«Los cercados son: en la Montaña, de pared; en las riberas y tierra llana, de sebe amarrada á los árboles. Esas amarras tienen, en relación con la propiedad de las plantas, una indudable importancia para el derecho consuetudinario. El lazo de la amarra es signo que revela la finca a qué árbol corresponde; basta ver el lado hacia donde la lazada está hecha, para poder asegurar que el árbol y la finca de aquel lado corresponden al mismo dueño. Si en una fila de plantas la mitad ó la tercera parte pertenecen al dueño de la finca de un lado y las restantes al dueño de la del otro, cada uno amarra la sebe medianera en sus respectivos árboles, quedando así el nudo o lazada hacia la propia finca. Si acerca de la propiedad de una planta surge discusión, las lazadas son importantísimo elemento de prueba».
Este texto pertenece a una de las obras de referencia al hablar de costumbres y vida comunal, ‘Derecho consuetudinario leonés y economía popular de la provincia de León’, para el que su autor, Elías López Morán, buceó en las ordenanzas de cientos de pueblos.
Sirve este párrafo para entender la importancia de estos cercados, las tradicionales sebes, que va mucho más allá de un simple cierre. Está de actualidad el asunto pues esta misma semana se trató en el Parlamento Regional y, tal vez fruto de esa irreconciliable relación de fuerzas políticas, se quedó en nada.
La procuradora leonesa Nuria Rubio pedía «la protección y conservación de las sebes tradicionales de la provincia de León, un patrimonio natural, cultural y paisajístico en riesgo de desaparición». La respuesta fue, más o menos, «que ya estaban protegidas por ley».
Ya hace tres años, cuando Víctor Casas publicó un libro fundamental y un completo estudio por estas estructuras, titulado ‘Sebes, los paisajes culturales leoneses’, seguramente explicaba esta situación al hablar de cuál era su realidad: « Hay mucha normativa genérica que en teoría protege a las sebes, pero en la práctica no se está aplicando. Ahí hay que meter presión para que se considere como un paisaje valioso y no sólo como un espacio agrícola».
Nada ha cambiado desde entonces.
En el citado libro de Víctor Casas ya advertía de la complicada situación que vivían estos despreciados elementos de nuestro patrimonio, con un problema añadido no menos, la ausencia de personas que sepan hacer o reparar sebes, gentes como Arsenio o Justo.
Pero hay otros muchos, el olvido, las concentraciones parcelarias, la falta de sentido estético que ha llenado nuestros campos de cierres hechos con somieres y otros atentados a la vista.
Defendía Casas es su estudio el valor de las variadas sebes de nuestra provincia, de las que decía: «Son bastante singulares nuestras sebes y, por ello, muy valiosas. Son tan espectaculares que mucha gente las asocia a climas más húmedos, les parecen más propias de paisajes como los de Asturias, los que observan al transitar por el puerto de Pajares».
Y destacaba este biólogo que el punto de partida de este libro, «la excusa si queremos, es analizar las relaciones entre la gente y el territorio de una provincia tan diversa y variada;analizar y lamentar su progresiva desaparición, que es un síntoma de una tendencia que considera que resultará muy perjudicial para el propio campo y su diversidad biológica», pues entre los aspectos que analiza esta la fauna que ‘vive’ en las sebes, que dependen de ellas y, en resumen, podrían ser: «20 especies de anfibios, otras 20 de reptiles, 100 especies de aves, 50 de mamíferos y cientos de especies de invertebrados entre los que destacan mariposas y grandes escarabajos forestales».
Pero son mucho más variados los beneficios que apunta para las sebes, al margen de numerosas fotos de paisajes de nuestra provincia que hablan por sí mismos. Sin despreciar la variedad lingüística: «He podido recoger hasta una veintena de términos: desde valladar a cierro pasando por subiao o beirón, por citar algunos».
Tratar de evitar el final de una historia muy larga debería ser motivo suficiente para, como apunta Casas, ni una sebe menos: «Deberíamos reflexionar que están ahí desde la llegada de la ganadería a León, hace entre 5.000 y 7.000 años. Es evidente que la agricultura intensiva ha destruido la vegetación natural y también desaparecen aspectos tan poco conocidos como que las sebes «limitan la llegada del viento a los cultivos y todas las complicaciones que éstos acarrean».
Por ello, apuesta Casas por la expresión «ni una sebe menos» y hasta lleva en el prólogo un poema que acaba así: «Y cuando las sebes se conviertan en setos monótonos de Cupressus arizonica, lindes de adosados calcados, en barrios cómodos y con buenos servicios.
Las niñas ya no podrán buscar moras ni pincharse las manitas arrancando tapaculos (no todo se puede encontrar en los centros comerciales).
Y cuando no sepamos usar herramientas, podar las paleras ni tejer cestas. Cuando los caminos desaparezcan y los árboles sagrados se sequen, contrariados. Cuando el campo sea selva y los pueblos, relajantes refugios de fin de semana.
Nos aburriremos mucho más que ahora (todavía)».
Pero no parece que por tierras vallisoletanas estén preocupados ni por poemas ni, mucho menos, por sebes.
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