De una vida intensa, azarosa, como la de esa reina y la de muchos personajes históricos, al fin solo permanece en la memoria, para la mayoría de la gente, una anécdota, una frase, un objeto que queda indisolublemente unido a sus nombres. La reina Urraca y el cáliz que lleva su nombre, que custodia el museo de San Isidoro en una de sus salas, son una muestra de nuestro afán simplificador y reduccionista que contribuye a darnos una pátina de cultura enlatada y prefabricada, y que alimentaría toda clase de especulaciones como la de que esta copa es el auténtico Grial tras pasar por muchas manos.
En una guía de las poblaciones de España, regalo de los laboratorios Wassermann, editada en 1951, y encontrada en la librería de viejo Pessoa, hoy desaparecida como tantas otras, se dice al enumerar escuetamente algunos tesoros de la ciudad: «La Colegiata, en la cual se hallan objetos inestimables: un cáliz de ónix, bordados, etc.» En este caso ni siquiera se hace referencia a la reina leonesa, pero se destaca un objeto que llevaría a los lectores de la guía –imaginamos que principalmente farmacéuticos y médicos, personas que podrían permitirse el capricho de viajar– cuando se acercaran por la Colegiata de San Isidoro, atraídos por el reclamo, a descubrir la historia de ese cáliz ricamente adornado con esmeraldas, zafiros y perlas, en el que asoma una misteriosa cabeza de pasta vidriada que parece sonreír y burlarse de nosotros, y relacionarlo con el nombre de doña Urraca, y cerrar así el círculo de asociaciones inevitables que nos condiciona.
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