A falta de público, la dirección se esforzó en reunir todos los atractivos posibles. Para empezar, las voces más destacadas del mundo. Entre los tenores, los hubo de todos los estilos: de la agilidad del peruano Juan Diego Flórez al romanticismo del polaco Piotr Beczala; de especialistas en repertorio italiano como Francesco Meli a expertos en el francés como Roberto Alagna. Entre las sopranos, divas de renombre internacional como la búlgara Sonya Yoncheva o la letona Kristine Opolais, sin olvidar a la mezzo Elīna Garanča o a barítonos como Carlos Álvarez, Ludovic Tézier o Plácido Domingo.
Todos cantaron pasajes imprescindibles de la historia de la música, con Verdi a la cabeza (‘Cortigiani’, ‘La Donna è mobile’, ‘O don fatale’), pero también Puccini (‘Nessun dorma’, ‘Un bel dì vedremo’, ‘E lucevan le stelle’), los belcantistas Donizetti (‘Una furtiva lacrima’) y Rossini (‘Guillermo Tell’) y el verista Giordano (‘La mamma morta’). Francia estuvo representada por Bizet y su ‘Carmen’ y por el ‘Werther’ de Massenet; Alemania, por ‘La valquiria’ wagneriana, sublime en la batuta del venerable Riccardo Chailly, responsable musical del Piermarini. De las diferentes escenografías y proyecciones se encargó el turinés Davide Livermore, con su estudio Giò Forma.
Durante tres horas de velada, aparte de arias, dúos y conjuntos hubo presentaciones literarias, cartas, diarios y otros documentos de gran valor histórico, que se intercalaban entre las piezas. Y también cobró protagonismo el ballet, con los solistas más punteros de la compañía de danza milanesa, como el legendario Roberto Bolle o las jóvenes Nicoletta Manni y Martina Arduino
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