Entonces León era una ciudad de pequeños comercios, con clientes habituales, fieles y previsibles, unas rutinas de compra y espacios urbanos definidos para los diferentes tipos de establecimientos. No fue hasta los años noventa cuando esa relación, en la que dominaba una especie de confianza mutua entre vendedor y comprador, por la que ambos respondían a rutinas consensuadas y según las cuales todo seguía un curso natural y pautado, se rompió y trajo consigo otras reglas, una nueva dinámica que transformó los hábitos de sus ciudadanos. Entonces, en los noventa, aparecieron las grandes superficies – Continente, Leclerc – , su nueva disposición de las mercancías – esa ilusión de un abastecimiento inagotable y garantizado –, la promoción de las mismas, las nuevas relaciones de compra en la que desaparecía el vendedor obsequioso o amigable y se podía acceder directamente a lo que se buscaba sin necesidad de intermediarios. Del estand directamente a la caja sin tener que intercambiar ni una sola palabra: el nuevo ritual del silencio acompañado solo por las voces que reclamaban la presencia de algún empleado en determinada sección.
Allí, en una de las fronteras de La Chantría, en el año de 1994, abría El Corte Inglés, la consumación de todos los horrores para el pequeño comercio. Una gran caja de superficies lisas envolviéndola, diseñada para ocultar cuanto ocurre en su interior, rompiendo con esa tradición del escaparate que permite hacerse una idea de qué nos espera una vez dentro. Una «jaima» especial, que guarda en su interior toda clase de sorpresas, de incitaciones a consumir; aunque no nos sintamos obligados a hacerlo – algo que solía ocurrir en las tiendas del viejo comercio – también aquí acabamos rindiéndonos, terminamos adquiriendo algún producto-talismán que traiga consigo la felicidad, como el inesperado dulce del relato de Torices una sensación de ansiada plenitud: «Era un pequeño dulce circular, ligeramente abultado y brillante por el centro, un dulce como los que hacían en mi casa, hace muchos años».
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