No lejos, en el aparcamiento de Santa Nonia, frontera con la calle del mismo nombre, existe otra muestra de esa arquitectura perfectamente adaptada al medio y a la función que debe cumplir. Sin alardes de ningún tipo, se trata de una caseta con una puerta y una ventana en la que se pagan los aparcamientos que acoge el amplio solar situado entre la Biblioteca y Correos. Un poco mayor que el anterior, con un tejadillo en el lateral, no produce esa sensación de tiempo congelado, quizá porque está más recogida y solo es el minúsculo apéndice de una institución oficial que maneja mucho menos dinero que la multinacional Cepsa. Ambas son de algún modo la prolongación y dan continuidad a otros espacios hoy olvidados, como aquellos desde los que se cobraba el pontazgo a la entrada de la ciudad en los puentes de San Marcos o el de Puente de Castro, que el tiempo se encargó de borrar; las garitas de los guardagujas o las de los cuarteles donde los reclutas montaban guardia preguntándose si no habrían acertado declarándose objetores de conciencia. Sin olvidar en este recuento las casetas de información del Ayuntamiento en Independencia y Plaza de Santo Domingo, las cabinas de los vendedores de la Once o los quioscos de prensa de los que aún quedan ejemplos en la ciudad, aunque contados.
Humilde arquitectura sin nombre, ni escuelas, producto de la necesidad, ratoneras donde el tiempo pasa lento, sumiendo a sus ocupantes en tristes cavilaciones. Sin embargo, los usos cambiantes de una sociedad que tiende a invertir en las soluciones menos costosas para ella, a planificar ciudades–colmena, en las que se superponen habitáculos sin alma que hacen desear, por la creciente masificación, a pesar de todo, ser parte, ocupar uno de esos característicos cubículos aislados como islotes en el mar.
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