Lleva consigo su novela

Aparece la vigésimo quinta entrega de los diarios del escritor leonés Andrés Trapiello

Bruno Marcos
20/06/2026
 Actualizado a 20/06/2026
Andrés Trapiello en una imagen de Rafael Trapiello y la portada de su publicación 'De todo tiene'.
Andrés Trapiello en una imagen de Rafael Trapiello y la portada de su publicación 'De todo tiene'.

Fiel a su compromiso, aunque cada vez con un poco más de retraso que pone nerviosos a sus lectores, el autor leonés Andrés Trapiello ha dado a luz la vigésimo quinta entrega de sus diarios que llevan el título genérico de ‘Salón de pasos perdidos’. Una obra que lleva publicando desde 1990 y que, según afirma, se escribe como diario pero se lee como novela. 

En esta ocasión se recogen los escritos pertenecientes al año 2011 bajo el título de origen cervantino ‘De todo tiene’. Y, efectivamente, este tomo alberga un poco de todo, como los anteriores: el fin de año en la casa de campo, los paisajes, la familia, las lecturas, la vida literaria, los retratos, la prensa del momento, las noticias, el Rastro, los recuerdos o los viajes.

Aquel año vino señalado por las revueltas del 15-M, desencadenadas por la crisis económica y que produjeron acampadas en las plazas de España. También tuvieron lugar los finales trágicos del dictador Gadafi y del terrorista Bin Laden, el accidente nuclear de Fukushima en Japón, el anuncio del fin de ETA o la victoria Rajoy. Acontecimientos históricos que en los diarios suelen dar poco de sí, transformándose en elementos secundarios frente al relato de la vida cotidiana.

Son bastante más interesantes los capítulos que dedica a seguir la cita que encabeza todo el proyecto, la de Galdós que dice: «Por doquiera que el hombre vaya lleva consigo su novela». Así seguimos la de Jorge Semprún o Tomás Segovia, que murieron por entonces, y la de muchas otras personas, como siempre, ocultas tras la máscara de la letra inicial de su nombre.

El humor sigue siendo un ingrediente predominante: el cervantino en las situaciones, el quevedesco en los retratos y el chaplinesco para reírse de sí mismo. Destacan las parodias del arte contemporáneo como la que dedica a De Kooning con su dibujo borrado por Rauschenberg o cuando señala el montaje que disfraza de genialidad la impotencia del pintor realista Antonio López para retratar al rey, en cuya realización tardó veinte años.

A lo largo de más de cuatrocientas páginas seguimos al autor para darnos cuenta, otra vez, de que lo que más nos interesa es lo más sencillo porque nos emociona: el vacío que dejan los hijos al irse de casa, la confidencia de una madre anciana que regala un refrán nunca oído que parece venir de la edad media o una conversación cogida al vuelo en el Rastro, como aquella en la que un vendedor de un puesto hace creer a un viejo mendigo que la limosna que le entrega no es tal limosna sino que forma parte de un trato.

Hay en los veinticinco años recogidos en los diarios de Trapiello, además de una historia individual, un retrato social del que empezamos a darnos cuenta gracias a su insistencia. La estampa de un país demasiado parecido al que deseábamos dejar atrás, lleno de pícaros e ingenuos –papeles totalmente intercambiables– que pasan, sin pararse, por un salón de pasos perdidos llevando consigo cada uno su novela.

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