En León, el culto a Santa Ana fue introducido por la orden del Santo Sepulcro que creó una cofradía con el nombre de la santa. Tanto éxito tuvo que la primitiva iglesia del Santo Sepulcro pasó a conocerse como iglesia del Santo Sepulcro de Santa Ana. La iglesia cambia de titularidad en el siglo XV y es cedida a la orden de San Juan de Jerusalén. A partir de entonces se la denominará, ya solo, iglesia de Santa Ana. En ese siglo, sufre una reconstrucción gótico-mudéjar. En el siglo XVIII se añadiría su característica espadaña, de iglesia de pueblo, y se emprende una remodelación de la que únicamente se conservarán, del antiguo templo, los arcos ojivos de la nave. De esa reforma surge la actual iglesia.
El artículo despertó en mí el deseo de averiguar quiénes eran los que ocupaban los sepulcros que había repartidos en la iglesia. Como primera tarea me propuse copiar las leyendas de las lápidas sepulcrales. Una mañana se acercó a mí don Julio, el párroco (un hombre mayor, uno de los curas contestatarios leoneses durante el franquismo, miembro de la Hoac). Me preguntó educadamente qué hacía y cuando se enteró de que había estudiado periodismo me ofreció, si me interesaba, la colección de la revista ‘Vida Nueva’ a la que estaba suscrito. Quizá pudiese darle un cometido. Acepté, barajando distintos y ambiciosos proyectos investigadores que sustituyeron al anterior. Eran cerca de seiscientos números reunidos desde su creación a mediados de los años cincuenta. Los ordené por años, leí algunos pero no logré ir más allá de tomar unas notas. Pensé, pasado un tiempo, ceder las revistas a mi vez como don Julio. Tras una gestión, la biblioteca del Seminario se quedó con algunas. Las otras aún esperan destinatario.
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