Más de media vida entre fotografías y multitud de exposiciones en diferentes espacios y galerías no desligan al fotógrafo leonés José Ramón Vega del apellido ‘aficionado’. Él mismo lo abandera. «Los profesionales son los que se ganan la vida con la fotografía y aquí en León los tenemos muy buenos», dice: «Yo siempre la he asociado a espacios de relax y de ocio». Quizá sea por eso que sus imágenes destilen cierta pausa austera y elegante. Quizá sea eso lo que produzca la calma en el gesto de Leopoldo María Panero, que, puño en alto, conversa con el espectador a través de su mirada. O lo que hace que del cigarro de Gamoneda se desprenda una humareda invisible que, sin embargo, se puede intuir. O lo que desvela el movimiento de la mecedora sobre la que se sienta Sharon Olds a pesar de permanecer estática.
Son sólo algunas de las personalidades capturadas por Vega, para el que toda foto es un retrato. Los que hasta el 16 de febrero se podrán disfrutar en la galería leonesa Ármaga –eso sí– son algo diferentes. «Yo me fijo mucho, aparte de en la gente y en la persona, en las pequeñas cosas», refleja: «Igual intento cargarle un poco de poética, pero me gusta mucho fotografiar cosas que son evidentes, que están constantemente a nuestro lado y en las que pocas veces se repara». No hace falta más que «un punto de luz» o una «iluminación especial» aparecidos en el momento idóneo para convertir a esas «pequeñas cosas» en el objeto de un retrato.
Una silla, un sifón o un conjunto de frutas son algunos de los protagonistas de la exposición ‘La belleza’. Elementos todos ellos que, «cuando aíslas de su contexto, pueden adquirir otro significado», dotándose entonces de esa cualidad que titula la muestra; una que tienen como eje central las portadas de los ejemplares de la colección ‘De la belleza’ de Eolas Ediciones, ideada por Héctor Escobar y coordinada por Gustavo Martín Garzo. Treinta de las treinta y tres cubiertas de las publicaciones enmarcadas en la citada colección pueden verse desde el sábado 24 de enero en el espacio de la capital provincial.

«Me gustan mucho las colaboraciones entre palabra e imagen», confiesa, haciendo mención de la propuesta expositiva ‘Ciertos deslumbramientos’ que, compaginando sus fotografías con los textos de Tomás Sánchez Santiago, pudo verse el año pasado en el Museo de León. En aquella ocasión, buena parte de los textos ponían palabras a las imágenes; esta vez, es la fotografía la que pone imagen a las palabras. «Tras leer y revisar el texto, empiezo a buscar alguna fotografía que respire en la misma frecuencia que el texto que me pasan y que no sea demasiado evidente; que tenga algo de originalidad», relata el leonés, que no entiende la cubierta como una reiteración de la historia escondida entre las páginas, sino más bien como un complemento que aporta información adicional sobre la misma. «Es un complemento, pero primero, para mí, es un reto», considera: «Es un reto encontrar una imagen que se ajuste al ensayo en cuestión y que le guste después al editor y al autor».
El consenso no ha sido tan complicado en las treinta y tres ocasiones que Vega ha puesto cara a los volúmenes editados por Eolas. Todos ellos tienen por carta de presentación una imagen que, capturada por el leonés, muestra al mismo tiempo su personal percepción sobre la obra, dejando a un lado sus comienzos analógicos para prestarse de lleno a la fotografía digital. «No es una cosa que me importe mucho; lo importante es el resultado más que el proceso», revela, aunque ya no. Y ese acto es el que echa de menos. «Aquello tenía un componente mágico porque la imagen estaba en un modo latente en la película y no se veía hasta que la revelabas, hasta que la metías en los químicos», señala un fotógrago que, aun con el pretérito en la boca, no ha dado la espalda del todo al romanticismo analógico.

De su resultado destaca, sobre todo, «el grano que ahora llamamos píxel». «El grano tenía una belleza intrínseca; de hecho, muchas veces lo buscábamos y revelábamos las cubetas de película a temperaturas altas para potenciar ese efecto», apunta: «En blanco y negro, yo creo que todavía lo que se hace en película sigue teniendo estéticamente más cualidades que el proceso digital, pero ha avanzado tantoque ya no sabes distinguir lo que está hecho en película de lo que está hecho digitalmente».
Aun con ese grano ya bien molido, las fotografías de Vega no están exentas de belleza. Con ellas desentraña al mismo tiempo la de la escritura, la lectura, la infancia, la materia, la ausencia... Hasta la belleza de los locos y la de llevar un niño en brazos. A todas ellas las mira diferente el leonés a través de una cámara. «Cuando miras a través de la cámara ya hay una intencionalidad y la primera intención es aislar un cuadro, un rectángulo de todo lo que hay alrededor», termina por decir: «Ya vas con la intención de darle protagonismo a esa parte de la realidad que has seleccionado en el visor de tu cámara».
Desde la suya, la belleza se percibe con muchas formas diferentes. Y, aunque a través del visor no vea Vega que todo es susceptible de ser bello, sí se esfuerza en encontrar aquellas beldades que, para ojos acostumbrados, permanecen sumergidas en la cotidianidad.