«Siempre me dije: algún día haré de Voltaire. Es un personaje que me fascina. Quizás porque no tenía aún la edad, quizás porque no me veía suficientemente apto para ello, no había dado el paso hasta que hace un par de años consideré que era el momento adecuado», asegura el actor catalán. Entusiasmado ante la oportunidad de consumar tal deseo, se puso en contacto con Jean-François Prévand, al que conocía, y este le dio vía libre para afrontar su obra, acudiendo a la traducción que de esta hizo Mauro Armiño. Le resultaba fascinante dotar de vida un texto que retrata una suerte de «pugilismo ilustrado» a través de la recreación de una reunión que jamás tuvo lugar, si bien «Voltaire y Rousseau mantuvieron una intensísima relación epistolar». «El autor teje un ganchillo muy fino para inventarse un enfrentamiento que nunca existió a partir de la correspondencia de los dos», asegura Flotats. «De esta manera, se ofrece un lenguaje brillantísimo, de gente muy culta, y provisto de sentido del humor. Ellos hablan de todo, lo que nos permite asistir a un debate entre dos conceptos opuestos de sociedad pero igualmente honestos. Los dos creen firmemente en aquello que defienden. Y así, nos encontramos con un debate acerca de los fanatismos, las religiones, el teatro, la cultura, la educación, la pintura, la estética, la música….Es un diálogo filosófico porque habla de las preguntas esenciales del hombre, pero es abierto y accesible al público. Se sigue perfectamente y tiene tantas lecturas posibles como espectadores».
Desde luego, los dos personajes resultan apasionantes y la obra escarba precisamente en sus respectivas realidades y entidades. «Voltaire es quien dice que hay que mejorar la sociedad, que no todo es perfecto, que hay muchas cosas que no funcionan, que esta necesita de grandes reformas… Es pragmático e insiste en la idea de echar lo malo, preservar lo bueno e intentar ir mejorando. Cuanto más se civilice al hombre más armoniosa será la sociedad, insiste. Rousseau, por su parte, no cree en lo que ha hecho el hombre, lo ve todo malo y considera que hay que empezar de cero. Son dos hombres que en un contexto histórico muy concreto defienden la libertad de opinión, de culto, la separación de poderes, la igualdad entre los hombres y las mujeres… Son más progres que nadie». Desde luego, el pensamiento de los dos filósofos mantiene plena vigencia, lo que, sin duda alguna, motiva en el público una razón para la reflexión. «Hemos dado grandes pasos en algunos terrenos pero en otros hemos ido hacia atrás o, cuando menos, nos hemos estancado».
Josep Maria Flotats suele compatibilizar los oficios de actor y director en sus espectáculos. «Primero soy el Josep Maria Flotats que se enamora del texto y luego soy el Josep Maria Flotats que quiere ponerse al servicio del texto». A partir de ese momento indiscutiblemente afectivo e intimista, el artista catalán inicia un exhaustivo trabajo de caracterización. «Hay que tener muy claro el concepto del espectáculo y también su coreografía, es decir, la relación entre los personajes. Una vez que lo consigues, te incluyes como personaje. Finalmente, el motor de la obra son los actores. Una vez que tenemos los tiempos, los ritmos y toda la coreografía, nos movemos sobre unos raíles, aunque siempre con la facultad de enfrentarnos en cada función a algo nuevo». El intérprete catalán reconoce en el empeño actoral el sostén de la puesta en escena de ‘Voltaire / Rousseau’. «Se trata de una obra donde prima el diálogo. Tanto Pere Ponce como yo nos hemos documentado sobre los personajes para entrar dentro de ellos y servirlos lo mejor posible. La obra se basa en el trabajo del actor; en el trabajo de la verdad, la sinceridad… El teatro consiste en transmitir el sentimiento y la sensibilidad del poeta».