Que los libros pueden llegar a ser un problema es algo tan evidente como su gran prestigio. He conocido a bastantes personas a quienes su acumulación les ha complicado la vida. El poco espacio de las casas y el infinito número de papeles impresos a lo largo de la historia, el laberinto interminable de la cultura y la ansiedad por atraparla, son componentes de una fórmula que puede llevar al colapso. En su materialidad, virtud que lo ha hecho sobrevivir a su versión electrónica, late su peligro, porque la materia ocupa sitio. Avisaron Séneca, Quevedo y algunos otros: hay que tener pocos, pero buenos libros. A lo cual uno añade que la biblioteca particular no debe acoger libros que sólo leeríamos una vez.
Ha aparecido estos días una noticia sorprendente sobre este asunto en el New York Times: un joven ha sido expulsado de su apartamento por orden judicial debido a la acumulación de 10.000 libros que ponían en peligro de incendio el edificio. Uminer habitaba 56 metros cuadrados en el magnífico Upper East Side neoyorquino y pagaba regularmente. Confiesa haber vivido una estancia idílica allí durante el año que estuvo en esa vivienda. Su biblioteca crecía con nuevas adquisiciones constantes, volúmenes comprados por Internet o en librovejerías de la ciudad, y estaba compuesta por obras relativas al cine, la ópera o el judaísmo entre otros muchos temas. Una pila de obras de teatro y poemarios tapaban una ventana. Ha declarado que dormía hasta el mediodía y que, después, se recostaba en su ‘chaise longue’ a leer. Trabajaba en traducciones y el piso era la sede de una revista que acababa de fundar a la vez que servía para reuniones bohemias en las que se compartía cerveza con libros.
Curiosamente este hombre de 31 años se llama Mendel, como aquel personaje de Stefan Zweig, un librero que, al contrario que Uminer, no poseía espacio físico para acumular sus ejemplares sino que todos los libros estaban en su mente. Recibía a eruditos, escritores e investigadores en una mesa del café Gluck de Viena para informarlos sobre la existencia de los más escondidos escritos y conseguírselos. El Mendel de Zweig simboliza el poder de la concentración, «… leía como otros rezan, como juegan los jugadores, tal y como los borrachos, aturdidos, se quedan con la mirada perdida en el vacío», pero también el peligro del ensimismamiento. Ignoró la realidad y un pequeño error, en plena Primera Guerra Mundial, le hizo parecer un espía y ser enviado a un campo de concentración del cual ya no volvió siendo el que era.
Este joven Mendel del neoyorkino Upper East Side, a una manzana de Central Park, también debió ensimismarse demasiado y ha acabado en la calle, quién sabe si no optará por hacer lo que el personaje de Paul Auster en ‘El palacio de la luna’, que se avecindó en un rincón de ese parque después de, precisamente, abandonar su piso tras leer y vender, uno a uno, los 1.500 libros que heredó de su tío.
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