Hasta que un día el cuerpo dijo basta

El artista José Antonio Santocildes y la escritora Nuria Crespo nos sorprenden con esta danza mágica que surge entre el dibujo y el texto, entre los trazos y las palabras, para que todos podamos disfrutar cada semana de esta peculiar colaboración

Nuria Crespo
José Antonio Santocildes
03/05/2026
 Actualizado a 03/05/2026
Hasta que un día el cuerpo dijo basta.
Hasta que un día el cuerpo dijo basta.

Ella no suele anunciarse con estruendo ni tampoco pide permiso. Ella, a veces, se cuela silenciosa entre las páginas de nuestra vida bajo la máscara del cansancio. Otras, se hace acompañar de pequeñas molestias que postergamos. En ocasiones, se oculta tras pensamientos que avisan de que algo no está bien, pero que obviamos una y otra vez. Ella llega, un día cualquiera, sin esperarla. Ese día en el que ella deja de ser una sospecha lejana para convertirse en una palabra concreta. Una palabra pesada, afilada, imposible de ignorar. Ella se revela tras un doloroso diagnóstico. Ella marca un antes y un después. La vida antes de la enfermedad y la vida después de ella.

Hasta ese temido día, la vida suele avanzar con una ligereza casi inconsciente. Nos levantamos, hacemos planes, nos quejamos, postergamos lo importante y nos volvemos a quejar. Hasta ese día el cuerpo funciona, responde y sostiene. Y en esa aparente calma solemos olvidar que habitar un cuerpo sano es, en sí mismo, un privilegio del que no todo el mundo puede disfrutar. No lo celebramos. No lo miramos. No lo agradecemos. Simplemente está. Simplemente funciona. Simplemente lo damos por hecho. Y ese es el primer error.

Pero después de ese día, el tiempo se siente distinto. Pesa y se espesa tanto que casi se puede tocar. De repente, lo cotidiano deja de ser automático y se convierte en una conquista. De pronto, el cuerpo, antes un aliado silencioso, se convierte en un territorio incierto e inhóspito. Porque ahora duele. Ahora falla. Ahora traiciona. Y la mente se sumerge en una espesa niebla intentando comprender y asimilar, explotando en cientos de preguntas sin respuesta y en miedos que aún no sabe cómo gestionar.

Entonces nace un duelo. Un duelo por la vida antes de ese inesperado diagnóstico. Por la persona que uno solía ser. Por la despreocupación perdida. Porque la enfermedad no solo afecta al cuerpo; reconfigura la identidad y altera la forma en que una persona se mira a sí misma, a su entorno y al mundo. Porque hay un momento en el que se entiende que ya no se volverá a ser exactamente el mismo. Y eso, aunque no se diga en voz alta, duele en lo más profundo del alma.

Sin embargo, en medio de toda esta fragilidad, suele surgir una lucidez nueva: la de comprender qué importa de veras. Porque la enfermedad, con toda su crudeza, tiene la capacidad de poner al desnudo lo esencial, obligándonos a detenernos cuando no queríamos parar. Nos enfrenta a nuestras prioridades reales, mostrándonos cuánto tiempo hemos vivido en automático, posponiendo aquello que nos hacía bien, ignorando una y otra vez lo que el cuerpo nos pedía, lo que el cuerpo necesitaba, lo que el cuerpo gritaba, una y otra vez.

Porque el cuerpo siempre habla. Siempre. Primero en susurros apenas perceptibles. Pero vivimos deprisa, siempre mirando hacia fuera, como si fuéramos a heredar el mundo, como si nuestro futuro en esta carcasa biológica fuera eterno. Y así, día a día, dejamos de escuchar, desconectándonos de nosotros mismos, tanto que no sabríamos responder quiénes somos en realidad. Hasta que el cuerpo, cansado de no ser escuchado, de no ser atendido, eleva la voz. Y entonces el susurro deja paso al grito.

La enfermedad nos recuerda, a veces cruelmente, que no somos invencibles. Nos recuerda que el tiempo es finito. Que la salud no está garantizada y que cuidar de uno mismo no debería ser una opción secundaria, sino una necesidad fundamental en la que trabajar a diario.

Sin embargo, hay algo profundamente humano en todo esto. De un modo u otro, la enfermedad nos alcanza a todos. Experimentándola en nuestro propio cuerpo o en el de alguien querido. Nadie está exento ni completamente a salvo. En ese reconocimiento compartido hay también una posibilidad de encuentro, de empatía y de cuidado mutuo. Por tanto, la enfermedad aísla, sí, pero también acerca, porque nos vuelve más conscientes del otro. Más sensibles al dolor ajeno. Más capaces para comprender lo que antes quizá juzgábamos o simplemente no veíamos. La enfermedad nos enseña, si estamos dispuestos y abiertos a aprender, que la vida no es solo productividad y rendimiento, sino presencia, vínculo, humanidad.

Tal vez, la lección más importante y difícil de integrar sea que no es necesario esperar a enfermar para comprender todo esto. Vivir plenamente no debería ser una consecuencia del miedo o del daño, sino una elección consciente mientras aún estamos a tiempo. Mientras el cuerpo aún está sano y responde. Mientras aún conservamos el poder de decidir.

Cuidarse no consiste solamente en evitar la enfermedad; consiste también en honrar la vida que ahora tenemos. Es descansar cuando el cuerpo lo pide. Es atender esas pequeñas señales de alerta antes de que sean irreversibles. Es aprender a priorizar lo esencial sobre lo urgente. Es, en definitiva, escuchar. Escuchar de verdad. Escuchar como nunca antes lo hemos hecho. Porque el cuerpo no es una máquina que deba rendir sin pausa. Es el lugar donde toda nuestra vida ocurre. Es el lugar desde el que la experimentamos. El lugar desde el que aprendemos y crecemos. Es el lugar desde el que amamos. Y por ello, merece atención, cuidado y respeto.

Quizá no podemos evitar todas las enfermedades. Quizá, incluso haciendo todo «bien», la vida nos confronte con ellas. Sin embargo, sí que podemos decidir cómo habitamos el presente. Sí podemos elegir no vivir de espaldas a nosotros mismos ni a nuestra esencia. Sí podemos aprender a mirar con otros ojos, con más cariño, lo que hoy funciona, lo que hoy está sano, lo que hoy responde bien.

Por tanto, no esperes a perder para valorar. No esperes a romperte para empezar a cuidarte. No esperes a llegar al borde del abismo para mimarte. No esperes que la enfermedad golpee tu puerta para priorizar y priorizarte. Sé consciente, mientras aún estás sano, de que vivir de verdad no es tener todo bajo control, sino estar presente, atento y agradecido por todo lo que, ahora mismo, sostiene tu vida desde el silencio.

 

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