Los Inolvidables: ‘La Rusa’ que hacía sopas

La Rusa de Brimeda, así llamaban a esta generosa mujer que llegó a este pequeño pueblo leonés de la mano de su marido, un capitán de navío del Ejército, anticomunista, al que conoció en Polonia y «nos enamoramos»

03/05/2026
 Actualizado a 03/05/2026
La rusa Lidia Kowalska, en una imagen del año 2018, a la puerta de su casa maragata en la localidad de Brimeda. | LAURA PASTORIZA
La rusa Lidia Kowalska, en una imagen del año 2018, a la puerta de su casa maragata en la localidad de Brimeda. | LAURA PASTORIZA

Las chillonas puertas azules, portones más bien, de una casa maragata de Brimeda eran la puerta de acceso a una historia con tintes mágicos y contada además en un idioma inexistente, pues hay mucho practicante del spanglish, pero no es fácil que los haya del spanruso, «por razones obvias», decía con gracia quien lo cultivaba, Lidia Kowalska, una rusa afincada en la pequeña localidad leonesa de Brimeda, cerca de Astorga

Ella era consciente de la rareza de ese «por razones obvias», conociendo las décadas de malditismo de lo soviético, y por ello mostraba siempre un viejo reportaje de Polo Fuertes en La Crónica de León con un significativo titular:«Una rusa en Astorga», que, añadía, «cuando me lo explicó mi marido me daba la impresión de que mi presencia en Astorga era tan llamativa como si un oso polar caminara por las cercanías del Palacio Episcopal:un oso polar en Astorga».

Era su humor ruso. Añadía el reportaje que la razón de esa exótica presencia solo tenía un nombre:«Por amor»;y lo explicaba orgullosa y siempre con un punto de emoción:«Una historia de amor entre un radical anticomunista, el capitán de navío del ejercito nacional, José Ortiz de la Fuente, y una rusa, yo, que y había vivido en Leningrado y Varsovia, donde había disfrutado de una independencia impensable en España, en León y no te cuento en Brimeda... pero merecía la pena y mucho». 

El capitán y la rusa se habían conocido en Polonia, país natal del primer marido de Lidia, «y nos enamoramos de tal manera que no dudé en acompañarlo, primer a la Sierra de Madrid y después a esta casa de Brimeda, a la que en principio veníamos en verano y finalmente nos quedamos».

Cuando Lidia se quedó sola, en una casa tan grande, decidió abrir sus puertas, fundamentalmente como «mecenas» de artistas de todo tipo, que en la paz maragata de la casa y el pueblo escribían, pintaban, leían... «y yo, a las nueve de la noche, siempre les hacía unas sopas, que se me daba muy bien, no parecía rusa cocinando».

Hace un par de años que se fue, en silencio, dejando huérfanos a muchos artistas y una bella historia de amor. 

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