Tanto si subes, atravesando el Cuerno de Oro por el puente Gálata, como si desciendes desde la Plaza Taksim, a medio camino de la famosa avenida Istiklal con su tranvía de hace más de cien años, puedes bajar por un callejón estrecho muy empinado y solamente transitado por patrullas de gatos hasta una zona de grandes embajadas ocultas; un poco más allá, aparecen pequeñas calles envejecidas con casas de tres o cuatro plantas bastante deterioradas, pisos abandonados con ventanas que se caen, comercios con antigüedades de poco valor, alguna galería de arte clausurada, diminutos cafés…; allí, en una esquina, encontrarás un edificio rojo oscuro, distinto a todos los demás: se trata del Museo de la Inocencia que el escritor estambulita Orhan Pamuk realizó, por cuenta propia, en el barrio de Beyoğlu, en el cual se desarrolla buena parte de su novela que lleva el mismo nombre.
A lo largo de las más de seiscientas páginas, el protagonista va robando, al descuido, cosas a Füsun, la muchacha a la que ama, objetos que componen la colección que se exhibe en el museo de la calle Cukurcuma. Pamuk asegura que compró el edificio mientras escribía el libro, que no pensó en montarlo después de terminar el manuscrito sino que se hicieron simultáneamente y que, por lo tanto, no se trata tan sólo de recrear la novela.
Un gran panel, con miles de cigarrillos impregnados de carmín fumados por Füsun, recibe al visitante, luego hay una sucesión de vitrinas, ochenta y tres, tantas como capítulos tiene la novela, que contienen infinidad de objetos: botellas de ‘raki’, bolsos, zapatos, el plano de la ciudad que señala los lugares de encuentro de los amantes, perritos decorativos de porcelana, figuritas de su casa, un reloj despertador, el vestido que llevaba cuando aprobó el examen de conducir… y el pendiente en forma de mariposa que inicia la colección, la misma mariposa del sello que estampan en el ejemplar del libro que mostramos todos los lectores del mundo que nos acercamos hasta la taquilla del museo de Füsun.
La sensación es mucho más sorprendente de lo que el lector espera porque el prejuicio con el que llega de encontrar una recreación falsa de lo leído se borra en cuanto empieza a reconocer todos los objetos delicadamente ordenados. Es como si las cosas, que en las páginas sólo eran palabras, fueran volviéndose de materia real, objetos verdaderos, y recorriésemos un camino inverso al que estamos acostumbrados: la realidad está fabricándose con la ficción.
El museo que Pamuk levantó, después de visitar 273 de todo el mundo e infinidad de casas y pisos de acumuladores anónimos de Estambul, es tal vez el único del planeta en el que se vuelve sólida una novela, en él se materializa el amor de Kemal y Füsun, que acaba por representar a los millones de historias de amor que habrán sucedido en la legendaria ciudad, única historia que no ha existido y que puede reunir a todas las que sí existieron.