las cosas por y para mí o para impresionar a los demás?” “¿Qué dolor sigo intentando no mirar de frente?” “¿Qué parte de mí reprimo para encajar?” “¿Soy feliz haciendo lo que hago?” “¿Soy coherente con lo que pienso, digo y hago?”

No son preguntas cómodas ni están diseñadas para tranquilizarnos, sino para confrontarnos con nosotros mismos. Para mirarnos por dentro aun corriendo el riesgo de que duela. Y duele. Duele mucho. Sobre todo porque casi siempre las respuestas contradicen nuestra realidad diaria.

Duele descubrir que hemos sostenido relaciones por miedo a la soledad. Duele reconocer que hemos dicho “sí” cuando queríamos decir “no”. Duele aceptar que nos hemos traicionado más veces de las que deberíamos. Duele saber que no nos amamos, que no nos reconocemos. Duele darnos cuenta de que no nos dedicamos tiempo, de que tenemos todo lo importante por hacer. El proceso puede ser desgarrador, porque implica desmontar narrativas que han sido nuestras fieles compañeras de viaje desde hace años. Implica admitir que tal vez no nos conocemos tanto como creíamos, no tanto como deberíamos.

Hay un terror subyacente en hacerse ciertas preguntas: el terror de encontrar respuestas que no nos gusten y que nos obliguen a cambiar. Porque mientras no preguntamos, podemos seguir mirando hacia otro lado y fingir que no sabemos. Pero cuando la pregunta se formula con una honestidad incuestionable, algo dentro se enciende, se activa y se pone en alerta, como si todo lo que guardamos dentro hubiese encontrado una forma de liberarse y escapar. Y entonces ya no hay modo de detenerlo, ya no hay marcha atrás. La respuesta, aún incipiente, comienza a abrirse paso.

Pero eso exige valentía. Valentía para sentarse en silencio cuando en realidad queremos huir. Valentía para reconocer antiguas heridas que aún no han sanado. Valentía para aceptar que no todo fue justo, que no todo fue nuestra culpa, que a veces las cosas simplemente suceden y ahora nos toca responsabilizarnos de lo que hacemos con los restos que la tormenta ha dejado. Preguntarse es, entre otras muchas cosas, un acto de madurez emocional. Es dejar de buscar culpables y empezar a buscar soluciones.

Cada pregunta honesta que nos hacemos en busca de una respuesta liberadora es como una mano que entra en la oscuridad para tocar lo que hay dentro. A veces encontramos miedo, a veces culpa. A veces tristeza, otras resentimiento o vergüenza. Pero, si perseveramos, también podemos encontrar claridad, deseos auténticos, sueños que aún laten o límites que necesitamos poner para poder encontrarnos a nosotros mismos y respirar.

No hacernos preguntas tiene siempre un precio silente. Es el precio de vivir en piloto automático, de repetir patrones que nos dañan. Es el precio de confundir estabilidad con resignación. Si no preguntamos, no descubrimos. Si no descubrimos, no transformamos. Y si no transformamos, nos quedamos atrapados en versiones antiguas de nosotros mismos que no siempre podemos trascender. Porque nadie vendrá a hacernos las preguntas correctas. El momento decisivo siempre ocurre en la intimidad de nuestra conciencia, al amparo de nuestro SER interno que siempre nos cobija, cuando nos atrevemos a formular las preguntas que llevamos meses, años o la vida entera esquivando sin ser capaces de hacerles frente.

Tal vez las respuestas que encontremos nos sacudan y nos obliguen a tomar decisiones. Pero solo cuando comprendemos nuestras heridas, dejan de dirigirnos en secreto. Solo cuando entendemos nuestros miedos, dejan de gobernar nuestras decisiones. Solo cuando aceptamos nuestras sombras, podemos comenzar a integrarlas. Y así, puede que el camino no se vuelva más fácil, pero sí más liviano.

Hacerse preguntas, por tanto, es un viaje emocional que nos lleva a mirarnos al espejo sin filtros. Es decir: aquí estoy, con mis contradicciones y mis errores, con mis anhelos no confesados. Es dejar de huir de uno mismo sin descanso. Porque no estamos aquí solo para sobrevivir, sino para comprender, para crecer, para reconciliarnos con nuestra propia historia. Esas preguntas que rehuimos son el puente entre quien fuimos y quien podemos llegar a ser. Son el faro que nos guía en medio de la tempestad. Son el comienzo de cualquier sanación auténtica.

Recuerda siempre que si no nos hacemos preguntas, jamás hallaremos respuestas. Y sin respuestas, seguiremos cargando pesos absurdos que ya no nos pertenecen. La valentía no siempre consiste en hacer grandes gestas visibles. A veces consiste en cerrar la puerta, apagar el ruido y formular una sola pregunta honesta. Escuchar lo que surge. Aceptar su mensaje. No apartar la mirada y permitir que la verdad, aunque duela, nos atraviese.

Solo así podremos sanar nuestras heridas y corregir nuestro rumbo. Solo así podremos seguir avanzando. Más ligeros. Más conscientes. Más nosotros.

Lo más leído