Hace décadas desde que Lola Herrera convirtió los escenarios en una especie de segundo hogar. El crujido de las tablas a sus pasos, el sonido seco de los zapatos sobre la madera y las miradas atentas del público entusiasta en teatros, auditorios y salas de todo tipo en distintos puntos de la geografía nacional no le asustan. No lo hacen porque son aspectos que a la intérprete no le pueden resultar más familiares habiéndose fraguado una trayectoria escénica que se tornó profesional en 1957, con la obra ‘El campanero’.
– Ha hecho televisión, cine y doblaje, pero el teatro ha sido una constante a lo largo de su carrera. ¿Qué tiene?
–Magia– dice, pero hay más.– El teatro es pasión. El teatro es muchas cosas arrebatadoras. Tiene una magia que otros medios no tienen. No lo he dejado nunca porque para mí es el eje profesional.
Un sinfín de puestas en escena giran sobre ese eje en la rueda de su profesión. Una que le ha llevado a consagrarse, tras más de sesenta años a las tablas, como una de las mejor valoradas actrices de teatro de la última mitad del siglo XX. Habiando superado ya el primer cuarto del siglo XXI, con una Lola Herrera que ha rebasado bien lúcida los noventa años de edad, la rueda del teatro sigue girando como giran los engranajes del motor de su vida. Tanto este miércoles como este jueves, la vallisoletana afincada en Madrid demuestra su pulsión en el Auditorio Ciudad de León con una nueva pieza.
–¿Cómo ha cambiado el teatro desde aquellas primeras funciones?
–Ha cambiado todo: ha cambiado la vida. Son muchísimos años– se toma un respiro.– Nada está quieto: lo que pasa es que la esencia del teatro está ahí siempre. Es un directo en el que hay un público y unos intérpretes cuentan una historia con la que pretenden que ocurra algo tan mágico como es la comunicación entre esos dos puntos. Por muchas pantallas que haya, el teatro siempre va a estar ahí.
Rememora la actriz sus primeras veces sobre el escenario, cuando el teatro era sinónimo de una intensidad apreciable en las dos funciones y el ensayo de tarde diarios que eran habituales. Por eso «ha cambiado todo», menos la esencia de unas artes escénicas que, por el camino, han dejado en la vallisoletana el poso inamovible de un aprendizaje que ha «podido aplicar al trabajo, a la vida y a todo». «He trabajado con gente muy buena», apunta: «Cuando yo empecé fueron unos años en los que trabajé con una gente de la que aprendí muchísimo: unos actores y unas actrices fantásticos».
– Ahora será de usted de quien aprenda el resto...
–No lo sé, no lo sé– responde rápido.– Es que entonces vivías en el teatro; ahora se hace una sola función, que me parece perfecto. Pero te quiero decir que la vida era muy intensa porque entrabas a las cuatro de la tarde y no salías hasta las doce y media o la una.

El recuerdo suena dulce en sus palabras. «La época que me ha tocado vivir la he aprovechado al máximo», asegura. Esa época sigue vigente, aunque con compañeros que ahora son normalmente más jovenes. Compañeros que ella define como «buenos actores y actrices»; de los que, confiesa, sigue aprendiendo. Entre ellos está su propia hija, Natalia Dicenta, con la que este jueves regresa a las tablas del enclave capitalino para representar, en compañía de Carlos Olalla, ‘Camino a la Meca’.
– ¿Tiene algo de especial compartir el escenario con una hija?
– En el escenario somos los personajes, así que en ese sentido no hay una diferencia– duda un instante.– Bueno, sí la hay porque nos conocemos mucho y trabajar con alguien que te conoce mucho es una manera de compaginar un montón de cosas.
Han pasado más de veinte años desde que madre e hija compartieran escenario por última vez. El reencuentro escénico tenía que producirse con esta pieza; una obra publicada en 1984 por Athol Fugard que el director Claudio Tolcachir decidió llevar a la escena. Lo hizo, precisamente, pensando en Herrera, pues centrada la dramaturgia en la historia de la escultora sudafricana Helen Martins –fundadora del museo The Owl House–, Tolchahir encontró en el texto de Fugard la voz inequívoca de la actriz de Valladolid. «Se trataba de encontrar el material que estuviera a la altura de semejante mujer, que representara de alguna manera todo aquello de lo que ella deseaba hablar», escribe sobre la intérprete el director. En ‘Camino a la Meca’ se dio de bruces con aquello que buscaba.
–El paralelismo es que somos mayores– ríe– y que amamos la libertad y hacer lo que nos gusta. Es un personaje maravilloso y, aunque su vida ha sido muy distinta a la que yo haya podido vivir, indudablemente hay un deseo siempre de libertad y de dedicarte a lo que te gusta al precio que sea; no haciendo caso a nadie.
El relato de «una mujer real que se rebeló contra los estamentos de su época» es sobre lo que versa la puesta en escena que ayer aterrizó en la capital leonesa. El momento no puede ser más oportuno, a pocos días de celebrar el 8M. «Ha habido tantas mujeres que han batallado hasta que han llegado otras y otras que están llegando...», suspira la actriz: «La lucha de la mujer siempre ha sido muy dura y lo sigue siendo; estamos en un momento en el que nos estamos jugando muchas cosas en nuestro país». Sin «perder de vista los pasos de gigante» que ya se han dado en esta materia, Herrera es concisa, pero del todo clara: «Tenemos que estar muy alerta porque es algo que siempre habrá un sector que nos querrá borrar; que nos querrá anular».
Es por eso que la actriz lleva seis décadas subida a los escenarios, «contando historias que despierten a la gente y les haga pensar». Lo hace como lo ha hecho siempre: dejándose llevar por un camino escénico que no estaba calculado, que no tenía demasiadas pretensiones. «Nunca me imaginé nada: primero estaba empezando y luego estaba viviendo, que la vida a veces te entretiene mucho», termina por decir: «No he deseado hacer otra cosa y, a mis noventa años, sigo disfrutando de lo que me toca».
Lo que le toca a Lola Herrera son los escenarios, como le han tocado siempre, da igual la edad. Le toca con la lucidez intacta, aunque hechizada sempiternamente por la magia del teatro.