Cerca de mi casa hay un bar pequeño y tranquilo, con parroquianos cotidianos. El dueño tiene ese estilo leonés de pocas palabras y tono seco pero educado que no le impide intercambiar bromas con esos clientes habituales. Como yo soy nuevo en la plaza, al principio nos tratábamos con cierta corrección distante. Hasta que me fijé que en las paredes del bar hay un par de fotografías grandes de Astorga y una ellas es de la estatua gigante del caminante o emigrante, obra de Sendo. Le pregunté al dueño que si era de Astorga y me contestó con un lacónico «sí», entonces le señalé la foto del caminante y le dije que yo era amigo del autor de esa estatua, amigo de Sendo. La mención del nombre de Sendo tuvo un efecto inmediato: desde ese día, el dueño del bar me saluda como si ya fuera un cliente veterano y creo que hasta me pone tapa doble con el vino. «Esto tengo que contárselo a Sendo», pensé. Pero ya es demasiado tarde, Sendo también se ha ido de viaje, de ese viaje del que no se vuelve, y no le he podido contar que su nombre tiene poderes balsámicos. No es de extrañar, porque nunca he conocido a un tipo tan acogedor y apacible. Un observador de mirada siempre inquieta, de mano incansable y, al mismo tiempo, sereno, pausado: Sendo era el artista tranquilo.
PS: Sendo hizo una exposición de bodegones con maletas viejas y libros usados. En el lomo de algunos de esos libros incluyó como autores a varios amigos, a modo de homenaje y demostración de cariño. A mí me tocó compartir cuadro nada menos que con Luis Mateo Díez, Antonio Colinas, José Saramago y El Bosco. ¡Qué alto me colocaste, Sendín! Te debo otra.Añadir La Nueva Crónica como fuente preferida de Google de forma gratuita
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