"Muchos días llegaba de un porte y sin dormir iba para otro"

Tubal el de Vegapujín, un personaje en el Valle Gordo y un enorme trabajador que sigue viviendo en su pueblo

08/03/2026
 Actualizado a 08/03/2026
"Aquí tenemos rutas de todo", dice el paisano delante del mapa que las marca. | FULGENCIO FERNÁNDEZ
"Aquí tenemos rutas de todo", dice el paisano delante del mapa que las marca. | FULGENCIO FERNÁNDEZ

Hay paisanos —y paisano no es cualquiera que es una categoría solo para el que se la gana— que llevan en su biografía la historia de su tierra. Que ya no hace falta estudiar nada, buscar en libros o eso pozo sin fondo de Google, basta con escucharles para saber cómo fue la vida, cómo se sacó adelante el día  a día y cómo es quien te la cuenta.       

Un caso claro es Tubal, nombre muy de la zona, el del Valle Gordo, uno de esos lugares que este verano irrumpieron en las noticias porque se estaba quemando el monte y la vida, corría peligro de desaparecer, de calcinar una historia rica pues, dice Tubal con el humor recuperado de aquellos días de mucho fuego y pocas rosas: «Tres cosas tiene Vegapujín que no las tiene León: La Peñina, la Peñona y el Tamabarón». 
El Tambarón
, uno de esos lugares míticos de este valle. 

Como ha dicho Tubal, —¿qué apellidos quieres con mi nombre? Soy yo, ¿quién va a ser? (y sé de lo que habla— y si añades al nombre «el de de Vegapujín», que de ese pueblo hablamos, ya no hay nada que aclarar: «Aquí de día quedamos tres; dos mujeres que con este frío no salen de casa y otros tres que están trabajando y vienen a dormir».

- ¿Y tú qué haces todo el día?
- Nunca falta que hacer. Y si no hay nada que hacer pues no hago nada. 

De hecho al llegar estaba picando leña, «que la cocina come mucho» y para hacer realidad el dicho coge unos troncos de la cesta y la atiza. «¿Y no ves la tele?. Para ésa estoy sordo, prefiero no oírla». 

Tubal cortando leña para la cocina. | F. FERNÁNDEZ
Tubal cortando leña para la cocina. | F. FERNÁNDEZ

 

Lo que sí merece  la pena escuchar es la historia de Tubal el del Valle Gordo, que él insiste en que no es nada extraordinario, pero esta encantado de contar su andadura con la música de fondo de los golpes de la cacha contra el suelo, cuando no la necesita para señalar algo y la levanta apuntando. «¿Ves ese monte?, pues detrás hay otro igual y este verano, cuando ya se veía el fuego detrás, a los que mandaron a apagar estaban aquí… Ya les dije, vamos a pararlo en la vallina de allá, que si pasa para acá ya no hay manera de pararlo. Y fui yo delante de ellos, si lo llegan a esperar aquí no queda nada; ellos qué sabían, lo que les mandaron, que eran unos rapaces».

- ¿Viviste siempre aquí?
- Aquí nací y aquí voy a morir pero cuando hubo que ir a ganarse el pan pues se iba donde estuviera. Pero mayormente estuve en Vegapujín, que de donde es uno siempre te tira.

- ¿Con qué edad empezaste a trabajar?
-Con 10 años.

- ¿No exageras algo?
- No exagero nada. A los 10 años ya me mandaban a la majada de las vacas. Ahí arriba estaba, y está, donde te apunto con la cacha pasaba los días y me quedaba a dormir toda la semana.

- ¿No tenías miedo?
- ¿A quién?

- A los lobos.
- ¿De dos patas?

Y suelta una de sus carcajadas antes de contar que ya con trece años – «con 13», insiste- «marché a trabajar para la carretera, que la estaban haciendo desde Fasgar para abajo, no faltaba ni un día al tajo y trabajaba como un paisano. Yo era muy fuerte, bueno todavía lo soy».

Y para ilustrar esa fortaleza nos lleva la conversación a  otro oficio que tuvo después, en Oviedo, «en la calle Uría, no se si conoce, que es como en León la de Ordoño, la principal de Oviedo. Fue cuando iban a hacer Galerías Preciados, que te digo una cosa, ese comercio tiene más para abajo que para arriba, que lo piqué yo. Fui a pedir trabajo y me dijo el paisano: ‘¿Sabes picar?’; ‘mejor que usted’, le dije y se lo demostré. Me miró muy serio: Ven mañana por la mañana que de aquí no te mueves», «y tuvo razón».

Entre la carretera y la calle Uría trabajó en una mantequera y después volvió al sector. «Yo ya había trabajado con uno que tenía un camión, que me saqué el carnet en la mili,  y dije, pues me pongo yo por mi cuenta, y estuve 36 años recogiendo la leche para Rofer, el de Pola de Gordón, hasta que cerró. Eso por las mañanas, que por la tarde hacía portes para otras cosas. Muchas veces cargaba jatos para llevarlos a Avilés, llegaba de vuelta a Vegapujín y sin dormir a recoger la leche otra vez. Subía los bidones de dos en dos, uno con cada mano. Ya te dije que soy muy fuerte».

- ¿Cuarenta litros lleva cada bidón?
- 45, que no son kilos, que la leche no es agua y pesa más. Además de lo que pesaba el bidón…

- ¿Para qué tanto trabajar, te harías de oro?
- Éramos ocho hermanos, que son muchas bocas. Ojo, que además había en casa unas pocas vacas y había que atenderlas. 

- ¿Nunca tuviste un accidente?
- Tuve suerte. Aquí somos muy fieles de la Virgen de la Casa, que es la patrona de estos valles y tiene ahí la ermita. Es muy protectora, nunca faltamos a la romería. 

Y recuerda Tubal que también había una mina y veía por las noche las luces de los que iban andando a trabajar, 16 de Fasgar para allá. «Una vez se mató uno, fue una pena grande, era un rapaz que iba a ganar unas perras para comprar una bicicleta».

«Vamos para la cocina que se pone frío». Dice que ya no cría gocho pero sí hace matanza, que compra la carne. «Pero hay  guevos de gallina soltera,  buen chorizo, y algo de vino, que nunca falta…».

- Y gatos.
- Mío solo es uno. Los otros marchan los dueños, los dejan aquí y si les das de comer… no marchan.

- Pues yo igual.
- Lo que quieras, mientras hagas compañía y hables… ¿de dónde dices que eres? Seguro que conozco a alguien.

-  A César, el de Canseco, que también llevaba la leche a Rofer.
- ¡Cóño claro! ¿Cómo está?  
- Muy bien. Oye Tubal, ¿y cómo era la vida aquí en el Valle Gordo y en Vegapujín?

- Ostia. ¿Entonces qué te llevo contando toda la tarde? Tú lo que quieres es merendar.
- Ahí le has dado. 

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