- Podría moler, no hay más que meterle el agua; insiste Amelia, claro que ahí ya entra en juego Confederación y eso ya es harina de otro costal.
Se sienta Amelia en el magnífico portalón del molino, en la explanada presidida por una gran escultura de Amancio, y parece ver pasar el tiempo ante sus ojos y sus recuerdos. «En los tiempos del estraperlo, aquellos años tan duros, el harina era un bien tan preciado como el oro; venía gente de todas partes, desde Asturias, y muchos la llevaban camuflada debajo de sus ropas».
- ¿Y la guardia civil?
- Ya. La guardia civil, cierto que estaba muy perseguido, pero la gente tenía que vivir.
Y cuando mira Amelia al horizonte de su pueblo, de los pueblos vecinos, de los tiempos en los que tres molineros atendían el de la familia recuerda que también vivía allí otra familia, la del electricista «pues también fue fábrica de la luz, con un generador muy grande que llegó a dar luz a trece pueblos».
«Entonces todo el mundo tenía sus vacas, ahora sólo quedan unos pocos ganaderos pero tienen cientos de ellas, que con los tractores y todo eso se pueden atender» y añade, «no como antes, que todo era tan difícil», dice mientras repasa en las estancias del viejo molino los últimos trillos,yugos y tantos aperos... «y las piezas del molino, que podría funcionar, si tuviera agua».
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