Hace falta valor

El crítico literario escribe sobre la novela 'Oxígeno' de Marta Jiménez Serrano

José Ignacio García
28/03/2026
 Actualizado a 28/03/2026
Marta Jiménez Serrano es la autora de 'Oxígeno'. | EUROPA PRESS
Marta Jiménez Serrano es la autora de 'Oxígeno'. | EUROPA PRESS

He sobrevivido a una tromboembolia pulmonar masiva, a una operación a corazón abierto, a un shock anafiláctico por darle un par de cucharadas a unas sopas de ajo que llevaban vinagre en el ajoarriero y he dejado dos coches como el nombre del grupo musical aquel, ‘Siniestro total’, hechos fosfatina y condenados al desguace. También he sobrevivido a varias rupturas sentimentales, a la lectura de algunos libros y a una concentración descomunal de monóxido de carbono por culpa de la mala combustión de una caldera que, como el par de coches, también debería haber sentenciado al desguace mucho antes de que inundara mi casa de humo, creando un ambiente de espesa neblina londinense y cubriéndolo todo con una pátina de grasilla negruzca, que se metió incluso por los intersticios más insospechados y cuyo apestoso tufo tardó mucho tiempo en desaparecer de la casa y de mi asustado olfato.

Por eso, cuando leí en una newsletter (tengo que internacionalizarme ahora que tengo un podcast y acostumbrarme a no decir «boletín informativo») de qué iba el nuevo libro con el que Marta Jiménez Serrano ha entrado por la puerta grande en Alfaguara, supe que el libro (entonces no sabía con exactitud si podía denominarlo «novela») me iba a chiflar. Por la historia central que insinuaba y porque Marta me deslumbró hace unos años cuando publicó ‘Los nombres propios’ en Sexto Piso. Entonces, muchos me miraron como si estuviera fumado cuando les hablaba de Belaundia Fu y escribí en esta sección una reseña arrebolada de admiración que titulé ‘Fu y Fa’. Ahora, todos aquellos que dudaban de mi buen criterio (y muchos más) se suben al carro que no me dejé robar, se rinden a la evidencia y reconocen en Marta Jiménez Serrano a una de las voces más rutilantes y poderosas de la literatura española contemporánea firmada por mujeres. Quizás porque es mucho más fácil destacar e ir a la selección si juegas en el Real Madrid o en el Barsa que si lo haces en la Cultu o en la Ponfe.

Inicia Marta el libro asegurando que la literatura necesita una trama, un sentido y una estructura lógica y que lo que está a punto de contarnos carece de trama, de sentido y de una estructura lógica. Pero se olvida de advertir que nos va a robar la respiración contándonos (con su cautivadora manera de contarla) la verdad, lo que en realidad ocurrió. Lo que ella recuerda y lo que descubrió después, hablando con su pareja (el escritor cántabro Juan Gómez Bárcena, al que tantos me recomiendan que lea y del que todavía no he leído nada), con amigos, con el personal del SUMMA o buscando información y estadísticas sobre el tema. Incluso su gato Canapé podría haberle dado algún detalle más si los humanos fuéramos capaces de descifrar el lenguaje minino como ellos entienden el nuestro.

A partir de ahí, Marta, como si nos estuviera hablando cara a cara, con la aparente sencillez de una conversación coloquial, nada alambicada, evocadora y a veces con chispazos de un humor como resignado, nos regala una novela de ficción y de no ficción, un diario sin fechar, un libro de autoayuda, un álbum de familia, un tratamiento para combatir los miedos y el dolor, un canto a la vida, un atrapasueños que ahuyenta a la muerte, una historia de amor y un taller de escritura creativa.

Todo eso y más –por ejemplo, una crítica certera al mercado inmobiliario y a la dolosa realidad de demasiados alquileres insalubres– se condensa en las ciento cincuenta intensas páginas que podría haber leído de un tirón si no me hubiera sentido tantas veces identificado con ella, si no hubiera rememorado, sobre todo, mi acercamiento más cercano a la muerte, sin luces ni túneles a lo lejos, cuando sufrí la tromboembolia y tuve que atar cabos después, cuando regresé tambaleante a casa tres meses más tarde y comprendí la relación entre el azulejo roto de mi cocina y la herida de mi coronilla; cuando busqué en internet noticias sobre mi enfermedad, descubrí los multitudinarios porcentajes de fallecidos que provocaba y me pregunté por qué la muerte me había indultado (o al menos me había otorgado una prórroga) y para qué seguía aquí.

Portada de 'Oxígeno'.
Portada de 'Oxígeno'.

Como Marta tuvo que aprender a dormir a los treinta años, después de paladear una muerte dulce y de hacerse preguntas y de buscar informaciones inquietantes y respuestas poco tranquilizadoras, yo tuve que aprender a los cuarenta y siete a recordar, a caminar, a leer y a escribir y, como le pasó a Marta, cuando estuve a punto de sufrir el mismo desenlace que ella, y por la misma causa, muchos me dijeron que, como a ella le recomendaron denunciar a su arrendadora, yo hiciera lo propio con el técnico que el día anterior me había hecho una ñapa casi clandestina en la caldera para que siguiera tirando otra temporada. Y como ella y Juan decidieron finalmente no denunciar a nadie (porque propietaria, inmobiliaria, compañía del gas, comunidad de vecinos…, miraron para otro lado), cómo iba a denunciar yo a Paco, el amable y solícito setentón al que le faltaba tiempo para acudir a mis llamadas de socorro, aunque las hiciera un domingo de madrugada, y que muchas veces se conformaba como pago a su sacrificada labor reparadora y a sus posturas de contorsionista con un chato de vino en el bar.

A lo largo de mi trayectoria literaria me he preguntado con frecuencia por la relación y el conflicto entre la realidad y la ficción en la literatura. Y siempre dudo si es más complejo escribir amparándose en la verdad o si resulta más socorrido crear un universo fantástico que nadie pueda cuestionar. También por eso hay que leer ‘Oxígeno’, para conocer las reflexiones y consideraciones de su autora al respecto. Como hay reflexiones (muy sesudas) y consideraciones (muy atinadas) sobre otros temas en muchos pasajes de la trama, que es verdad que deambula entre el día casi trágico y los recuerdos de la niñez, entre su relación con Juan (prometo que haré todo lo posible por leer pronto alguna de sus novelas de títulos también muy sesudos, como la propia Marta reconoce burlona en algún momento de pique conyugal) y sus conversaciones con los sanitarios que la atendieron a tiempo… Pero en lo que no estoy en absoluto de acuerdo con ella es en que todo sea fruto de la anarquía creativa, de la efusiva cascada de recuerdos que trataron de manar a borbotones de su memoria. Hay una circularidad perfecta, sin duda calculada, en el planteamiento, el nudo y el desenlace. Algo así como un rítmico vaivén que marca con coherencia los tiempos, sin dejar nada al albur de una aparente improvisación narrativa.

A Marta (lo confiesa ella) el desvanecimiento la pilló en bragas. Menos mal que ese día se había puesto unas bragas bonitas. A mí me pilló cuajando una tortilla francesa. A ambos nos causó extrañeza que los sanitarios nos preguntaran por nuestros nombres cuando nos reanimaron; si los muy lerdos, nuestros angelitos de la guarda, los conocían de sobra.

Marta Jiménez Serrano necesitó un lustro (y gastarse una pasta en un psicólogo) para volver a dormir sin miedos y para atreverse a rescatar del olvido, quizás a modo de terapia sanadora, la traumática experiencia sufrida, por cierto, durante la pandemia mundial (quien haya leído la novela, entenderá esta cursiva) del año 20. Hace falta mucho valor para atreverse a contar lo que le ocurrió durante aquellas horas críticas e inciertas (pero también durante toda su vida anterior, a veces no menos incierta).

Reconozco que están a punto de cumplirse catorce años desde que me di un cogotón contra los azulejos de la cocina, desde que me desperté fugazmente antes de volver a irme, sin dolor y sin enterarme, mientras una enfermera tan antiestética como desagradable, y con una ferretería en su dentadura de sonrisa siniestra, me martirizaba con una gasometría. Yo no he tenido nunca valor para escribir lo que me pasó. Marta –aunque no le apeteciera y muchas puertas le parecieran muros– sí ha derrochado valor y talento para contarlo, y para contarlo tan bien. Con esa verosimilitud que alberga la literatura sin trama ni sentido ni estructura lógica, pero que es realmente fantástica.

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