La leyenda del topo de la Catedral de Santa María de Regla hubiera encantado a Kafka de conocerla. La imagen de ese topo gigante abriéndose paso desde su segura madriguera hasta las obras en medio de la oscuridad y derribando con sus afiladas garras, ayudándose quizá del hocico, los muros de un templo en el remoto confín de la Edad Media, esconde algo de onírico, de amenaza solapada contra nuestra integridad mental. Esa obstinada lucha, protagonizada por un animal de sospechosos hábitos nocturnos, contra el afán de un pueblo de erigir una Catedral que glorifique el nombre de Dios, debía tener para los interesados un componente diabólico. La muerte del topo ponía aparentemente fin a la pesadilla, a una búsqueda inmerecida de notoriedad tan solo destruyendo.
Sin embargo, los males de la Catedral no se debían a una criatura producto de la fantasía como las imaginadas por Kafka, sino a una cimentación deficiente, sobre unas antiguas termas romanas, a la mala calidad del material empleado, el de unas piedras porosas que sometidas a las inclemencias –agua, frío y hielo– harían de aquel proyecto una construcción amenazada de ruina a lo largo de toda su historia, una vez levantada. A pesar de su estado alarmante de deterioro, la Catedral recibió la declaración de Monumento Nacional en 1849. Desde entonces diversos proyectos de restauración se sucedieron hasta principios del siglo XX, que buscarían remediar los defectos de la planificación inicial y que supondrán en algunos casos la interrupción del culto. Algunas fotografías de las obras llevadas entonces a cabo, que muestran a una Catedral irreconocible, invadida de andamios, nos parecen la entrada a una de esas galerías, convenientemente reforzada, de la madriguera que imaginó Kafka, por las que intentaríamos escapar de un enemigo que no vemos y tan solo intuimos.
Añadir La Nueva Crónica como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.