Es Ana García de Paz, su nieta, una de ellas. Es Anina, la joven sonriente que te atiende en el Ezequiel, que ha regresado a casa porque «la llamada de la sangre» ha sido mucho más fuerte que todas las posibilidades que se le ofrecían en un horizonte cargado de posibilidades.
- Fuiste una estudiante brillante.
- Saqué siempre muy buenas notas, es cierto.
- Mucha gente te preguntará por qué has regresado al negocio familiar...
- Es verdad. Pero es muy fácil, quiero ser fiel a la tradición familiar, he crecido aquí, en el restaurante. Todos los camareros me conocen, me recuerdan desde que era una niña y venía a ver a mis padres, a ellos... Total, que estaba en Madrid, trabajaba en un bufete, pero recordaba el Ezequiel y pensé ‘aquello es lo mío’, y aquí estoy.
Aquí está; como el abuelo Amador es capaz de estar haciendo siempre algo. Participó de estudiante en la famosa Ruta Quetzal —«una maravillosa experiencia que marcó mi vida»—, sale con las amigas —«ayer fuimos a Gijón pero a las nueve aquí como un clavo, a trabajar»—; no faltará a las fiestas de los pueblos de la comarca y por la mañana te recibe con la mejor cara detrás el mostrador, consciente de que es uno de esos lugares desde los que se está tirando por la tierra. «Es una pena la situación de estos pueblos, tan abandonados».
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