"Me rebelo contra el discurso pesimista de esto se muere"

Montañesa de Sorribos de Alba, defensora de su tierra con las armas del cine, la fotografía y la pasión por el estudio, la escritora Noemí Suárez presenta ahora la novela ‘El invierno siempre vuelve a la montaña’

03/01/2026
 Actualizado a 03/01/2026
Noemí Suarez posando junto a su novela ‘El invierno siempre vuelve a la montaña’.
Noemí Suarez posando junto a su novela ‘El invierno siempre vuelve a la montaña’.

Es un torrente de vitalidad y pasión por la Montaña Central leonesa, en la que nació y creció (en Sorribos de Alba), en la que vive y a la que se aferra. A ella ha deedicado Noemí Suárez sus trabajos en diversos campos, como el documental —Soy montaña. Fue hogar—;también está en el origen de un ingente proyecto de documentar, de llevar a un completo mapa los existentes en diversas comarcas;sin olvidar su trabajo como guía en la Cueva de Llamazares y otros trabajos que le permitieran seguir en su tierra, en su montaña, con sus gentes, con sus problemas y, sobre todo, con sus bondades;las mismas que protagonizan su primera novela -El invierno siempre vuelve a la montaña—que ha ido gestando a fuego lento y que acaba de ver la luz. Un canto de amor a su tierra envuelto en una atractiva historia.  
 
– Conocimos primero a la Noemí de los cortos, de los trabajos audiovisuales, tu mundo o al menos para el que te formaste; después a la Noemí que estudia, documenta y recorre los molinos de un buen número de comarcas leonesas y ahora a la novelista ¿Nos quedan más sorpresas?
– Al final todo está conectado. Lo bueno de mi profesión es que desde el principio nos enseñaron a tocar todos los palos para saber resolver cualquier problema. Si lo uno a la fortuna de haber nacido y crecido en un pueblo y en la montaña... no sé si serán sorpresas pero tener siempre algo nuevo por lo que ilusionarse es genial. Sea vídeo, mapa o libro.  

– ¿Cómo se gestó esta primera novela, ‘A la montaña siempre vuelve el invierno’? 
– Uf, hace muchísimo tiempo. La idea lleva acompañándome desde bien joven pero nunca había dado el paso. De alguna forma se lo debo un poco a mis abuelos, a los que siempre les decía que algún día verían mi nombre en una librería (y no sería por regentarla). Pero sobre todo a las personas que han formado esta montaña y han vivido y luchado aquí. Por todo lo que han conseguido y de alguna forma nos transmitieron.

– ¿Alternaste el cine, la investigación de los molinos y otros trabajos con la novela o te pusiste con la escritura a tiempo completo? 
– Cuando me preguntan cuanto he tardado en escribirla muchas veces se sorprenden de que no sepa calcular un tiempo. Es un proyecto muy largo y no tiene, al menos en mi caso, una línea continua pues como dices estoy siempre a tope y soy mucho de perderme por el monte para encontrar las palabras adecuadas siempre. Lo que sí puedo calcular es la etapa final aproximada de unos 4- 5 meses para escribir una conclusión, contrastar datos, corregir y... el proceso editorial posterior de un año.  

 – Después de los cortos, haciendo patria, montaña y tradición; los molinos, que te llevan incluso a estar restaurando uno de ellos y ahora la montaña novelada ¿Hay un hilo conductor común, una pasión hecha realidad con diferentes lenguajes?
–Por supuesto, hay un nexo entre todos estos trabajos. Ser de la Montaña Leonesa. Me siento afortunada de pertenecer a este lugar y a esta provincia que rezuma tradición, cultura e historia en cada paso. Cada vez que me adentro con el coche en cualquiera de las carreteras que se pierden en los valles suelo parar a contemplar el paisaje y no puedo evitar pensar en todos los que seguimos aquí. En todo lo que tenemos y lo que ha significado conseguir según qué cosas. En esta provincia el agua ha significado mucho y con lo que me gustan a mí las metáforas... puedo hacer documentales de las cuencas mineras, del hogar o casa de humo, mapas de molinos, conservación de patrimonio, novelas.... y todo lo que venga porque jamás se cerrará ese grifo. 

– ‘El invierno siempre vuelve a la montaña’ es un título que se parece mucho al viejo refrán de nuestra montaña, «El invierno no lo come el lobo» ¿Tiene la misma filosofía, combates la nueva creencia de que ya no hay inviernos? 
–  El título de la novela tiene varios significados y lecturas, sí. Una de ellas es ésta. Es una forma de demostrar que el tiempo avanza, cambia , la gente se va y viene otra gente nueva... pero a pesar de los cambios (buenos y malos) hay cosas que siguen igual. Aunque las estaciones no sean las mismas y el mundo sea distinto. 

– ¿Usas el invierno sólo como fenómeno meteorológico, como estación del año o es también una metáfora de la vida, de nuestra montaña?   
– En esas lecturas diversas del título y, por tanto, de la novela hay una ventana abierta a muchas miradas porque es lo que busco, que cada cual lo interprete a su manera. Es cierto que en mi caso el primer significado que le doy es casi literal. 
 
– ¿Puedes explicar qué significa el sentido literal de ‘el invierno siempre vuelve’.
– Desde niña (y me crié en una comarca en pleno auge de la minería, con la térmica, con calles llenas de gente, negocios... donde el día de la fiesta se cortaban las calles para asumir el número desorbitado de personas que llegaban) he tenido que oír eso de ‘se muere todo’, ‘se va todo el mundo’, ‘aquí no queda nadie’.... Y con el paso del tiempo y el fin de la minería fui viendo eso materializarse. Pero aún así veía que había gente que no se resignaba. Que pasaban por encima del discurso pesimista y luchaban por quedarse. Y al crecer pude ir comprobando que nada muere si no se olvida y que a pesar de todo el invierno siempre vuelve a la montaña. Pase lo que pase. Incluso después del verano, que es el que salva la soledad de estos lugares.  

– A través de la figura de una joven, Julia, posas tú mirada en la vida de nuestros pueblos, cada vez más olvidados y abandonados ¿Cómo es tú mirada, optimista, pesimista, a media…? 
– Siempre optimista. Muy optimista, aunque cuando me toca el día pesimista, que obviamente los hay, pienso en quitar el ‘muy’. Sigo creyendo en nuestro potencial, el territorio, y de otras maneras sabremos conservar nuestros pueblos. Aunque las instituciones nos ignoren la mayoría de las veces y las pocas que nos hacen caso no puedan abarcar tanto (no podemos esperar a que otros vengan a ver si hacer). Como me gusta decir... sí algo bueno tiene el avance de los tiempos y las tecnologías, es la conexión a través de redes sociales con personas que están volviendo y luchando cada día por estar aquí. Entre todos nos ‘apoyamos’ de cierta manera y es increíble.  

– ¿Tiene la protagonista, Julia, mucho de Noemí?
– Muchísimo. Una joven que se crió en el mejor lugar de la mejor manera. Que a veces no sabe por qué está ahí y para qué pero que siempre ve la luz al adentrarse en la montaña. La protagonista se llama Julia en honor a dos Julios muy importantes para mí y para esta montaña. El primero, el profesor y poeta Julio Molero, el que consiguió que la Noemí de ahora escriba. Que supo ver algo en aquella niña que empezaba el instituto y que escribía de vez en cuando para entregarle poemas, algo que ni yo conocía. Desencadenó eso que permanecía latente y siempre le estaré agradecida.  Y el segundo, el Maestro Julio Llamazares, por enseñarme a entender lo que sentía al observar el paisaje. A querer mi hogar a pesar de estar lejos y a llevarlo muy dentro. 

– ¿Qué es lo más positivo de la convivencia en el mundo rural?
– Lo positivo ya es despertar aquí. De conocer a tus vecinos y de que cada día sea distinto al asomarte y contemplar el paisaje.   
 
– ¿Y lo más complicado?
–Lo más complicado de nuestra montaña... aunque parece tópico, lo de siempre. La falta de servicios básicos. Las conexiones que harían de la vida en el pueblo algo mucho más sencillo. Y la ‘obligación’ de hacer siempre mil cosas, laborales y no, para poder seguir aquí. 

– ¿El fiel de la balanza entre lo positivo y lo negativo hacia dónde se inclina?
–  No tengo ninguna duda, siempre todo merece la pena, con creces. 

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