Pero lo que resulta fascinante es viajar a su faceta humana, a la bondad de quien se confiesa «un hombre feliz porque hago lo que me gusta, los que a mi me gusta hace feliz a mucha gente y además me aplauden».
Y atrapado en ese silogismo de felicidad Juan vive en mago, desde que era niño, cuando decidió que aquello, la magia, era lo suyo. «Todo empezó cuando tenía cinco años y a mi colegio vino un mago, Frank Mery era su nombre artístico y yo decidí que iba a ser mago». Fank, que era su nombre artístico, se cruzó nuevamente en su vida con 9 años y a los 14. «En la última visita ya me atreví a hablar con él y le dije que yo era mago, como él y por él, por sus espectáculos, y Frank me desanimó, me dijo que la vida era muy dura, que aquella había sido una mala tarde pues las entradas costaban una peseta y había más niños que pesetas...». Pero no le convenció, ni mucho menos. «Recuerdo que me dejó acompañarle a la pensión y llevarle su maleta de mago. Pesaba como un demonio pero a mí no me pesaba nada de la emoción de llevarla».
Decidió Juan vivir en mago, hacer feliz a la gente. «De regalo por algo le pedí a mi madre que me comprara unas palomas pues los magos tienen palomas, pero las compramos comunes, que son muy grandes para la magia...». La cara de felicidad que se le dibuja al recordarlo dice todo de este mago, de los magos.
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