Itinerario de la desolación

José Ignacio García escribe sobre la novela de Marc Colell, 'Las crines'

José Ignacio García
14/03/2026
 Actualizado a 14/03/2026
El autor de la novela ‘Las crines’, Marc Colell. | EDICIONES SIRUELA
El autor de la novela ‘Las crines’, Marc Colell. | EDICIONES SIRUELA

Nunca he explicado, creo, qué me mueve a leer ciertos libros, a descubrir o refrendar autores. Sí es cierto que, en general, siento una especie de llamada (eso sí que lo he confesado alguna vez), una atracción irrefrenable que me hace detener mi atención, posar mi mirada en esos premios gordos, en esas agujas en el pajar. Porque reparar en un libro que atesore auténtica calidad literaria, más que un acto de fe (o además), es pura lotería.

Reconozco que a veces, más que una revelación, recibo un chivatazo; alguien –otro crítico, un autor, un editor, un lector versado– me sugiere que ponga mi atención en algún libro concreto. Otras veces, suena la flauta, y entre los innumerables libros que recibo al cabo del año encuentro un filón, como los buscadores de oro de antaño. Pero, en general, y no sé por qué, son los libros –o los autores– los que me hechizan directamente. Unas veces lo hacen de cerca, desde los estantes de una librería, generalmente agazapados como conejillos asustados entre otros libros, y otras lo consiguen a distancia, a través de Facebook o de algún ‘reel’ de Instagram, provocándome, incluso, visiones obsesivas y sudorosas pesadillas.

De esta manera, a través de redes sociales, supe de la existencia de una novela que se titulaba ‘Reino vegetal’. Eso fue hará dos o tres años. No conocía a su autor –su nombre me sonaba a catalán o balear– pero despertó mi curiosidad la aparente sencillez y limpieza de su portada. Esa misma sensación me alfilereó el año pasado, cuando supe de la aparición de un libro de relatos titulado ‘El bozal’, con el añadido de que apenas hace unos meses lo descubrí entre la nómina de candidatos al premio Setenil, el más prestigioso de su categoría que se convoca en nuestro país. Sin embargo, seguramente porque se producen riadas de publicaciones diarias, me dejé llevar por otras propuestas editoriales y me olvidé de buscar esos libros.

Pero estaba de mano del destino que terminara topándome con Marc Colell, o al menos (y por ahora) con una de sus obras. Y así ha llegado hasta mí su más reciente novela, ‘Las crines’, condecorada con el último premio ‘Café Gijón’, que es uno de esos galardones que no me dejan inmediatamente con el mosqueo del pucherazo o del amaño detrás de la oreja. Y menos si en ese jurado hay escritores de la talla de Pilar Adón, de Ricardo Menéndez Salmón o de Marcos Giralt Torrente y lo preside Mercedes Monmany, una de mis críticas de cabecera, que es maestra y referencia, y a la que profeso honda devoción desde que actué como telonero suyo y del insigne Santos Sanz Villanueva allá por mis albores como prescriptor, cuando empezaba a bruñir escalpelos y bisturís y diseccionaba mis primeros libros, con una imprecisión de forense aquejado de párkinson o de entomólogo bisoño y amontonado.

Pero a lo que vamos, que me disperso más que algunos sacerdotes en sus homilías. Hoy quiero hablar de la literatura de Marc Colell, de la desconcertante y desasosegante y diferente e inesperada literatura de Marc Colell. Y entono el mea culpa, antes de nada, porque me había hecho una idea preconcebida (y absolutamente errónea) sobre la manera de escribir del autor -ahora lo sé- barcelonés. Quizás por comentarios que había leído o porque sus obras hayan poblado algunos de mis quebradizos sueños, intuía o quería suponer que su prosa era absolutamente lírica, una especie de poema continuo, de una delicadeza sutil y aterciopelada, y casi tan onírica como mis pesadillas nocturnas.

Portada e 'Las crines'.
Portada de 'Las crines'.

Mas nada de eso tiene algo que ver con la narrativa, poderosísimamente precisa y sin concesiones a la ornamentación prescindible, que me he encontrado en ‘Las crines’. Quizás porque las espartanas portadas de sus libros sean espejo donde se refleja su depurado estilo.

Hay poesía, a raudales, en la novela, sí, pero es una poesía que surge de la cadencia, del ritmo, de la musicalidad de las frases encadenadas como una salmodia solidificada con planchas de acero soldadas entre sí y cauterizadas con finales de párrafo o de capítulo esmeriladas y sin aristas. La prosa de Colell, amén de frenéticamente sincopada, es pródiga en descripciones, en enumeraciones, en transmitir sentimientos y emociones que muchas veces, lejos de buscar la felicidad, contagian al lector un estado de crispación que no es accidental o casual, sino provocado por la intención argumental e introspectiva del autor en su itinerario hacia la búsqueda de un escenario desolador.

Y es que la novela detalla, a través de un constante recurso epistolar y de diálogos con sabor pampero, la historia de una huida, la del propio protagonista, que se desplaza desde Cataluña a una quinta argentina, buscando en la inmensidad de las llanuras gauchas un cambio de aires (o acaso su propia identidad) con una llave prestada en el bolsillo. A partir de ahí, con determinación y exactitud de relojero suizo, Marc Colell se adentra en la geografía íntima de un personaje atormentado por sus indecisiones, por sus dudas existenciales, por su deriva personal, un personaje «que se caracteriza por ser poco característico». Y son entonces la soledad y el silencio quienes se convierten en sus cómplices existenciales, por más que haya protagonistas secundarios de personalidades muy marcadas, que potencian el cruento devenir de la trama.

El oscurantismo y la oscuridad, con los matices que los distinguen, juegan también un lugar importante en una novela salpicada de otros muchos matices, de luces y sombras, de miedos y tinieblas, de emociones lacerantes que, de tan cercanas, como el olor envolvente de un asado, impregnan una atmósfera única y especial que en unas ocasiones enternece al lector y en otras lo desazona, como cuando llega la hora de enfrentarse a la muerte, de una persona o de un caballo despedazado por una jauría de perros hambrientos, y no queda otra salida que encender un cigarrillo, comerse una manzana o agarrarse una buena toña y echarse a dormir.

Y, claro está, por añadidura domina cada página el poder absoluto de las palabras, que pretenden mejorar el mundo con una vocación quizás tan redentora como estética.

Uno intuye que, como Borges negó en París una subvención a un aspirante a escritor que quería viajar a Nueva York para ambientar en la ciudad de los rascacielos una novela y le aconsejó que empleara la imaginación para escribir (entonces, que no existían Google ni ChapGPT), Marc Colell sí que conoce la parla típica y los paisajes que describe, ha aspirado sus aromas, ha convivido con sus bichos, ha escuchado sus fragorosos silencios o ha contemplado sus amaneceres o sus ocasos, y por eso nos los transmite con una pericia visual de camarógrafo.

He disfrutado mucho leyendo estas crines desmelenadas, y para celebrar el descubrimiento, en honor a su autor y a los bifes de chorizo argentinos, me voy a zampar un chuletón de vaca vieja a la parrilla. Poco hecho, eso sí; porque a la buena carne, como a la literatura más excelsa, me gusta sacarle todo su jugo antes de que se consuma sobre las brasas de la desolación.

Archivado en
Lo más leído