El Ayuntamiento de Quintana del Castillo quiso rendir un homenaje a los que fueron sus vecinos y programó una jornada de convivencia compartida con una nueva edición de Versos a Oliegos.
Hace unos años la Asociación Cultural de Villameca ya reunió a unos cuantos ‘exiliados’ de Oliegos y este domingo el alcalde de Quintana, Emilio Francisco Cabeza, quiso quitarse la espinita que tenía clavada para tener un gesto de acogida y reconocimiento a los hombres y mujeres que a finales de noviembre de 1945 tomaron un tren en dirección a Valladolid para ocupar lo que sería Foncastín, pueblo blanco y geométrico en el que los 200 cepedanos iniciaron una nueva vida en unos terrenos del Marqués de la Conquista.
Algunas familias decidieron permanecer en otras zonas de León pero la mayoría dejaron atrás su tierra y sus casas, a las que nunca llegó la electricidad, porque el pueblo estaba predestinado a desaparecer bajo las aguas de una presa que Franco inauguró el 2 de octubre de 1946.
"Nos echaron como si fuéramos sarnosos, nadie se acordó ni de nuestros muertos" Entre ellos estaba Pedro Carrera, cuya historia emocionó especialmente al alcalde de Quintana. El joven que saliera de su casa con 20 años aquel otoño inolvidable le dijo en aquel encuentro-homenaje que no quería morirse sin celebrar su santo en el lugar que le vio nacer. «Se merecen pasar un día en su antiguo pueblo», subrayó el regidor y añadió que de vez en cuando ve a alguna persona acercarse a la zona con un coche; son vecinos -ya pocos- y sus descendientes. «Vienen a visitarlo... eso queda ahí para la historia», comenta.
Pedro, a punto de cumplir 91 años se mostraba hoy encantado de recorrer el entorno de su pueblo. «Alegría pura», dijo para definir el sentimiento que le embarga cada vez que vuelve. «Éramos forasteros y había que adaptarse a los de allí», recuerda. Con una mezcla de emoción y enfado relata que «nos echaron del pueblo como si fuéramos sarnosos y nadie se acordó de nuestros muertos para que nos acompañaran».
Él es el más veterano de Oliegos y siempre que puede, recalca, presume «con toda el alma» de sus raíces. La benjamina se llama Ana Magaz Mayo. Fue el último bebé que nació en el pueblo y con apenas cuatro meses su familia tuvo que reinventarse en Foncastín.
Asegura que tuvo dos vidas paralelas, la del pueblo vallisoletano y la que se imaginaba, de Oliegos, porque sus padres no dejaban de contarle cómo era la tierra que la vio nacer. Su hermana María, que entonces tenía siete años, también lamenta que el cementerio no fuese removido para llevarse los restos de sus seres queridos.
El primer vecino de Foncastín nacido en Valladolid es Elías. Su madre se puso de parto durante el viaje en tren y al llegar a Valladolid una ambulancia esperaba en la estación para trasladarla a un hospital. Le contaron que su madre, Concepción, se pasó todo el trayecto llorando, como buena parte de los vecinos.
En la tierra, más impuesta que prometida, mantuvieron intactas sus tradiciones y costumbres, desde la forma de hacer la matanza hasta expresiones y celebraciones. «Era el mejor pueblo de La Cepeda», señaló un vecino y otro rememoró las jornadas de pesca y caza. Todos, coincidían en el contraste del verde que quedó atrás en León con el ocre de Castilla.
Las lágrimas acompañaron a los testimonios de muchos de los asistentes al encuentro celebrado al pie de embalse. Buena parte de ellos recorrieron, casi en un goteo procesional, los tramos que les llevaban lo más cerca posible de las ruinas de las que fueron sus casas familiares. Algunos niños acompañaron a sus padres, hijos o nietos de Oliegos, en unas horas de gran intensidad emocional.
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