Los puentes son estructuras mágicas que, además de su función principal de unir las orillas de un río, haciendo más fácil y seguro el camino a viajeros y mercancías, sirven para modificar profundamente el paisaje, de tal modo que los pueblos y territorios que los circundan, acaban haciendo de ellos referencia esencial a su identidad.
Tienen una particularidad los puentes. Resultan invisibles para quienes los cruzan pues observan la continuidad del camino sin alteración alguna y solo se percatan de su existencia cuando el puente les eleva sobra la corriente y les permite una visión del interior del río o de la inmensidad del valle, solo reservada a los ángeles. Para contemplar la belleza de un puente, de sus recios pilares anclados en el agua, y la sutil ingravidez de sus arcos de piedra sosteniendo el aire, es necesario abandonar el camino y desde la orilla observar la grandiosidad del paisaje transformado.
En nuestra provincia –extenso territorio cruzado por caudalosos ríos–, los puentes se multiplican por cualquier ruta que pretendamos realizar.
Podemos seguir el cauce de los ríos, como hiciera Julio Llamazares en su libro viajero, ‘El río del olvido’, siguiendo el curso del Curueño, y descubriremos un universo de agua y piedra en el que se mezclan pequeños puentes semiocultos entre la vegetación y puentes señeros en las rutas principales, cargados de historia y señorío.
Las vías romanas nos ofrecen ejemplos de magníficos puentes utilizados para cohesionar el imperio y acercar las urbes de la península. Es de destacar la llamada Vía de la Plata, que unía las ciudades de Mérida (Emerita Augusta) y Astorga (Asturica Augusta) donde pueden encontrarse restos de antiguos miliarios y numerosas ‘mansio’, áreas oficiales de descanso en la ruta, protegidas por una pequeña guarnición. Estas vías y los magníficos puentes que jalonan su recorrido, fueron reutilizados por las cañadas por donde transitaba el ganado trashumante hacia los puertos de León.
El Camino Francés a Santiago de Compostela, que recorre la provincia de este a oeste, atraviesa perpendicularmente todos los ríos de la provincia con puentes extraordinarios, desde el humilde puente que cruza el río Valderaduey que permite al peregrino el acceso a la ermita de la Virgen del Puente, primer hito del Camino en nuestra provincia, hasta los monumentales y señeros puentes sobre el Cea en Sahagún, el Esla en Mansilla de las Mulas, el Porma en el Puente de Villarente, el Torío en Puente Castro, el Bernesga en León, el Órbigo en Hospital, el Tuerto en San Justo de la Vega, el Meruelo en Molinaseca, el Sil en Ponferrada y el Valcarce, antes de ascender al Cebreiro, nuestra provincia nos ofrece un catálogo extraordinario de estas estructuras de leyenda.

Nuestros pueblos se han identificado a menudo con aquellos puentes enclavados en sus núcleos urbanos, y tomado su denominación, como Puente Almuhey, Puente de Alba, Puente Castro, Puente de Domingo Flórez, Puente de Villarente, Puente de Órbigo, Puente de Rey y, aunque enmascarado en términos latinos, Ponferrada cuya denominación se debe a un puente construido en el año 1082 por el obispo Osmundo, de Astorga, para facilitar el paso de peregrinos a Compostela.
El mundo de los puentes es inmenso porque, además de su utilidad y belleza, constituyen una metáfora de lo eterno, de aquello que perdura por generaciones, y en cierto sentido esto es así. La mayoría de los puentes que denominamos romanos, fueron restaurados durante la Edad Media y después, nuevamente remozados en los siglos XVII y XVIII, y seguramente, muchos de ellos ya existían construidos en madera por antiguas tribus astures como los vacceos y vadinienses, salvando las mismas aguas.
En la actualidad muchos de estos puentes siguen resistiendo el paso del tiempo, y permitiendo la circulación sobre ellos de vehículos y caminantes. Permanecen inalterables sirviendo con entereza a una población que ha cambiado sustancialmente las reglas de la movilidad. Todos ellos tienen una historia que contar, el paso de ejércitos sobre sus piedras, el tránsito de mercancías sobre carros tirados por animales, la trashumancia de pastores y ganado, gestas legendarias como las del Paso Honroso o una historia de amor y peregrinación en el Puente de Villarente.
Hoy, sin embargo, quiero acordarme de unos puentes que la modernidad ha dejado inservibles, por los cuales ya no transitan vehículos ni viajeros y que se mueren en soledad llenos de orgullo, prestando su figura a un paisaje que, sin ellos, podría pasar inadvertido. Ni siquiera tienen el consuelo de servir al paso de peregrinos para mostrar su utilidad. Estos puentes han quedado inservibles porque a su lado, a unos metros de distancia, han construido unos puentes modernos por donde sí pueden transitar sin dificultad los vehículos modernos.
El viejo puente de piedra mira con desdén al moderno puente de hormigón, aunque añora aquel tiempo en que resultaba imprescindible para las gentes que se asomaban a su pretil tratando de descubrir el misterio del agua.
El primero de ellos al que voy a hacer referencia es el puente llamado de La Vizana, que salva la corriente del río Órbigo en un paraje de extraordinaria belleza, próximo al despoblado de Ozoniego, en las inmediaciones de Alija del Infantado.

El puente se sustenta sobre cinco arcos que reflejan su estructura en las aguas limpias del río. Cuatro de ellos son de medio punto y el mayor, el que ocupa la parte central resulta más abierto, en forma escarzana.
Construido en plena Vía de la plata, es posible que tenga un origen romano, pero las remodelaciones a las que ha sido sometido en la Edad Media y posteriores, hacen irreconocible esta ascendencia. Constituyó un paso fundamental como parte de la Cañada Real de La Vizana o de La Plata, que facilitaba el paso del ganado trashumante desde el sur de Extremadura a las montañas de León.
En 1808, las tropas francesas, volaron su parte central que tuvo que ser reconstruida con hormigón blanco.
La construcción, en las inmediaciones de un puente moderno ha dejado inservible el viejo puente de la Vizana que, en soledad, refleja su imponente imagen sobre unas aguas transparentes.
El puente viejo de Puente Almuhey, construido de fábrica sobre las escasas aguas del río Cea, es otro de los puentes que orgulloso se muere de pie, al haberse construido un puente nuevo a unos escasos metros, de forma que solo es posible fotografiarlo desde una orilla.
Es de estilo barroco y hubo de suceder a uno anterior que dio nombre al pueblo situado en la ruta a Santiago denominada El Viejo Camino, utilizado por los peregrinos europeos cuando aún no era segura la ruta más llana por donde discurre el Camino Francés. La primera referencia histórica del pueblo se halla ligada a la existencia de un hospital de peregrinos.
De hermosa estructura es también el puente viejo de Boca de Huérgano, situado a la salida del pueblo en dirección a Prioro o a Velilla del Río Carrión, sobre las aguas del río Yuso, del que se discute si es un afluente o un ramal del río Esla.

Durante la Edad Media, este puente, reconstruido posteriormente, dio servicio a la Cañada Real Leonesa Oriental en el paso de ganado hacia los puertos de San Glorio y Pando y a los peregrinos a Santiago por la ruta Vadiniense, territorio de los antiguos astures que poblaban estas montañas, y que, desde Liébana, ascendían por el puerto de San Glorio y cruzaban los estrechos pasos de Llánaves y Portilla de la Reina.
Construido con sillares de piedra caliza, consta de cinco arcos en un estilo gótico tardío, en paraje de inigualable belleza. Se levantó de nuevo durante el reinado de Carlos III, años 1735-1750, dirigiendo las obras el arquitecto don Antonio Gómez Valle.
Aunque remozado en el año 2022, su magnífico perfil, retando al tiempo, permanece en soledad apenas transitado por vecinos y algún peregrino osado, mientras pasa la vida por el nuevo puente de manera imparable.
Por último, no quiero dejar de mencionar el viejo puente de Valdepiélago, sobre las aguas heladas y cristalinas del río Curueño, a la entrada de las Hoces de Valdeteja que se abren como una herida de piedra hacia la localidad de Lugueros.
El viejo puente tiene un solo arco de piedra envuelto en una frondosa vegetación que solo permite verlo en su integridad en los meses de invierno. Su ubicación en la calzada romana que partía del Puente de Villarente hasta el puerto de Vegarada, nos hace pensar que, en ese lugar, de manera inmemorial, siempre existió un paso elevado sobre las aguas del río.
Hoy constituye otro ejemplo de puentes que se mueren de pie, añorando el paso de viajeros sobre su plataforma, mientras, a su lado, un nuevo puente de hormigón, permite el paso de vehículos que transportan viajeros y mercancías. Yo quiero hoy reivindicar su existencia, el paisaje eterno que puede observarse a través de sus ojos.