El 8 de marzo (tal vez no sea casualidad) de 1926 nació muy cerca de La Robla, en Alcedo, Josefina Rodríguez Álvarez, que al fallecer su marido (el escritor Ignacio Aldecoa) tomo su apellido y ya firmó sus novelas como Josefina Aldecoa.
Falleció en la localidad cántabra de Mazcuerras el 15 de marzo de 2011, este domingo se cumplen exactamente 15 años. Entre sus obras destaca la trilogía Historia de una maestra (1990), Mujeres de negro (1994) y La fuerza del destino (1997), en las que está muy presente su gran pasión junto a la literatura, la enseñanza, fiel defensora del legado de la Institución Libre de Enseñanza y de su propia historia familiar pues era hija y nieta de maestra, especialmente cercana a su madre, a la que conoció mejor. «Educación y literatura han sido desde mi juventud las dos dedicaciones que han llenado mi vida. En las escuelas rurales de mi infancia viví la pasión por educar de mi madre, una maestra de la República, aquello fue el germen que cristalizó en esta escuela Estilo que he dirigido durante medio siglo. Educar en libertad, despertar en el niño el deseo de conocer el mundo que le rodea, ejercitar su sentido crítico, expresar a través del lenguaje, la música y el arte sus sentimientos y su imaginación. Y, sobre todo, ayudar a los niños a convertirse en personas tolerantes, solidarias, abiertas a otras culturas y otros países».
Una declaración de intenciones que hay que entender en el contexto en el que se producía, en pleno franquismo, en el que los valores de la enseñanza no eran precisamente los que ella defendía y puso en práctica.
Nació Josefina en el valle de La Robla, la vida la llevó a Madrid y sus últimos años a Cantabria. No tenía la leonesa problemas sobre su ‘patria’: «Siempre he acudido a un pensamiento de Marguerite Duras: Una tiene tantas tierras natales como amores dichosos ha tenido».
Y en distintas intervenciones, especialmente en el programa de TVE ‘Esta es mi tierra’ fue desgranando los recuerdos de su tierra natal: «La Robla, cabecera de la comarca, era un pueblo industrial, desde siempre destinado a serlo pues creció a orillas del ferrocarril. Era un lugar comercial y emprendedor, sin olvidar su origen ganadero. Cada vez que veo las chimeneas de las industrias, el humo, es inevitable que piense: ¡Qué verde era mi valle!, algo inevitable y ventajoso económicamente para el pueblo y sus gentes esta industrialización».
Recordaba siempre Aldecoa que su casa, su lugar de nacimiento, estaba muy cerca, y contaba con todo lujo de detalles el lugar y la vida que disfrutaba en ese espacio. «Vivía a un kilómetro de La Robla, que era entonces mucha distancia. Nací en una casa abandonada hoy, y en ella transcurrió parte de mi infancia; y al contemplarla una ráfaga de melancolía invade mis recuerdos. Allí se asentaba mi mundo de ayer; en esa casa vacía, en un jardín con parterres en el que crecían rosas y pensamientos, con caminos hoy borrosos que estaban rodeados de grosellas rojas, amarillas y negras; bajo unos árboles que dejaban caer una fruta que hoy nadie recoge. A la huerta llegaba un arroyo profundo que pasaba bajo el puente de la carretera hasta el río donde nos bañábamos en verano y pescábamos cangrejos».
Otro recuerdo eran las excursiones a la cercana Peña del Asno, allí hacían por ejemplo la hoguera de San Juan, pero... «recuerdo muy bien el último San Juan y recuerdo muy bien el último verano. Era julio y hacía mucho calor. Escuchamos un estruendo de motores en el cielo, los aviones volaban alto y se dirigían hacia Asturias, era difícil que me diera cuenta de que acababa de empezar una guerra y no sabía que aquella guerra iba a marcar el final de mi infancia».
De hecho, en 1944 la familia se trasladó a Madrid. Allí «aprendí algo en la Universidad y mucho más fuera de ella, los cafés y las tabernas eran entonces los únicos espacios de libertad en una Universidad en la que había un férreo control y donde encontrar libros de lectura era una quimera». Pero tuvo la enorme suerte (seguramente no fue suerte, sino afinidad) de incorporarse a un grupo de escritores e intelectuales que pronto serían un referente de las letras españolas, integrantes de la llamada Generación del 50: Carmen Martín Gaite, Rafael Sánchez Ferlosio, Alfonso Sastre, Jesús Fernández Santos y, por supuesto, Ignacio Aldecoa, con quien se casaría en 1952 y de quien tomaría su apellido al fallecer éste, en el año 1969.
Josefina se volcó entonces con su otra pasión, la enseñanza y fundó ‘a contracorriente’ el Colegio Estilo, por supuesto mixto, también un oasis en la controlada enseñanza de aquellos tiempos. Una compañera de Aldecoa en aquellos años, la maestra Esther Blasco, que fue su compañera en Estilo durante 30 años, hablaba de la leonesa en la Cadena Ser en enero de este año. «Josefina fue mi mentora y una gran conocedora del alma humana. Pese a ello debo reconocer que me imponía mucho; pero su fuerte presencia se convertía en una actitud muy cariñosa en cuanto tenías sintonía con ella. Ella tenía muy claro lo que quería y pedía: El objetivo es cuidar a los alumnos y fomentar un espíritu crítico».
En sus últimos años se retiró a una finca en Mazcuerras (Cantabria) donde falleció; su casa familliar en Alcedo sigue su proceso de abandono y deterioro, aunque la familia ha mostrado su predisposición a convertirla en un centro cultural, un proyecto que no cuajó. Sí lleva su nombre un céntrico parque de La Robla, inaugurado en el verano de 1986 con asistencia de la escritora, junto a los entonces alcalde, Emilio Sierra, y el senador Castro Uría.