Memoria de los pueblos sumergidos

Las aguas embalsadas en León han provocado que los vecinos de estos pueblos se dispersaron al quedar sus casas anegadas

Martín Muñoz Navarro
06/08/2026
 Actualizado a 06/08/2026
El embalse de Vegamián casi lleno. | MARTÍN MUÑOZ
El embalse de Vegamián casi lleno. | MARTÍN MUÑOZ

Nadie de Oliegos olvidará aquella fría mañana del día 28 de noviembre de 1945, en la que, forzados por las autoridades del Instituto Español de Colonización, se vieron obligados a abandonar definitivamente su pueblo. Fue desgarrador dejar para siempre sus casas, los prados, el paisaje azulado de los montes lejanos, su iglesia de la que habían rescatado los santos, las campanas y, sobre todo, el cementerio en el que sus familiares esperaban la vida eterna, y que serían cubiertos definitivamente por las aguas del pantano de Villameca.

El andén de la estación de Porqueros se hallaba repleto de gente que esperaba el tren con todos sus enseres y los animales que pensaban que podían serles útiles en su nuevo destino, un pueblo nuevo, según les dijeron, que pertenecía al municipio de Rueda en la provincia de Valladolid. Los niños corrían inconscientes del drama entre los vecinos. En las proximidades una dotación de guardias civiles vigilaba con atención la partida para evitar tumultos e impedir que algunos de los vecinos se volvieran atrás.

La expedición se distribuyó en unos viejos vagones tirados por una quejumbrosa máquina de vapor. En los tres primeros, dedicados al transporte de viajeros, se instalaron los más de ciento cincuenta vecinos que abandonaban su tierra. En otros 27 vagones de mercancías, se cargaron los enseres y los animales. Después del ajetreo, las voces y las carreras, para conseguir la mejor ubicación en el tren, se produjo un silencio sepulcral. Cuando éste inició su marcha, el silencio se hizo más profundo. Algunas mujeres lloraban y ocultaban sus lágrimas mirando los árboles pasar por la ventanilla. El dolor por el desarraigo forzoso al que se veían sometidos, la incertidumbre del nuevo destino, no solo les impedía hablar. Ni respirar podían por la angustia que les oprimía el pecho.

En Astorga el tren se estacionó en una vía muerta y allí pasaron todo el día y toda la noche. Al día siguiente continuaron su viaje hasta León donde se ofreció a los vecinos una comida en el parque de San Francisco, para continuar hasta Valladolid, en cuya estación del Norte hicieron noche. Por fin, el día 30, los vecinos fueron trasladados a Foncastín en autobús, distante unos cuarenta kilómetros. Los animales y enseres fueron llevados en tren hasta la estación de Medina del Campo.

Cuando llegaron a Foncastín los vecinos de Oliegos comprobaron que el pueblo prometido no existía, que el lugar estaba constituido por una antigua hacienda asentada a orillas del río Zapardiel y que, al otro lado del cauce solo permanecían en pie algunas ruinas de una antigua iglesia y una torre fortificada perteneciente a un antiguo asentamiento. Por ello fueron alojados en barracones donde permanecieron cerca de seis años, tiempo que duró la construcción del nuevo pueblo. La iglesia se inauguró en 1950 y en ella se colocaron las campanas y los santos venerados por sus ancestros.

Dicen que el tiempo lo cura todo, y después de años de penuria, con cargas económicas sobre la tierra que el gobierno les asignó, con deudas que tardaron más de veinte años en saldar, los colonos leoneses salieron adelante, pues la tierra era fértil y apta para plantaren ella cereal y viñedos. No obstante, el interés por mantener vivos los lazos con su tierra, la memoria sigue diluyendo los recuerdos en la laguna del tiempo. La referencia a Oliegos desapareció del nombre del pueblo, que hoy se llama solo Foncastín, pedanía del municipio vallisoletano de Rueda.

El pantano de Riaño ha sido el último que se llevó ‘por delante’ pueblos en León.MARTÍN MUÑOZ
El pantano de Riaño ha sido el último que se llevó ‘por delante’ pueblos en León. | MARTÍN MUÑOZ

A finales del verano, cuando las aguas del pantano bajan a su mínimo nivel, emergen de forma fantasmagórica los restos del anegado pueblo de Oliegos, aquella localidad leonesa que en el siglo XVIII tenía veintiún vecinos, una treintena de casas y 10 molinos. Los hijos de algunos colonos, trasplantados a la fuerza a tierras vallisoletanas, realizan concentraciones de carácter cultural, recordando a su antiguo pueblo. Yo suelo visitar Foncastín todos los veranos, por encontrar en sus calles algún signo de su ascendencia sin demasiado éxito. 

La historia de Oliegos es una tragedia repetida en nuestra provincia por la cantidad de pantanos que se construyeron durante la etapa franquista. Quiero, no obstante, el gran número de estos pueblos que sufrieron un desarraigo tan brutal, hacer una mención de cada uno de ellos que permita retenerlos un instante en nuestros labios para que no resulten olvidados para siempre.

El pantano de Bárcena, que retiene las aguas del río Sil, se puso en servicio en el año 1960 y anegó las poblaciones de Bárcena del Río de unos 260 habitantes y Posada del Río con 210, que fueron realojados en un poblado de nueva construcción, que se denominó en un principio Bárcena del Caudillo para luego llamarse Bárcena del Bierzo. Otras familias optaron por cambiar su residencia a Fuentes Nuevas y a Posada del Bierzo.

El pantano de Villagatón, en la comarca de La Cepeda, es un caso singular entre los embalses de nuestra provincia. Finalizadas las obras en 1995, nunca se puso en servicio por problemas técnicos, legales y administrativos. En la actualidad permanece vacío. Una sola vez se produjo su llenado y ningún pueblo resultó afectado por el nivel del agua.

El primer embalsado de las aguas en el pantano de Luna se produjo el 15 de junio de 1951 y afectó a más de 1.500 vecinos de las siguientes poblaciones: Arévalo, Campo de Luna, La Canela, Casasola, Cosera de Luna, Lagüelles, Láncara de Luna, Miñera, Mirantes de Luna, El Molinón, Oblanca, San Pedro de Luna, Santa Eulalia de las Manzanas, Trabanco, Truva y Ventas de Mallo. Las aguas del embalse cubrieron también los restos del castillo de Luna, enclave de suma importancia en una primera línea de defensa del territorio cristiano en el reino asturiano durante la Reconquista. Al finalizar el verano cada año emergen como espectros, los restos arruinados de los pueblos sumergidos, reclamando su memoria. Ante lo que queda de la antigua iglesia de Mirantes de Luna, se halla prestando guardia un hermoso tejo que parece extender sus ramas sobre los calcinados muros del templo. Solo queda soledad y olvido en un paisaje dominado por un sufrido sabinar de sombras afiladas y rocas grises reflejadas en las aguas del embalse. Los vecinos de estos pueblos se realojaron en poblaciones cercanas al pantano, pueblos de La Cepeda y el Órbigo, la ciudad de León y su alfoz y otros en fincas de colonización de la provincia. Otros prefirieron emigrar al extranjero.

El río Porma fue embalsado por encima de Valdecastillo en el año 1968 y estos fueron los pueblos que quedaron totalmente sumergidos: Vegamián, Campillo, Ferreras, Quintanilla, Armada y Lodares. Quedaron abandonadas, pero no sumergidas, las localidades de Camposolillo y Utrero. El municipio desaparecido de Vegamián quedó incorporado al ayuntamiento de Boñar en 1969.

Testigo excepcional del desarraigo de los pueblos anegados por el pantano, y memoria permanente del exilio espiritual de sus gentes, es, sin duda, el escritor leonés Julio Llamazares, nacido accidentalmente en Vegamián, el pueblo más importante del desaparecido valle, donde su padre ejercía de maestro nacional.

La añoranza de una tierra perdida, que difícilmente permanece en la memoria como último reducto vital, se puso de manifiesto en un libro de viajes por el valle del río Curueño, llamado ‘El río del olvido’ (1990), título que hace alusión al río Leteo que cruzaba el inframundo de Ades, de cuya agua los muertos bebían para que desaparecieran sus recuerdos. Pero donde de manera más cruda narra la muerte espiritual de las gen-tes que tuvieron que abandonar sus pueblos, su paisaje, sus muertos en los cementerios que quedaron sumergidos bajos las aguas turbias del embalse, para siempre, es en su novela 'Distintas maneras de mirar el agua' (2015).

Los vecinos de estos pueblos se dispersaron como sucedió con los de los pueblos anegados por otros pantanos, encontrando alojamiento en los pueblos cercanos, trasladándose a León y a los pueblos de su alfoz, cuando no tuvieron que emigrar al extranjero.

Todos los pueblos afectados por el pantano de Riaño, fueron demolidos total o parcialmente durante los años 1986 y 1987. El pantano comenzó su llenado el día 31 de diciembre de este último año. El día 1 de enero de 1988 entraba en vigor una directiva europea que prohibía la construcción de este tipo de embalses, para proteger el medio ambiente de los valles y pueblos de alta montaña. Así desapareció el más hermoso de los territorios leoneses, bajo las aguas del río Esla y del río Yuso. Bajo sus aguas quedaron sumergidos para siempre los nueve pueblos del valle: Anciles, Salio, Huelde, Ésca-ro, La Puerta, Pedrosa del Rey, Vegacerneja y Riaño. Burón quedó parcialmente destruido.

Pantano de Bárcena desde el santuario de la Virgen de la Peña. MARTÍN MUÑOZ
Pantano de Bárcena desde el santuario de la Virgen de la Peña. | MARTÍN MUÑOZ

Las circunstancias del desalojo de los pueblos de este valle fueron, sin duda, excepcionales, que lo distingue de la actuación en los pueblos afectados por el resto de los embalses. En primer lugar, la enorme contestación social, que provocó una reacción violenta por parte de los vecinos que hizo que la Guardia Civil se tuviera que emplear con contundencia, provocando escenas que no se borrarán de la retina de cuantos fuimos testigos de aquellos sucesos. En segundo lugar, porque, como consecuencia de esta resistencia a marcharse de los pueblos, éstos fueran totalmente destruidos para evitar nuevas ocupaciones de las casas desalojadas. No quedó piedra sobre piedra. Por último, se produjo una ingente tarea recuperadora del patrimonio monumental más significativo y la construcción en el mismo valle de un pueblo nuevo que recibió el nombre de Nuevo Riaño que, aunque dedicado decididamente al ocio y al turismo de la zona, ha servido para reunir algunos aspectos esenciales del espíritu de los pueblos anegados.

Selina regentaba, con sus hermanos un agradable bar, llamado El Cuervo por alguna razón, en la calle León Martín Granizo, donde reunía a los personajes más variopintos –vecinos de los alrededores, socios de La Venatoria, policías locales del cercano cuartel del CHF, guardias civiles, militares y gentes de todo León–, que acudían a degustar sus extraordinarias tapas. Selina murió en silencio, como tantos españoles, durante la pandemia del covid. Hoy la recuerdo con extraordinario cariño, porque, en un extremo de la barra del bar mantenía una maqueta, realizada con todo detalle, de su casa familiar en Anciles. Allí, de forma minúscula, permanecía su vivienda, los corredores de madera de su casa, los establos… En su memoria, su pueblo permanecía intacto con sus calles llenas de vida.

En el Museo etnográfico del Nuevo Riaño, puede observarse la llave de la antigua iglesia de Riaño. Antes de ser totalmente destruida el párroco se la entregó a la Guardia Civil en aquellos días de violencia contenida. Años después un guardia civil se presentó en el ayuntamiento para devolver aquella llave que ahora solo abre y cierra la puerta de los recuerdos.

Pudieron salvarse de las aguas, hoy conservados en el museo, numerosos objetos de la vida diaria, de sus tradiciones, fotografías de las calles intactas y de su gente, cuando en sus rostros aún no se percibía la angustia del exilio. Todo ello, con aperos de labranza, cruces y objetos de culto, elementos arquitectónicos menores, se conserva con el sentimiento de guardar la memoria irremplazable de un valle.

También lo hicieron diversos monumentos que fueron desmontados piedra a piedra y reconstruidos en un emplazamiento a salvo de las aguas. En el Nuevo Riaño se ubicaron los siguientes:

La iglesia de San Martín de Pedrosa del Rey que hoy sirve de parroquia, bajo la advocación de Santa Águeda. Su hermosa portada románica del siglo XIII fue devuelta en 1991 a Siero de la Reina de donde procedía originariamente, por lo que la que ahora luce es una réplica exacta de aquella. 

Sobre una pequeña elevación del terreno desde donde se divisa la extensa magnitud de las aguas del embalse, asomada al abismo, se halla la iglesia de Nuestra Señora del Rosario, procedente del pueblo anegado de La Puerta. Su espadaña y pórtico de piedra, sus pinturas murales parecen haber quedado olvidadas en un espacio sin tiempo.

Al Nuevo Riaño fueron trasladados también un hórreo de estilo leonés y un potro de herrar que hoy pueden admirarse en el entorno del Museo Etno-gráfico y parcialmente algunos elementos de la casa del Cura.

Aunque solo resultó parcialmente anegado, en el pueblo de Burón también se salvó de quedar sumergida, la iglesia parroquial dedicada a Santa Águeda, hermoso templo con un pórtico extraordinario, las antiguas escuelas y la ermita de Nuestra Señora del Rosario, además de elementos arquitectónicos del palacio de Allende, hórreo tradicional y potro de herrar.

Espadañas como la de la iglesia de Anciles, escudos nobiliarios, esculturas representativas se salvaron del resto de los pueblos sumergidos y resultaría prolijo referirnos a estos elementos en un trabajo de tan escasa extensión que debe servirnos, sobre todo, para no olvidar la memoria de una vida plena, truncada por el desastre.

Los vecinos de estos pueblos se dispersaron como el resto de las gentes que vi-vían en estos pueblos. Un grupo importante procedente del valle de Riaño lo hicieron al pueblo palentino de Cascón de La Nava, creado tras la desecación de la

Laguna de la Nava de Fuentes, llamada también Mar de Campos, perteneciente al municipio de Villaumbrales, en la comarca de Tierra de Campos, donde desde 1961 ya se habían asentado colonos de otras zonas afectadas por los embalses. Desde el paraíso verde de Riaño a la sequedad de la estepa, con inviernos fríos y tierra helada con veranos abrasadores con campos yermos.

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