Javier se vio en la calle, conoció los duros amaneceres del parado –«muchos días me levantaba a desayunar y volvía para la cama»–y convivió con la desesperación de escuchar una y otra vez que «con esa edad...» ni le cogían el currículum.
Y ahí apareció el arte, la suerte y la amistad en cóctel salvador. Fue a un mercadillo de cerámica y en el puesto de Alfonso Montiel supo que ofrecía talleres en su estudio de Trobajo del Camino. «Fui creyendo que me enseñaría lo típico, a modelar el barro y esas cosas pero me encontré a un artista de pies a cabeza que se volcó conmigo, me vio madera, me animó, me enseñó todo lo que sabía» y comenzó una nueva etapa creativa, en cerámica; cuando en el horizonte apareció otro personaje al que tampoco conocía de nada, el escultor Amancio González, que le gustó lo que hacía Javier Robles y le animó a que «llevara las piezas en cerámica a gran tamaño, a la escultura y, sobre todo, puso a mi disposición su taller, su consejo, su cercanía... es un tipo impresionante».
Y ahí arranca la irrupción espectacular de un artista que ya tiene obra por muchos pueblos –Valporquero, Vegacervera o Garrafe–y un día le piden también para la calle Ordoño, esa misma que un día pintó con los colores de la bandera de Ucrania como homenaje a aquel pueblo y hasta pudo entregarle una réplica a su embajador en España.
Sus réplicas en pequeño tamaña –que se pueden adquirir en la galería Alemi–acabaron en manos de gente como la reina Letizia, Rafa Nadal, Rojas Marcos o Irene Villa, con la que pudo hablar en la entrega y «me dio una lección de vida impresionante».
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