La primera vivienda en la que viví en León fue, allá también por el año 1962, una segunda planta adaptada de una de las casas individuales de la calle José María Fernández de la cooperativa El Pilar. El piso de abajo lo ocupaba un matrimonio sin hijos. Esas construcciones eran un parche a la endémica situación de espacios donde acoger al creciente fenómeno de inmigración, a ese trasvase continuo de gente del campo a las ciudades, que llevaba en marcha desde los años cincuenta. Mi memoria, caprichosa, guardaba una imagen falseada de la casa de Nottingham donde vive Colin Smith. Se me representaba como una vivienda mayor, con cierto parecido a mi primer hogar en León. Ahora, al volver a ver la película descubro que nada tenían que ver aquella casa de cooperativa, donde residía gente de orden, con la del amargado pero reivindicativo padre obrero del protagonista de ‘La soledad del corredor de fondo’. Gente con sus particulares manías, como el padre de Andrés Trapiello, vecinos de la casa de la esquina de José María Fernández con la calle San Juan, que echaría a su hijo de casa cuando descubrió escondida debajo de su cama propaganda comunista.
No muy lejos de José María Fernández, al final de la calle de la Serna se levantaba, en terreno ya casi de nadie, tras un jardín con algunos abetos y cedros, un edificio de forma poco habitual, enrejado, que me producía un intenso sentimiento de intranquilidad y atracción a la vez: el reformatorio. Un microcosmos paralelo de historias como la de Colin Smith, fruto de una sociedad en una transformación acelerada, caótica, donde se aislaba y estigmatizaba a aquellos que no acataban las normas, a quienes vivían a su aire, al margen de una sociedad hipócrita, represiva.
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