Museos vivos y con mucha tela en Val de San Lorenzo

Primero fue el Batán Museo y posteriormente La Comunal. Hoy son dos grandes experiencias donde disfrutar y aprender. Con suerte, podremos ver estos museos textiles en movimiento, pues todavía trabajan en ellos los últimos tejedores

Javier Revilla
31/07/2017
 Actualizado a 18/09/2019
Asunción lava mantas en el batán del museo de Val de San Lorenzo. | EDUARDO MARGARETO (ICAL)
Asunción lava mantas en el batán del museo de Val de San Lorenzo. | EDUARDO MARGARETO (ICAL)
Desde hace cinco lunes les vengo recomendando lugares para visitar este verano, o cuando tengan ocasión. Son museos y parajes de la provincia dignos de conocerse o repetir experiencia. Val de San Lorenzo es uno de ellos y personalmente lo considero uno de los más especiales, porque aglutina mi concepto ideal de museo: un lugar no sólo conservado y educativo, sino donde se pueda seguir realizando la actividad original para el que fue concebido.

No puedo seguir escribiendo una palabra más sin recordar la extraordinaria labor que en su momento hizo Concha Casado, impulsora de la recuperación del que finalmente se denominaría Batán Museo del Val de San Lorenzo. Consiguió implicar a distintas instituciones, como el Ayuntamiento, la Escuela de los Oficios o la Diputación de León, entre otras, con el fin de preservar un edificio fabril de cara a su exhibición pública, manteniendo la posibilidad de que los tejedores de la zona pudieran seguir lavando, abatanando y el cardado de la lana. Una idea sencillamente perfecta, un museo vivo.

El Batán Museo abrió sus puertas allá por el año 1998. Se emplaza en un antiguo pisón de lana, cuyos antecedentes se pueden remontar hasta el siglo XVII. La fuerza que mueve las distintas maquinarias es hidráulica, siendo el agua del río Turienzo fundamental también para algunos de los trabajos que se realizan en su interior, los cuales suponen el inicio del tratamiento de la lana (ablandado, aclarado y centrifugado de los vellones) y el final o acabado de las mantas (pisado o abatanado y perchado o cardado final de las piezas ya tejidas).

Más recientemente se musealizó también ‘La Comunal’. Desde febrero de 2006 Miguel Ángel Cordero López enseña con pasión y esmero este edificio industrial único en la provincia e importantísimo a nivel español y europeo, luego les explico por qué. Antes quiero incidir en el calificativo que yo empleo: industrial, porque aquí se tejía antaño industrialmente, aunque veamos también telares arcaicos. Actualmente la actividad textil que se mantiene en Val de San Lorenzo es puramente artesanal.Pero vayamos al meollo de la cuestión que nos trae hasta aquí. La Comunal, como su propio nombre indica, fue un proyecto de sociedad comunitaria iniciado en el año 1920 y que tuvo desarrollo en las décadas posteriores; de hecho, el edificio que lo alberga se construyó en 1953. Surgió porque a comienzos del siglo XX, los tejedores maragatos de modo individual no podían adquirir las nuevas maquinarias textiles que se estaban desarrollando en Inglaterra o Cataluña. Pero asociados podían, al menos, comprar las máquinas desechadas de segunda o tercera mano en las grandes zonas industriales. Así llegaron hasta el Val de San Lorenzo hiladoras y telares mecánicos que ya en Sabadell o Béjar estaban desfasados, y aquí siguieron trabajando hasta el año 1996. La maravilla de La Comunal es mantener en uso tales máquinas, las cuales se pueden visitar en el museo de manera estática por una entrada mínima, o también concertarse visitas especiales para que las pongan en movimiento, requiriendo para ello organizar grupos amplios y pagar un mayor precio para compensar los gastos. Pero, sin duda, la experiencia merece la pena.Nos contará Miguel Ángel Cordero que una de las procedencias más numerosas en cuanto a visitantes foráneos es precisamente la de catalanes que, estando muy interesados en el patrimonio industrial, vienen a admirar a Val de San Lorenzo las joyas que como máquinas hace un siglo o menos desecharon en Cataluña por obsolescencia y que ahora les encantaría recuperar.Esta historia es una de las muchas que nos relatarán en las visitas a los museos del Val de San Lorenzo. Otra muy especial tiene que ver con un caso de «espionaje industrial» desarrollado allá por mediados del siglo XIX. Es conocida porque en 1900 la publicó Eusebio Díez García, por entonces maestro en el Val. Cuenta que en 1858 José Cordero Geijo y su hijo Manuel Cordero Martínez decidieron pedir trabajo en una fábrica de mantas de Palencia, propiedad de Damián Cuadrado, siendo aceptados pues eran tejedores maragatos que decían haber abandonado su negocio por falta de viabilidad. Los Cordero, padre e hijo, trabajaron durante tres meses en Palencia sin despertar suspicacias. Pero lo cierto es que, además de desempeñar su función, estaban copiando su sistema de fabricación para reproducirlo en el Val. Lo curioso es que los palentinos sospechaban del padre, evidentemente, y lo mantenían en un puesto fijo impidiéndole conocer todo el proceso industrial. Según la versión escrita por el historiador Pablo Alonso González, fue el niño Manuel Cordero, que por entonces tenía 13 años, quien pudo transmitir a su padre todas las partes de la fábrica ya que a él le encargaban tareas por todos los departamentos, siendo capaz de memorizar hasta los más mínimos detalles.

Lo cierto es que, al regresar posteriormente al Val de San Lorenzo y con ayuda de carpinteros locales y otros socios, los Cordero montaron una nueva fábrica en la que construyeron un telar que requería dos trabajadores para producir diariamente cuatro mantas. Una evolución de dicha máquina todavía se conserva en La Comunal y se exhibe con orgullo, pues con ella crearon los famosos cobertores del Val, a la postre premiados en diversas exposiciones nacionales e internacionales.

Actualmente, en el Museo Textil de La Comunal puede verse todo el proceso de transformación de la lana, desde que entran los vellones ya lavados, hasta que salen tejidas las mantas. Primero «el diablo» abre los vellones, luego la lana se carda y se mecha, finalmente las torcedoras crean las canillas de urdimbre y de trama. El tejido se formará ya en los telares, existiendo distintos tipos y evoluciones, como nos explicarán convenientemente.

El ambiente y los olores están muy presentes. Si además realizamos la visita con las máquinas en movimiento, sumaremos los impresionantes sonidos. Es un verdadero espectáculo. No se lo pierdan, pues además lo pueden hacer coincidir con alguna programación cultural que con asiduidad ofrece este centro museístico, referencia fundamental en nuestra provincia.
Lo más leído