Una hoja seca como «alegoría del mundo». Es la protagonista de la portada del poemario ‘La madera que arde’ que, a modo de carta de presentación, refleja en parte lo que esconden sus páginas. Una hoja seca como símbolo de los espacios que la humanidad ha ido convirtiendo en yermos. Una hoja seca como resultado de la madera que arde y que –escribe el poeta– «cae al suelo como piedra».
Natural de Santander, Mariano Calvo Haya firmó en 2019, de la mano del sello Eolas Ediciones, la que, por el momento, es su última publicación. El poema que da inicio a esta producción poética lo escribió en León, en La Mata de la Bérbula; lugar al que regresar en busca de templanza. Quizá, de inspiración. «No soy muy patriotero ni nacionalista, pero sí que entiendo que todos somos hijos de una misma cultura», avanza: «León está en muchas de las cosas que escribo; a lo mejor no hago demasiado gala de ello, pero sí que está».
Y es que el matrimonial no es el único vínculo que el autor guarda con esta provincia. En su memoria aterrizan los viajes a León que realizaba junto a su padre, antaño trabajador de Telefónica, a modo de recuerdos. «El caso es que mi mujer es de La Mata de la Bérbula, pero nos conocimos en Santander porque éramos del mismo barrio», dice: «De algún modo estaba predestinado a volver a León». Este jueves regresa de la mano de su obra para hacer escala por primera vez en el espacio Factor de San Feliz de Torío desde las 19:30 horas.
"No soy muy patriotero, pero sí que entiendo que todos somos hijos de una misma cultura"
Aunque sí la más reciente, ‘La madera que arde’ no es la única publicación del de Santander, que en 1997 fue uno de los finalistas de la primera edición del Premio Alegría, puesto en marcha en honor a José Hierro. «Al año siguiente volví a presentarme y lo gané», rememora: «Lo gané inopinadamente porque no tenía ninguna experiencia en el mundo literario y así empecé a meter un poco el pie en él; un mundo, por otra parte, del que saqué el pie en cuanto pude». Alzarse con aquel galardón supuso al poeta salir en parte de su poesía. «Antes no me conocía nadie y me empezaron a llamar para multitud de cosas», refleja: «Esa parafernalia te obliga a estar en el candelero y a escribir en una especie de frenesí; algo que no va conmigo». Calvo Haya procura «no ser esclavo de las modas y la publicación rápida» y es contundente: «Cuando publico un libro es porque está muy reposado».
A la galardonada ‘El privilegio de los pájaros’ siguió una segunda publicación; «una especie de diario de viajes» que ilustra la experiencia del poeta, a caballo entre la poesía y la prosa poética, durante la ‘Marcha del color de la tierra’. «Tuve la oportunidad de viajar en 2001 a la marcha zapatista, que es algo que prácticamente se ha olvidado porque el mundo va muy acelerado y las guerras y los conflictos se van perdiendo, pues hay otros que llaman más la atención», explica.
A esa continuación de su trayectoria literaria la bautizó ‘La nube de la boca. Crónicas mexicanas’. Así lo hizo, precisamente, por una de sus observaciones durante el viaje. «Me sorprendió una imagen que se veía continuamente en las pirámides aztecas que pude visitar», cuenta: «Los indígenas representaban la palabra como una especie de nube saliendo de la boca; es decir, como el bocadillo de los cómics actuales». La apreciación sirvió además para dar título a un blog que el autor cultiva, cuida y enriquece a base de apreciaciones. Todo en una suerte de bosquejo de la que es su personalidad. «No escribo poesía todos los días ni soy poeta todos los días; paso por épocas, por altibajos», apunta: «Empecé el blog, sobre todo, para no perder la costumbre de escribir; como si fuera una bitácora, un diario del viaje que es la vida... Más para mí que para los demás».

También más para él que para los demás escribe Mariano Calvo Haya, que también disfruta de la pintura con acuarela y la observación de aves. Son muchas las aficiones que pincelan la personalidad del cántabro. Entre ellas, no falta la fotografía y buena cuenta de ello da su blog, plagado como está de unas imágenes que rebosan poesía. «La gente tiene cierto miedo a la poesía y dice que no le gusta o que no la entiende», considera antes de hacer un paralelismo con el séptimo arte. «Hay cantidad de películas de diferentes calidades y temáticas y unas pueden ser más comprensible y otras menos; en la poesía ocurre lo mismo», señala: «Yo siempre digo que la poesía está en todas partes; en una película, en un cuadro, en el teatro o en la fotografía hay poesía... En todas las manifestaciones humanas, artísticas, hay poesía y no se circunscribe sólo a un libro o a un poema recitado».
Fotografía y poesía se conjugan en esa hoja seca que, citada al principio, es preámbulo para ‘La madera que arde’. Como muchas de las suyas, la imagen es uno de los frutos de otra de sus grandes pasiones, los viajes, y fue obtenida durante su visita al campo de concentración de Majdanek, que, ubicado en Llublin, cerca de la frontera con Ucrania, se conserva prácticamente tal y como estaba. La que desde 2019 ilustra el poemario del santanderino es la misma hoja que un día encontró en uno de los barracones del desdichado enclave. La hoja es, por ello, testigo en parte de la fatalidad, así como del ímpetu de su capturador por nunca olvidarla.
"La poesía está en todas partes: en todas las manifestaciones humanas hay poesía"
Es que a todas las vertientes de Mariano Calvo Haya se suma también la de recuperador de la memoria, involucrado como está en la asociación Desmemoriados. «He militado en diferentes cosas desde que tenía 15 ó 16 años», relata un poeta que formó parte del movimiento vecinal de su barrio de Santander y fue delegado sindical durante unos treinta años: «También estuve en una asociación de ayuda al terce mundo, en un comité de solidaridad, que es algo que siempre me ha interesado mucho». Y quizá haya algo –o mucho– de ese compromiso social en sus versos. «De algún modo, todo es uno porque no deja de ser, digamos, el reflejo del carácter del que lo suscribe».
En tiempos de desidia y ajenidad, de calles vacías en momentos de protesta, el autor se mantiene confiado en la teoría que llama «del péndulo». «Mi generación es la que tuvo vacaciones cuando murió Franco porque estábamos en la EGB o empezando el BUP», analiza: «Mientras que nosotros éramos de comprar el periódico todos los días y llevarlo bajo el brazo, ahora muchos jóvenes desconocen la historia de su país y se informan a través de unas redes sociales que lo único que hacen es cultivar mentiras y bulos. De ahí el auge del fascismo: no saben lo que realmente es el fascismo». Aun así, el poeta no pierde su optimismo: «Supongo que el péndulo en algún momento variará hacia el otro lado», zanja: «En eso confío por lo menos».
Esas impresiones subyacen en la poesía que este jueves es protagonista en San Feliz de Torío. Una poesía que, como la vida, se escribe en movimiento, aferrada con sus versos a la lucha contra el olvido y repleta de sentimiento y responsabilidad.
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