Libros que te acosan

El crítico literario escribe sobre la novela de Lucía Solla Sobras, 'Comerás flores'

José Ignacio García
21/02/2026
 Actualizado a 21/02/2026
La autora de ‘Comerás flores’, Lucía Solla Sobral. | JOSÉ RAMÓN LADRA (ABC)
La autora de ‘Comerás flores’, Lucía Solla Sobral. | JOSÉ RAMÓN LADRA (ABC)

Sí, así, como lo leen. Existen libros que te acosan, que te persiguen, que no te dejan respirar, que te eligen como lector mucho antes, incluso, de que repares en ellos. Es el caso del que nos ocupa, ‘Comerás flores’, la ópera prima, el debut narrativo de la autora gallega Lucía Solla Sobral. Un libro absolutamente apabullante, de esos que pueden cambiarle la vida a un lector. Y más si, en cierto modo, y aunque los hechos sucedieran hace muchos años, uno se ve remotamente reflejado en él.

Pese a ganar premios tan prestigiosos como el Cálamo o el Ojo Crítico a finales del año pasado, les aseguro que no había tenido constancia de la existencia de la novela hasta que un librero de un pueblo me habló de ella en vísperas de reyes. Ha sido el libro que más hemos vendido estas navidades, me aseguró el propietario de la librería, mientras lo sacaba de una vitrina acristalada y me lo mostraba orgulloso, como si fuera el trofeo estelar de una colección. Ojeé la solapa, vi que lo publicaba una editorial independiente y de garantías, con buen gusto a la hora de elegir a sus autores y eso encendió en mi cerebro una sutil señal de alerta. Un libro novedoso, una apuesta de riesgo que en ese punto de venta rural les había ganado la partida a los libros laureados con eximios premios trucados o tremendas campañas mediáticas de engañosa promoción.

Y a partir de ahí comenzó el acoso, el cerco por los cuatro costados. Como cuando decides bautizar a un hijo con un nombre exclusivo o cuando compras un coche de color y modelo diferenciadores y, nada más tomar una determinación, afloran como setas criaturas y vehículos que se llaman como los que tú creías únicos.

Salí de la librería, puse la radio del coche y allí estaba alguien hablando del libro revelación de 2025. A continuación, me sonó un mensaje de wasap en el móvil. Lo leí justo antes de arrancar, porque yo soy muy de respetar las normas de circulación (más que nada, por temor a las multas y a los puntos que pueda perder). Me escribía una amiga: Sabihondín, has leído ‘Comerás flores’? Me dicen que es brutal! Me dirigí a la estación, tomé un tren y, frente a mí, un hombre orondo y trajeado y con una infame corbata estampada con caballitos de mar fosforescentes, devoraba el libro de moda, sin hacer caso a la pantalla del ordenador que tenía encendido sobre su regazo. ¿Le está gustando?, me atreví a preguntarle cuando lo cerró de golpe y comenzó a respirar como si necesitara hiperventilar, como si fuera un pez saltimbanqui que escapa de un acuario y empieza a boquear. Es el libro más fascinante que he leído en mucho tiempo, me dijo categórico y entusiasmado, pero hay que dosificar la lectura para que no te agobie, me advirtió.

Por si fuera poco, empezaron a sonarme avisos de mensajes entrantes en el teléfono. En breve aparecerá un podcast en YouTube, Instagram y Facebook, donde recomendaré libros, y el urdidor del proyecto me avasallaba con ejemplos que había encontrado en redes sociales. Como con el nombre del hijo o la elección del coche, parece que de repente a todo el mundo le ha dado por recomendar libros en Internet. Y todo el mundo que mi patrón me recomendaba que viera y analizara, para hacerlo mucho mejor que ellos (por supuesto), adivinen qué libro recomendaba.

Así que decidí leerlo. Qué remedio. Quizás un poco tarde. El ejemplar que me envió Libros del Asteroide corresponde a la décimo segunda edición. Ahí es nada. Pero, como dice el refrán, nunca es tarde si la dicha… Empecé la lectura por los agradecimientos y descubrí que la autora había iniciado la escritura de la novela alentada por Marta Jiménez Serrano, otro objeto de mi devoción lectora, y de la que muy pronto escribiré también en este rincón literario. Ese detalle ya sumaba a su favor. A partir de ahí, todo se lo ganó ella. La novela es un prodigio narrativo, un artilugio literario que rezuma frescura, originalidad, talento, poesía, contrastes continuos, frases consecutivas con o sin puntuación, escenas que roban el aire. Cuánta razón tenía el desconocido de la corbata hortera que la leía en el tren.

Contada de una manera frenética e intimista en primera persona por Marina, la protagonista, ‘Comerás flores’ comienza tras el fallecimiento de su padre y poco antes de que se enamore perdidamente de Jaime, un «compositor de atmósferas» que decora lo que se tercie, sibarita, que tiene el dinero por castigo y buen gusto a raudales. Y que, por cierto, casi le dobla la edad a la fascinada muchacha desorientada, que cree en la amistad de Diana, en la relación con su familia, en la comida vegana, en los paseos con su perra Frida y que trata de darle un sentido a su vida, un tanto desnortada tras terminar la carrera y experimentar los primeros trabajos tan insatisfactorios como los noviazgos efímeros.

Marina maneja en todo momento un lenguaje adecuado a su edad y condición, pero las comparaciones deslumbrantes, las descripciones absolutamente visuales, la mezcla de reflexiones casi filosóficas con la realidad mundana inmediata otorgan a la novela una categoría que desconcierta continuamente al lector. Un desconcierto que se une por momentos a la angustia que provocan las situaciones que se van sucediendo, cuando poco a poco el estómago de la joven se convierte en un cementerio arrasado por el dolor, la desconfianza y el miedo.

Del paraíso al infierno no debe haber demasiada distancia, y Marina recorre ese trayecto tortuoso, y lo deja claro introduciendo capítulos muy breves, apenas una frase, que son como actualizaciones de la situación descrita o el momento vital que atraviesa. Pero esos telegramas sintéticos no son más que el contrapunto, la pausa a un argumento contado con un ritmo frenético que, insisto, intenta no dar treguas ni respiros, y del que el lector tiene que escapar para recuperarse, para asimilar lo leído, para tomar partido, para aconsejar a Marina, para despreciar acaso a Jaime (ese cuarentón embaucador e irascible que me recordaba al cuarentón que yo fui hace veinte años y que jugaba a ser amante, novio, consejero, protector y financiador de caprichos y proyectos, sin reparar en que sus celos, su afán dominador nacían de la incertidumbre, del miedo a no estar a la altura de su entorno, de no comprender otras mentalidades más jóvenes, porque, al final, la riqueza material del maduro acomodado nada puede frente al lozano tesoro de la juventud inquieta y aventurera).

Créanme si les digo que, después de leer esta novela, no soy el mismo lector que era. Que he descubierto una voz nueva y especial, que no canta como cantan todas las intérpretes de su generación, que tiene garra, temperamento, genio, talento y una capacidad desmedida para convertir lo aparentemente íntimo y cotidiano en un fenómeno turbador y extraordinario.

De vez en cuando, entre los miles y miles de libros prescindibles que se publican cada año, y por mucho que algunos de ellos alcancen cifras astronómicas de facturación, surge de la nada uno cautivador, publicado por una editorial valerosa e independiente, que crece y se expande, sin saber muy bien ni cómo ni porqué, como el virus que se transmite boca a oído, que impacta con el lector, que le acosa, que le persigue, que le agobia por momentos y que le estimula, encabrona o conmueve según la escena o el giro de guion.

Lucía Solla Sobral ha puesto muy alto el listón en su debut. Ha creado una obra maestra como si fuera fácil o natural. Ha escrito una novela inmarchitable. De esas que parecen una delicatessen que hace la boca agua, que hay que paladear despacio, conscientes de que (a pesar de su aparente liviandad) tardará mucho tiempo en digerirse en la memoria. Si es que se digiere.

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