El muchacho corre, se aleja de su vida, de su familia, de sus incipientes fracasos, del correccional en el que ya está recluido. El paisaje borroso del fondo se va volviendo poético: madreselvas agarradas a los troncos de árboles con invernales ramas sin hojas, negros arroyuelos, la perspectiva de una acequia, un puente de barandillas blancas, un pozo mal tapado, una mansión solitaria, praderas, ganado estático que pace, vallados medio caídos y alguna señal de tráfico tumbada, tendales con ropa secándose al sol gris de las películas sin colores… Un mundo que parece súbitamente abandonado o a punto de ser habitado.
Únicamente se escucha el sonido ambiente: su respiración y sus pisadas y el canto de los pájaros. Termina en la playa. Corre hacia el mar, hacia una ola. Dos grúas y dos barcos quietos y la franja de agua hasta el horizonte. Empieza a dar pasos más cortos por cansancio y por la impresión de ver la inmensidad por vez primera y, en los momentos finales, Truffaut hace una cosa rara e imprevista: el chiquillo se vuelve hacia la cámara y se congela la imagen mientras nos mira tras un rápido zoom de acercamiento al rostro del aún niño Antoine Doinel, que queda paralizado en nuestras retinas.El director nos dice en el último segundo del film que la carrera, la huida, el paisaje, la horizontal del mar, siguen siendo un retrato, el fondo para una figura que no posa sino que escapa y que persigue un sueño; un retrato que nos interpela al fin, como lo hace nuestro reflejo en el espejo. La cara del niño está vacía, ha visto el mar y no sabe nada, queda fijamente esperando algo de nosotros. Es una secuencia de una gran belleza que está anidada, como tantas veces la belleza, de incertidumbre.
Me ha venido a la mente esta mítica secuencia ahora que se anuncia otra vez la vuelta a la normalidad. Seguimos corriendo también nosotros hacia ella como el niño Antoine Doinel hacia la playa, huyendo y buscando al mismo tiempo, queriendo evitar reeditar los errores pasados, escapando hacia adelante, mirándonos directamente a nosotros mismos en el último instante, esperando una respuesta con el rostro de la incertidumbre.