El 6 de abril de 1994, una veinteañera llamada Anna Netrebko debutaba en escena. Sucedió en el Mariinski, donde trabajaba como limpiadora mientras estudiaba en el conservatorio de San Petersburgo. Así la descubrió el director Valery Gergiev, que le dio su primera oportunidad. Treinta años después, celebraba el aniversario a lo grande: en Nápoles, junto a otro gigante de la lírica actual (Jonas Kaufmann) y con un título, ‘La Gioconda’, en el que ambos se estrenaban (bueno, acababan de hacerlo solo dos semanas antes en Salzburgo). Este atractivo melodrama de 1876 con música de Amilcare Ponchielli y libreto de Arrigo Boito -conocido por su Mefistofele y por el ‘Otello’ de Verdi- triunfó en su momento y perdura por la ‘Danza de las horas’ (que Disney incluyó en ‘Fantasía’), pero no suele representarse.
¿La razón principal? Aparte del embarullado argumento (de amores cruzados y venganzas), la dificultad de encontrar a seis protagonistas a la altura: todos tienen –al menos– un aria de lucimiento. Aquí, al tenor de Múnich (1969) y la soprano rusa (1971) se sumaron talentos como el barítono francés Ludovic Tézier (1968), quizá el mejor de nuestro tiempo, virtuoso y autoritario en la piel del villano; la mezzo suiza Eve Maud Hubeaux (1988), dotada de encanto y finura; la prometedora mezzo ucraniana Kseniia Nikolaieva (1991), de hermoso timbre (en Londres agradó su Suzuki en ‘Madama Butterfly’); y el joven bajo húngaro Alexander Köpeczi, premio Karajan y Francisco Viñas y de ascenso fulgurante: Múnich, Londres, el MET, Salzburgo, Dresde o París en apenas dos cursos.
En cuanto a la pareja de estrellas, sobresalen su presencia, compromiso y credibilidad tanto como sus medios vocales. Netrebko está muy unida al Teatro San Carlo, donde ha triunfado como Aida y como Tosca e inauguró la temporada 2023 con un concierto. Su timbre es cada vez más oscuro, con graves contundentes sin perder el registro agudo. Su fraseo incisivo, intensidad dramática y emotividad merecieron la ovación del público. De Kaufmann destaca su musicalidad, siempre llena de intención, así como su fluidez, vigor, delicadeza, dinámicas y diversidad de colores. A la batuta de la Filarmónica de Budapest, el octogenario israelí Pinchas Steinberg (1945), vibrante pero sin excesos, ejemplar en su claridad, fuerza, tempo y tensión.
Cines Van Gogh retransmite este jueves a las 19:30 horas una grabación de esta ‘Gioconda’ de 2024. Se trata de una coproducción con el Liceu (donde está justo representándose ahora, por el 150º aniversario de su estreno en La Scala), y la firma el francés Romain Gilbert, con lujoso vestuario de Christian Lacroix. En Nápoles llevaba medio siglo sin representarse, así que el joven director prefirió «no hacer nada radical» ni trasladarla al presente. Como sucede con ‘Tosca’ y Roma, ‘La Gioconda’ no puede desligarse de la Venecia del siglo XVII: el libreto indica espacios muy concretos, como el Palacio Ducal o la Piazzetta. Así, la ambientación de este montaje es histórica, con decorados elegantes, austeros y clásicos del suizo Etienne Pluss. Sin embargo, nunca parece una postal turística, sino que se mueve «entre la luz y la tiniebla», en palabras de Gilbert. A momentos festivos como el carnaval y el ballet de la corte siguen otros lúgubres, con iluminación de claroscuros. En los canales hay barro, crímenes, espías, traiciones, y el tono se vuelve cada vez más nocturno, lleno de fatalidad.
¿Dónde reside el encanto de ‘La Gioconda’? Lo resumió el musicólogo Ottorino Respighi: «Desagrada a la crítica, pero es muy querida por el público, que en estos casos siempre tiene la razón». De hecho, es la única ópera italiana contemporánea a Verdi que le miró de tú a tú en popularidad y calidad. Su compositor, Ponchielli (1834-1886), compartió con él tanto su editor (Giulio Ricordi) como su libretista (el joven Boito, autor de ‘Falstaff’). En algunos pasajes recuerda a la música del maestro de Busetto, como en esas melodías y conjuntos electrizantes. Pero Ponchielli no era un mero imitador. Profesor y organista, innovó en la armonía, el canto directo, potente y emotivo, sin florituras, el gusto por los detalles macabros y la orquestación. Por todo esto se le considera antecesor del movimiento que al final del siglo XIX encabezaron dos de sus pupilos en el Conservatorio de Milán, Puccini y Mascagni: el verismo.
Por cierto, el título de la obra puede llevar a engaño, pero no tiene relación ninguna con Leonardo Da Vinci o su arte; fue tan solo una ocurrencia de Boito, que adaptó a la lírica ‘Angelo, tirano de Padua’, un drama de Victor Hugo, y cambió el nombre de la protagonista (Tisbe en el original) por «Gioconda». En italiano viene a significar «Alegre».