Molinos de agua

En la provincia de León llegaron a contarse hasta más de cuatro mil y hoy forman una parte esencial de nuestro paisaje y de nuestra historia cotidiana

Martín Muñoz Navarro
02/07/2026
 Actualizado a 02/07/2026
Molino en ruina ubicado en la localidad de Alcoba de la Ribera. | MARTÍN MUÑOZ
Molino en ruina ubicado en la localidad de Alcoba de la Ribera. | MARTÍN MUÑOZ

Desaparecen lentamente sin que nos percatemos de ello y, sin embargo, forman una parte esencial de nuestro paisaje y de nuestra historia cotidiana, como ocurre con los palomares, las veletas, las bodegas de nuestros pueblos, incluso con nuestro patrimonio más reconocido como iglesias, monasterios, castillos o mansiones nobiliarias que se olvidan y se deterioran sin que hagamos nada al respecto.

Quiero recordar hoy a los molinos de agua, aquellas estructuras fundamentales en las economías de nuestros antepasados que les proporcionaban harina para hacer el pan con el que se sustentaban, aceite de linaza e incluso electricidad en los primeros años del siglo XX.

En la provincia de León llegaron a contarse hasta más de cuatro mil molinos en el siglo XVIII, instalados en todas las vías fluviales de donde obtenían el esencial recurso del agua que recogían directamente del cauce de los ríos de o construyendo una red de canales imprescindibles para su funcionamiento.

Nacimiento de la Presa Cerrajera en Villanuva de Carrizo. MARTÍN MUÑOZ
Nacimiento de la Presa Cerrajera en Villanuva de Carrizo. | MARTÍN MUÑOZ

El año pasado, durante unos días, me alojé en un molino reconvertido en un alojamiento rural –una solución interesante para conservarlos– y la sensación de que el tiempo se detenía a su alrededor, me producía una sensación de quietud y calma difícil de olvidar. El agua, procedente del río, discurría despacio por la acequia produciendo un murmullo suave, y aunque evitaba su paso por el interior del mecanismo del molino donde se encontraban, añorantes de ella, el rodezno, las palas y las muelas, su caída sobre el cubo y su salida final por el desagüe, para volver al río, nos hacía evocar un sentimiento mágico, como si estuviera encerrado en el interior de un gran reloj.

Aunque, muchos de estos molinos se encuentran en la actualidad en la ruina, esperando su desaparición completa, la gran cantidad de ellos que aún mantienen su estructura exterior, me ha llevado a reducir el cerco de mi interés a los molinos que se suministraban del agua de la Presa Cerrajera, desechando otros, como los que existieron en la ciudad de León desde la Edad Medía, al amparo de la Presa Vieja, la Presa Blanca y la Presa de San Isidro, u otros en las cuencas del Bernesga, Esla o Sil.

La presa Cerrajera, denominada originalmente Presa Zarraguera, es un cauce artificial de agua, de cerca de cuarenta y dos kilómetros que recoge el agua del rio Órbigo, a la altura de Villanueva de Carrizo, y después de atravesar dieciocho localidades de la Vega y del Páramo como Alcoba de la Ribera, Sadornedo, Santa Marina del Rey, Villavante, Villazala y Valdefuentes del Páramo, finaliza en Cebrones del Río, donde devuelve su agua al río Órbigo.

Molino Las Galochas de Villavante. MARTÍN MUÑOZ
Molino Las Galochas de Villavante. | MARTÍN MUÑOZ

La construcción de su primer tramo hasta Santa Marina del Rey se produjo en el año 1315, en el que el Infante don Felipe, hijo de Sancho IV de Castilla y María de Molina, que ostentaba el señorío de La Cabrera y el Órbigo, cedió al cabildo de la catedral de Astorga, aguas del río Órbigo para regar sus tierras.

La presa discurre mansamente entre una abundante vegetación que le presta sombra y que contrasta con la sequedad del terreno de su entorno. Si se habla de que la provincia de León pudo contar en el siglo XVII con cerca de cuatro mil molinos, de harina y linaza, en los escasos cuarenta kilómetros de esta histórica vía de agua, pudo contar con cerca de setenta.

Su construcción, que se debió, sin duda, a razones económicas, dio origen a una bella leyenda, que narra una historia de amor imposible, entre dos jóvenes, vecinos del pueblo de Villazala, Alíatar y Zaida.

Hay varias versiones de la leyenda. La primera de ellas, que acaba con la boda de ambos protagonistas, nos descubre que la construcción del canal se debió a una exigencia de ella, –en otras versiones, de su padre–, que no se casaría hasta que el agua del Órbigo no pasara por debajo de su ventana, lo que obligó al joven Alíatara la construcción de la presa.

Dentro de los hechos inverosímiles de una leyenda, yo prefiero la versión trágica que trata de explicar los hechos con detalles más realistas.

Alíatar era un joven, hijo de una familia mozárabe que llegó a Villazala después de que las tropas cristianas conquistaran Toledo, buscando seguridad y prosperidad. Su padre, maestro de obras era experto en la construcción de acequias y azudes. Zaida era hija de un labriego con un enorme arraigo a la dura tierra del páramo. Los dos jóvenes se conocieron una tarde de primavera y de inmediato comprendieron que el destino quería unir sus vidas para siempre, aunque el padre de la joven no aprobó aquella relación con un joven de tan distintas costumbres. En un momento de ira afirmó que su hija no se casaría con Alíatar hasta que el agua del Órbigo pasara por su puerta, cosa improbable pues el río se encontraba muy alejado del pueblo, en la parte más baja de la vega y Villazala se encontraba en el páramo, en tierra mucho más altas.

Molino Blanco de Santa Marina del Rey. MARTÍN MUÑOZ
Molino Blanco de Santa Marina del Rey. | MARTÍN MUÑOZ

Aquel verano fue especialmente seco. La lluvia había dejado de regar los campos desde el mes de abril y con la hambruna Zaida cayó gravemente enferma. Fue entonces cuando Alíatar pertrechado con una azada, una cuerda y un nivel de agua rudimentario, comenzó a abrir un canal desde Villanueva de Carrizo hasta Villazala ante la incredulidad de los vecinos que observaban la zanja totalmente seca. Dice la leyenda que Alíatar trabajó de noche y de día y que, posiblemente, obtuvo algún tipo de ayuda de seres mágicos. Lo cierto es que un día ante el asombro general de sus vecinos y especialmente del padre de Zaida, Alíatar abrió la compuestas de la presa y el agua, como un milagro, corrió cristalina ante la puerta de la casa de Zaida que se recuperó de su enfermedad y se casó con el tenaz mozárabe. Hay otra versión más trágica que afirma que los vecinos del pueblo dieron muerte a Alíatar y que Zaida, desesperada se lanzó a la presa donde se ahogó.

Hoy nada es como entonces. La presa Cerrajera que contaba con un molino casi cada medio kilómetro, apenas cuenta con una decena de ellos, algunos totalmente arruinados, otros conservando aún vestigios de su antiguo esplendor.

El primer molino de cuantos he visitado, se encuentra en Alcoba de la Ribera. Todavía el cauce de la presa no se ha separado mucho del Órbigo y se halla a escasos metros de una playa fluvial cercana. El pueblo observa desde la altura el discurrir de ambas corrientes que volverán a encontrarse después de cuarenta kilómetros en Cebrones del Río.

El molino de Sadornedo se halla a unos trescientos metros del pueblo, retrocediendo el curso de la presa, enclavado en un paraje de extraordinaria belleza. Es el único que sigue molturando grano con las muelas de piedra que mueve el agua, para alimento del ganado. Perteneció en su día al padre de la ahora propietaria del Molino Blanco en Santa Marina del Rey donde vive. Le alegró la noticia de su funcionamiento, de su resistencia al olvido.

Entrada de agua al molino de Sadornedo, el único molino en funcionamiento. MARTÍN MUÑOZ
Entrada de agua al molino de Sadornedo, el único molino en funcionamiento. | MARTÍN MUÑOZ

Dos molinos habitados hay en Santa Marina del Rey. El primero, al que he hecho alusión, el Molino Blanco, al lado de la carretera que lleva a Villavante y descubro a sus propietarios disfrutando de una sombra acogedora al lado del caudal de la presa. Está en buenas condiciones, pero ya no muelen grano desde hace tiempo y me cuentan con asombro, las avenidas de agua de esta primavera que ha hecho que el cauce se desbordara a la salda de los arcos del desagüe.

El Molino de Concha se encuentra a unos trescientos metros, presa abajo, también habitado y en buenas condiciones, aunque sus propietarios tampoco hacen uso del mismo. Se encuentra cerrado cuando lo visito. El canal es una herida verde en el páramo que sería una tierra yerma si no fuera por las estructuras de riego que lo surcan.

En Villavante me aguardan dos sorpresas, la primera es la ruina del Molino de Chinelas, un viejo caserón en la presa, antes de llegar al pueblo, y la segunda, es la maravilla del Molino Las Galochas, convertido en hotel rural desde el pasado mes de febrero y en el que se aprecia un incesante trajín de peregrinos que hacen noche entre sus muros, mientras oyen el rumor del agua.

Los últimos molinos de la Presa Cerrajera luchan por sobrevivir en un modo que ya les ha condenado a desaparecer. Cualquiera que recorra sus márgenes, a pie o en bicicleta, entenderá perfectamente por qué merece la pena luchar por su existencia. La presa Cerrajera, con sus más de setecientos años de existencia merece nuestra atención.

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