Uno de los párrafos más impresionantes, de entre los miles que tiene la novela ‘Cien años de soledad’, es aquel en el que, a su comienzo, se indica que algunas cosas aún no tenían una palabra que las designase: «El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo».
A partir de ahí, todo es inaugural en la gigantesca obra de Gabriel García Márquez, todo lo que pasa a lo largo de sus páginas va a hacerlo por vez primera, como si no se hubiera vivido antes aunque sea la misma vida de siempre. La historia particular de la estirpe de los Buendía se va a volver universal y eterna, vieja y nueva, presente y futura a la vez.
Ponerle nombre a las cosas es una acto milagroso y como la novela transcurre en un lugar fantástico pero que identificamos con el nuevo mundo, con América, es inevitable que imaginemos a los que, llegando allá antes que nadie, se vieron en la circunstancia de bautizar ríos, lagos, montes, mares o las ciudades que fundaban.
Sabemos que hay en ese nuevo mundo muchos lugares con nombres como los de aquí, ciudades repetidas, pueblos duplicados, recordando a esos relatos inquietantes que cuentan las historias de hombres que, viajando allí, abandonaron a su esposa por otra idéntica y hasta del mismo nombre.
El libro de García Márquez está pobladísimo de nombres bellos que se repiten en su medio millar de páginas: Úrsulas, José Arcadios, Remedios, Renatas, Rebecas o Amarantas, llegando a haber hasta diecisiete Aurelianos. Es algo que se ha hecho continuamente a lo largo de la historia, bautizar a los descendientes con los mismos nombres que sus ascendientes, como si así, con el linaje de las palabras, se opusieran las personas al paso del tiempo y a la muerte volviéndose eternos al pasarse de unos a otros la llama de la vida.
Los que nos llamamos como nuestro padre y nuestro abuelo sabemos que recibimos una herencia a mayores, la del nombre que nos une a un tronco de palabras mágicas.
Los libros están hechos para dejar por escrito el nombre que les ponemos a las cosas que se nos presentan nuevas para ser vividas, aunque sean las de siempre. Los buenos libros están llenos de palabras que fueron primeras, aquellas que designaron cosas tan recientes que carecían de nombre.