Nada que ver con los singulares personajes que transitan por la estación de la película de Scorsese, ‘La invención de Hugo’, en el París de principios del siglo XX. Hugo, un huérfano soñador y solitario, es el niño que debe cuidar el reloj de la estación, donde se desarrolla principalmente la acción, mientras intenta reconstruir un autómata, que es el único vínculo que le une a su padre y su pasado. Un reloj animado por una maquinaria compuesta por incontables mecanismos que ocupan toda una torre y crean una atmósfera agobiante. Al final de la torre, desde donde se domina la ciudad de París, el reloj. En realidad nos parecemos a Hugo, nos movemos entre una compleja maquinaria que se proyecta en el infinito como las composiciones de Piranesi, aunque no la veamos realmente, la presentimos, asoma en alguno de nuestros sueños bajo apariencias engañosas y nos llena de angustia.
La antigua estación de León tenía dos relojes, uno el de la fachada del exterior, que indicaba al que entraba si disponía de tiempo o debía apresurarse, y otro en el interior, en el primer andén, para saber si el tren que esperábamos llegaba puntual o con retraso. Ignoro cómo funcionaban esos dos relojes y quién se encargaba de su puesta a punto. León, cuando se construyó la estación en 1863, apenas contaba con relojes en la vía pública que permitieran saber en qué hora se movían quienes carecían de uno de cadena. Era necesario preguntar o entrar en un café para orientarse. Sin relojes quizá se vivía mejor, en un estado de gracia que nos igualaba a nuestros remotos antepasados que, como las plantas, se guiaban gracias al movimiento del sol, y contaban con un margen suficiente para hacer lo que querían y no lo que con el paso del tiempo se verían obligados a hacer. La ciudad sin relojes como una Arcadia en la que nada nos determina.
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