Hay momentos en la vida en los que te encuentras con personas a las que no conoces de nada, con las que entablas una conversación en principio trivial, pero que finaliza con una trágica historia que necesita ser contada.
Es el caso de Lucía Mercedes Álvarez Martínez, de 90 años, quien desde su domicilio en Filiel (León), en presencia de su hijo Francisco Javier, cuenta como su padre, César Álvarez García, médico de la localidad y alumno aventajado del mismísimo Ramón y Cajal, fue asesinado a sangre fría y brutalmente por el maqui Manuel Girón y sus secuaces, tras ser maltratado, golpeado e insultado delante de su esposa y tres de sus hijos menores, siendo uno de ellos Lucía, que contaba por aquel entonces con 5 años.
Transcurría la tarde en el pueblo de Filiel de un 10 de agosto del año 1939, Lucía y su padre, César, paseaban por las fincas y parajes de la localidad recogiendo alguna fruta de los abundantes árboles que se encontraban a su paso. Una vez se adentraron en el pueblo para regresar a su domicilio y cenar, César entabló conversación con varios vecinos mientras Lucía permanecía a su lado. Una vez en casa, en la planta superior, Tomasa Martínez Arce, madre de Lucía y esposa de César, preparaba la cena mientras Marina y Gustavo, dos de los siete hijos que conformaban la familia, estaban sentados en un banco de madera. Habían trascurrido unos minutos desde que César se había sentado a la mesa, sus otros cuatro hijos se encontraban jugando en las eras del pueblo, y entonces sucedió lo que ya nunca pudieron borrar de sus mentes. Un ruido seco en las escaleras de la vivienda comenzó a ser cada segundo más intenso, de repente, la puerta del comedor se abrió bruscamente golpeando la pared, entrando en la estancia diecisiete individuos armados, mal encarados, algunos vestían con buena ropa, otros llevaban hasta las alpargatas rotas. Todos ellos eran maquis, los del monte, los huidos, y de entre todos conocieron al cabecilla, el llamado Girón, quien levantó a César de la mesa bruscamente y le preguntó entre otras cosas si era de izquierdas o de derechas, a lo que César respondió con tranquilidad y manteniendo la compostura de la mejor forma que pudo, que su familia, originaria de Asturias, y a lo largo de varias generaciones, siempre habían sido de derechas (Uno de los tíos de César, el sacerdote dominico Vicente Álvarez Cienfuegos, nació en Villamejín, Proaza, Asturias el 29 de abril de 1863. Obtuvo el título de maestro en teología; prior provincial de 1904 a 1908 y, de nuevo, de 1914 a 1918; fue dos veces prior del convento del Olivar, de Madrid, asiduo al confesonario –gran penitenciario de Madrid, lo denominaron–, director de almas y asesor del obispado de la capital de España. Fue martirizado el 25 de agosto de 1936. Tenía 73 años. Fue beatificado).
Sin mediar más palabras, Girón y varios hombres más comenzaron a insultar y zarandear al médico y lo sacaron a golpes de la vivienda, empujándolo escaleras abajo hasta llegar a la calle, mientras el resto de los hombres revolvieron absolutamente toda la casa, llevándose ropa, comida, el caballo con el que el médico se desplazaba para atender a sus pacientes, una pequeña cajita que contenía joyas familiares, la matanza, además de todo lo que se les antojó. Mientras tanto, los hombres del pueblo que ya sabían lo que estaba sucediendo en casa de César, se escondieron en la cantina, sumándose a ellos el cura de la parroquia quien, quitándose la sotana, se unió a ellos, conocedor de lo que le podía suceder si los maquis lo encontraban. Muchos vecinos fueron testigos de cómo el grupo de Girón, con él en cabeza, ‘pasearon’ a César durante toda la noche por las calles del pequeño pueblo de Filiel, golpeándolo con violencia con las armas, los puños y dándole patadas mientras lo insultaban y tiraban al suelo repetidamente. Los cuatro hijos mayores habían logrado esconderse en el desván de la vivienda y fueron conscientes en todo momento, junto a su otros tres hermanos menores y su madre, de lo que estos ‘guerrilleros’, como ahora los llaman, como intentando justificar las atrocidades que cometieron, hicieron con su padre y esposo.
Ningún miembro de la familia salió de la vivienda mientras César era sometido a este auténtico calvario, pero todos escucharon ya de madrugada lo que sin decirlo estaban esperando, el sonido de unos disparos. Tomasa bajó las escaleras de la vivienda, pero antes de llegar a la calle, escuchó como un vecino gritaba que habían matado al médico, ella dio la vuelta y volvió a subir las escaleras, no quiso verlo muerto, vejado y maltrecho, prefirió guardar en su memoria el recuerdo de la persona a la que tanto había querido. Mas tarde supo por el resto de los vecinos que César había sido asesinado por varios disparos y rematado con un puñal clavado en el corazón, a las afueras de la localidad, en el camino a Molinaferrera, en el puentecillo de piedra de la reguera que aún sigue ahí como único testigo vivo de aquel cobarde asesinato. Quince días antes había cumplido 50 años.
Recuerda Lucía la anécdota de como su padre, que era querido y respetado por todos los vecinos de la comarca, a los que atendía mucho más allá de su deber por que amaba su profesión, llegó a tratar de meningitis a un niño con una cierta cantidad de nieve que hizo traer en pellejos a varios vecinos de la localidad, de los denominados «neveros del Teleno».
Pero aquí no terminó el sufrimiento de Tomasa, después del asesinato de su marido y con 7 hijos que cuidar, realizó todo tipo de labores agrícolas y lo que hiciera falta para que no les faltará un mendrugo que llevarse a la boca, aunque como viuda de médico tenía derecho a una pensión que nunca cobró, ya que el ayuntamiento de Lucillo ignoró su tramitación y la petición quedó olvidada en el fondo de un cajón. Tomasa y César se habían conocido tiempo atrás cuando el galeno, de origen asturiano, obtuvo la plaza en Filiel, de donde Tomasa era originaria. Prosigue el relato el nieto de César e hijo de Lucía, Francisco Javier, que menciona que su abuelo antes de iniciarse la guerra en el año 1936 estaba sometido a todo tipo de amenazas constantes por quienes sabían que provenía de una familia de tradición conservadora, hecho por el que quería irse para Asturias con su familia, pero Tomasa no lo veía adecuado por los siete hijos que tenían en común. Llegó a solicitar, y le fue concedida, una plaza de médico en la cercana provincia de Zamora con la intención de calmar los ánimos de los que lo malquerían, pero volvió a Filiel, donde finalmente lo asesinaron.
Girón murió acribillado a tiros en el año 1951 en una operación diseñada por la Guardia Civil, quién llevaba años detrás de él, y su cuerpo fue expuesto en el escaparate de un comercio de la ciudad de Ponferrada para dejar bien claro que habían acabado con él, ese día, Girón llevaba puesta la chaqueta de cuero del médico César, la que le había robada hacía 12 años, después de asesinarlo.
Mucho se ha escrito sobre Girón como el guerrillero, el maqui o bandolero, y a día de hoy, sigue siendo noticia por hechos como la creación de una ruta al lugar donde murió por parte de Guías Bierzo para convertirlo en un reclamo turístico, o en una exposición de la Policía Nacional en Ponferrada, donde se mostraron diversos documentos sobre él. Incluso ha sido noticia una pintada en una pared de Ponferrada que decía «Girón vive» y fue noticia también que alguien la borrara, mientras que a nadie se le ha ocurrido rendir homenaje a sus víctimas con un acto público, una placa o el nombre una calle, como a veces hacen con otros.
En la obra ‘Memorias del Sargento Ferreras’, se detallan aspectos relacionados con los asesinatos que llevó a cabo Girón, su analfabetismo, o el hecho de que era un furtivo cazador que conocía bien el monte. También es calificado Girón en este libro, como el huido más peligroso de todos, de sangre fría y calculador, que imponía a los suyos su ley y el que se resistía a sus órdenes, era eliminado fulminantemente. Parte del reguero de sangre que dejó tras de sí en su corta vida, queda reflejado de manera sucinta en el artículo de Martín Simón Martínez titulado ‘Razias de Manuel Girón en la Maragatería’, publicado en la revista Argutorio número 30.