Un poeta en un banco de una vieja plaza, la que corre de boca en boca. Hablan, es lo que hacen los viejos, la plaza, y los poetas, Víctor M. Díez.
– Buenos días, parece que llega la primavera.
– Así es. Buenos días, mire, cuando me entra así el sol por el costado parece que se me va este maldito reúma.
– Se da cuenta de que esto que hacemos es absurdo ¿no?
– Se refiere al mundo en general, a su generación, a estos tiempos… He visto tanto, hijo. Pero si lo dice por lo de la entrevista, me ha hecho gracia. Es usted el primero que pregunta, tanto que dicen ahora de mí.
– Ya, supongo que lo vive con una mezcla de indeseado protagonismo e incómodo ocultamiento.
– Verá, yo no sabía que se me quería tanto. Y, no le voy a engañar, me produce cierto orgullo. Lo que pasa es a mí eso de ser motivo de polémica… Yo ya estaba aquí cuando todos ustedes no habían nacido. Y ¿sabe qué? Seguiré estando cuando se hayan ido. Eso me da un cierto equilibrio (perdone que me ría, que al decirlo he visto a una señora que se ha retorcido el pie y casi se me cae encima). Me da, cómo decirlo, una serenidad.
– Pero todos quieren salvarla: Unos, diciendo que permanezca en sus esencias, aunque con arreglos tradicionales y en hacendera. Y, otros, que siuna restauración integral y sin barreras arquitectónicas.
– Qué risa, tía Felisa (se sigue diciendo ¿no?). Mire usted, joven e incauto amigo, decía mi abuela: sálvate de quien quiera salvarte. Lo de las esencias ¿Qué quiere que le diga? Tengo casi mil años, ya no sé con exactitud y no sé muy bien qué sea eso. He tenido tantas formas: con árboles, sin árboles; con fuente, sin fuente; de tierra, de cantos… Ustedes los humanos suelen llamar tradición o aludir a lo auténtico, a lo de siempre, a lo nuestro. Pero, normalmente hablan de cosas que no tienen más de cien o ciento cincuenta años. Unratito para alguien como yo ¿no entiende?
– Ya, pero se dice que si pierde su ‘aparente’ antigüedad, perderá su esencia, su encanto.
– Puede ser, pero a quienes dicen eso, les preguntaría si, a ellos, no les gusta cambiar de aspecto de vez en cuando. A todas y a todos, nos gusta ir a la peluquería de vez en cuando ¿no es cierto? Somos coquetos y yo también lo soy.
– Ya, pero si no le gusta el peinado, si el traje le parece feo. Los acicaladores no se ponen de acuerdo.
– Me gustará cuando empiecen a entenderse.
– Ahí, hay algo que me interesaría preguntarle a usted. Una plaza qué es ¿mujer o hombre?
– No sé otras, pero para a mí eso del género me aburre. Puedo elegiry lo hago. Soyuno o la otra a conveniencia, así se lo digo. Según he oído a los peregrinos (o turistas, según los llaman ustedes ahora) tengo algo de eso del transgénero, soy un poco Queer y me gusta.Como ve no sólo me caen vidrios, colillas y servilletas, también me quedo con las conversaciones.
– Anda, no deja usted de sorprenderme, ¡Qué cosmopolita! Yo, que la tenía por una dulce abuelita.
– Quite, quite. Se trata de eso ¿no? Como cuando vienen sus amigos y les baja por aquella calle estrecha (su padre la llamaría el barranco y su abuelo apalpacoños) y la mirada se abre a esta anciana plaza y se sorprenden ¿A qué sí? Me gusta sorprender.
– Pero, para que yo me aclare, ¿usted está a favor o en contra de la reforma?
– Yo me río a morrillo suelto, joven, todo me parece un poco folclórico. El caso es que unos por otros, la plaza por hacer.Los mandarines son mentirosos y torticeros por naturaleza. Eso es así, se lo aseguro, desde que el mundo es mundo.E intentarán lo que sea por salirse con la suya. Pero si la resistencia consiste en una hacendera… Permítame que me ría. Me he quedado con las caras de todos los que vinieron el otro día a salvarme. Buena gente, lo sé, pero ya vería usted cuando hubiera que doblar el lomo cuántos aparecen.
– Pero, entonces, ¿qué hacemos?
– Mire yo soy la plaza, no tengo respuestas. Soy el espacio vacío, el lugar de reunión. Lo que está mal es que no sean capaces de llegar a un acuerdo. O peor, que no se escuchen. Los munícipes a la gente y la gente, así dicha, quizás deba de aprender a no decir no a todo. No siempre, es la muerte, el inmovilismo. Tienen que juntarse y hablar. Pero, déjeme que le diga algo: quien diga que quiere llegar a un acuerdo sin ceder nada en su postura, miente, ése es el traidor. Ande, dígaselo.
– ¿Usted cree que se puede llegar a un acuerdo?
– Ay, inocentón.Las viejas putas del barranco sabían que todo tenía un precio. Eran unas mujeres muy especiales. Con vidas terribles, pero de buen corazón. Sabían que lo humano es complejo.No sé, tantos siglos de progreso humano y no tener una solución para algo tan simple.
– Bueno, bueno, no tan simple. Lo que se juega aquí es el modelo de ciudad.
– ¿Usted cree?
– Sí, lo creo.
– Me llama la atención que los que protestan por mi nuevo traje hayan tragado con todo lo demás. Y que los que no quieren entender mis peculiaridades de plaza de la gente, ellos representantes de la propia gente,no quieran consensuar. Por cierto es la gente la que los elige ¿no?
– Bueno, sí. Así funciona.
– ¿Quiere decir que eligen a gente que no escucha a la gente? o ¿Qué, quizás,hay más gente que quiere que no se escuche tanto a la gente? Porque, entonces esa gente es la mayoría de la gente.
– Me está llevando al huerto. La gente, toda es gente, pero parece que la gente que protesta es una gente más sensible a sus ‘peculiaridades’, como usted dice.Quizás esa ‘mayoría’ es gente poco, como decirlo, abierta..
– A ver, a ver, ¿me está diciendo que la gente abierta es la que se cierra a que esto cambie y que los que quieren que cambie son cerraditos de mollera?
– Buff, verá usted, cómo se lo explico.Hay quien siempre está a favor de obra y quien se resiste a que decidan por ellos.
– Y usted a quién prefiere.
– A los segundos, sin duda. No obstante, creo que éstos, los míos, a veces se encebollan y no son permeables alos argumentos del otro. En el otro lado tenemos a los que están tan acostumbrados a imponer su criterio que ni se molestan en preguntar. Hay una falta de dialéctica serena, a mi modo de ver. Ahora parece que es usted la que me hace la entrevista.
– Pues, que quiere que le diga, a la plaza vienen todos y yo a todos he de atender y dar gusto. Agradezco el amor que me profieren unos y otros, cada uno a su manera. Y ya le digo, el mejor homenaje a la plaza sería llegar a una postura común, ni pa ti ni pa mi, que así se hacían los tratos en esta plaza cereal desde hace muchos siglos.Por cierto ¿es usted periodista?
– Peor, soy poeta.
– Esos vienen mucho y se quedan como atontaos mirando los vencejos.
– Oiga, sin faltar.
– Usa el cenicero, pazguato.
La Plaza del Grano: "Yo no sabía que se me quería tanto"
Ahí está la vieja plaza leonesa, desde hace casi mil años. Se ha convertido en el centro de la polémica, ¿qué pensará ella de lo que ocurre? Un poeta se sienta en uno de sus bancos y se lo pregunta. La plaza responde
28/02/2017
Actualizado a
19/09/2019
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