El castellano está cuajado de expresiones que nos sirven cotidianamente para referirnos con brevedad y concisión a una realidad, una idea o una situación. Hablar chino, estar a la cuarta pregunta, pintar la ocasión calva, buscar tres pies al gato, existir más días que longanizas… Todas las lenguas hacen uso de este recurso, que parece consustancial al propio idioma, y en todas resulta bien difícil dar con el origen de muchas de estas expresiones. Entre otras razones por una que parece simple: han nacido en un contexto que, con el tiempo, ha cambiado completamente hasta el punto de hacerlo, en algunos casos, irreconocible. Es, salvando las distancias, lo mismo que ocurre cuando se aborda la lectura de las comedias de Aristófanes, tarea cuasi imposible sin una edición anotada. En español, todos cuantos en algún momento han sentido interés por el origen de estas expresiones han terminado acudiendo a estudios como el de José María Iribarren y a su libro ‘El porqué de los dichos’ donde se intenta dar respuesta, con mayor o menor éxito, a esos tan particulares como usuales enigmas lingüísticos. Es muy probable que Julio Llamazares empezara buceando en ese libro las razones por las cuales algunas de esas expresiones aludían específicamente a lugares que, aparentemente, parecían imaginarios, irreales o, en el mejor de los casos, imprecisos. Pero no: la España imaginaria existía. Así fue como hace algo más una década encontró pretexto para emprender un nuevo viaje (el escritor siempre siguiendo a alguien: el Cid, el Quijote…) que se plasmó en una serie de textos publicados en el periódico La Vanguardia y a los que acompañaban las fotografías de otro gran viajero: José Manuel Navia. La editorial Nórdica los ha reunido ahora en un volumen, titulado ‘Atlas de la España imaginaria’ que a esos textos y fotografías añade unas deliciosas y sugerentes ilustraciones de David de las Heras. El conjunto, prologado por Pedro García Martín, es un recorrido por la geografía española en busca de la comarca leonesa de Babia; la paz de Las Batuecas salmantinas; los olivares que tapizan los cerros de Úbeda, en Jaén; las madrileñas Pinto y Valdemoro; la ínsula Barataria cervantina (en Alcalá del Ebro, Zaragoza), y los pueblos de Jauja y Fuenteovejuna, ambos en Córdoba. Los textos, de una brevedad condicionada al destino inicial para el que se escribieron, le ofrecen al lector una prosa elegante y pulida, por la que desfilan anécdotas, personajes definidos en una línea o caracterizados por una sola frase, pensamientos personales y numerosas y variadas referencias literarias. Y en la que gentes y lugares, incluso los menos afortunados, son tratados con una cercanía y un cariño irreprochables, aunque algunos de ellos no hayan sido precisamente, en palabras del autor, "bendecidos por la historia" (pero sí confirmados por la lengua…).Toda una delicia poder asomarse a este viaje que conjuga el pasado y el presente. Que es real, literario y hasta lingüístico.