La magia de lo rural

Vanesa Díez encierra la pasión por las historias, el placer de la palabra llevada a los más pequeños con la intención de alentarles la llama de la curiosidad, el amor por los cuentos, las tradiciones y los libros

Mercedes G. Rojo
08/10/2019
 Actualizado a 08/10/2019
Detalle de la ilustración para la portada de 'Un lobo no tan feroz'.
Detalle de la ilustración para la portada de 'Un lobo no tan feroz'.
«Soy maestra. Soy leonesa. Amo la palabra...» (Vanesa Díez.Escritora).

Así comenzaba Vanesa Díez Rodríguez (León, 1975) la justificación de su participación en la antología que, este año, 33 mujeres amantes de las letras dedicábamos a Josefina Rodríguez, más conocida como Josefina Aldecoa, y que, como hoy lo hace ella, dedicó su vida a la docencia y a la literatura. Comienzo así su semblanza porque Vanesa encierra la pasión por las historias, el placer de la palabra llevada a los más pequeños con la intención de alentarles la llama de la curiosidad, del amor por los cuentos, las tradiciones y los libros que las custodian para que no se pierdan al tiempo que crecen y se multiplican cada vez que un pequeñuelo, o un adulto que le sirve de transmisor, abre sus páginas.

En esa misma presentación a la que aludo, esta incansable mujer –que ejerce por decisión propia su magisterio en una escuela rural– dice guiñar un ojo, con su historia, tanto a Josefina Aldecoa como «a toda la saga de maestras que llenaron las aulas de luz en momentos oscuros. A ellas y a todas las que aún lo hacen».  Y cuando una la conoce, se acerca a su forma de trabajar y descubre en sus libros las huellas que va dejándonos, es fácil darse cuenta que también ella pertenece a ese grupo de mujeres que iluminan las aulas y la vida de quienes pasan por las mismas.

La proyección literaria de Vanesa Díez, que no su inquietud –que la acompaña desde su más tierna infancia–, nos llega desde su retorno a tierras leonesas. Tras ejercer varios años como maestra en tierras andaluzas, cuando en 2011 vuelve a su amada tierra, decide instalarse doblemente en el medio rural; doblemente porque elige para vivir Villalfeide, un pequeño pueblo de la Montaña Central, y también porque decide que su futuro como maestra pasa por ser maestra de pueblo, ejerciendo actualmente en Matallana de Torío. Es tras esa decisión, quizá contagiada por la literatura que se respira  en cada rincón de León, alimentada desde la tradición de filandones, hilorios, veladas, calechos, presentes desde antiguo en nuestras tierras; tal vez por la profunda creencia de que entre maestros y maestras, siempre con menores a su alrededor, el cuento es o debería ser el medio de comunicación más natural y efectivo, que comienza a regalarnos editorialmente sus propias historias, historias en las que a menudo se encarga de recuperar tradiciones leonesas como la de los «antruejos de Villalfeide» o historias creadas en torno a personajes que se están perdiendo como «la vieja del monte», y que entrelaza con otros elementos de la tradición oral como retahílas, refranes, adivinanzas e incluso recetas tradicionales, sin olvidar muchos elementos de la naturaleza que nos rodea y que a veces tanto castigamos. Son historias contadas de tal manera que hasta los más pequeños pueden tener acceso a ellas, aunque sea  a través de los adultos que les rodean, como siempre pasó con las cosas de la tradición oral. Y es que es de las que piensan que esa a veces mal llamada «literatura infantil» o para niños, si está bien escrita, deberíamos ser  los adultos los primeros en disfrutarla.

Como apasionada del mundo rural, en un momento en el que tanto se está hablando de la España vaciada, Vanesa Díez no solo es una acérrima defensora del mismo, también es de esas personas que ha optado por plantarle cara a ese acoso «al que se nos está sometiendo. Intentos constantes de  desarraigarnos, de alejarnos y, sobre todo, de hacernos sentir tan pequeñitos, tan miserables, que no tengamos valor para alzar la voz y quejarnos. Pero no somos pequeñitos: somos inmensos y fuertes y lo que ‘ellos’ están aniquilando, nosotros lo vamos levantando, y lo seguiremos haciendo, les parezca bien o mal. Palabrita de maestra de pueblo». De maestra de pueblo y de cuentista, porque Vanesa Díez recorre incansablemente llevando sus cuentos, sus historias, contadas con una tremenda pasión con la que trata de contagiar a grandes y chicos, a los lugares más recónditos de nuestra geografía rural, devolviéndoles  así un poquito de lo que estos le prestan para las mismas: personajes que forman parte de nuestro más profundo acervo cultural; el amor por los árboles, por los animales, por el paisaje…; como una forma de mantenerlos vivos en la memoria y en la vida. Sus historias sirven «para despertar curiosidad, para refrescar recuerdos, para calmar añoranzas de los que viven fuera...»;  son historias que nos remiten a lugares donde sus habitantes son capaces de solventar sus diferencias con armonía; son «un homenaje a la naturaleza de nuestro entorno y, a la vez, a esas figuras que existen en cada familia que tienen el don de aglutinar a todo el mundo a su alrededor y transmitirles serenidad y alegría». Historias, la mayoría, que nos ofrece en un tándem perfecto  con la ilustradora Noelia García Hernández. Historias para descubrir si aún no lo hemos hecho.
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