«La verdad es que me resulta muy sugerente todo lo que está haciendo Héctor Escobar. Yo conozco el proyecto porque en un viaje que hice a León me llevó a esa estación que han rehabilitado y que ha quedado precioso. Me pareció una idea increíble por lo que tiene un poco de disparatada, como es todo este mundo de la cultura. Si hablamos de la cultura de verdad está muy cercana al mundo del disparate, de la locura. Hay cosas que no tienen ningún sentido práctico pero a la vez uno no sabe por qué lo seguimos necesitando. Qué hay en ese mundo para que en determinados momentos necesitemos abandonar eso que puede ser nuestra vida corriente, nuestra vida normal, nuestra vida racional y entrar a través del arte, de los libros, de las películas, del teatro, de la música, en esos territorios de los que se pretende hablar en esta serie de encuentros que ha organizado Héctor en esa estación, territorios que pertenecen todos ellos al mundo de la imaginación», sostiene el autor vallisoletano, para quien el tren es un medio de comunicación fantástico. «El hecho de que esto tenga lugar en una estación olvidada me parece una idea bonita. Es muy curioso la fascinación que ejercen los trenes en los niños. Es como un camino (de hierro) inesperado que te lleva a lugares que no sabes exactamente qué es lo que te puede aguardar. Yo creo que una estación es lo más parecido a un ‘no lugar’, un lugar donde por lo tanto puede acaecer lo inesperado, todo ese mundo de lo otro, ese mundo que muchas veces no tiene cabida en nuestra vida ordinaria. Y en ese sentido me parece que recuperar ese espacio para hablar de esos disparates que en el fondo es el mundo de la cultura y el mundo del arte me parece la verdad un acierto y resulta muy encantador de ser vivido».
Antes que Gustavo Martín Garzo ha transitado por ese territorio José María Merino, en compañía de su hija Ana, también escritora, y este miércoles lo hará Luis Mateo Díez, dos autores con los que el vallisoletano se siente especialmente cercano. «En el fondo una parte de mí se siente muy leonesa porque mi madre es leonesa y yo de pequeño he ido mucho a León, cuando todavía vivía nuestro abuelo, que tenía un hotel. Tanto en Navidad como en verano pasábamos allí un tiempo. Y por lo tanto León es una ciudad muy vinculada a mi infancia y, en ese sentido, es un lugar muy querido para mí. Lo más atractivo de todos estos escritores de los que me hablas, que tiene mucho que ver con el hecho de que hayan vivido en León, es esa especie de facilidad o de necesidad que tienen del mundo del relato. En cierta forma al estar más cerca del norte (Galicia, Asturias), es un territorio de fabuladores; es decir, hay un tipo de personas a los que no les basta con vivir la vida de todos los días sino que siempre tienen el sentimiento de que hay algo oculto, de que lo importante está en lo escondido, en lo que no vemos, que en el fondo es el territorio de la imaginación, de la fábula y la necesidad de contar, que estaba muy vinculada a ese mundo, en cierta forma al mundo rural, a un mundo y a una cultura que en parte está desapareciendo, como desaparecen muchas instituciones como el filandón, donde la gente iba a contar las cosas que le pasaban y a escuchar las cosas que les pasaban a los demás. Y creo que esa cultura del relato, ese intercambio entre historias, en el fondo es lo que da sentido a la vida. Carmen Martín Gaite dijo que la vida es el cuento de nunca acabar, y en el fondo es un poco así. Mientras sigamos teniendo la capacidad de contar y la necesidad de escuchar las historias que nos cuentan a los demás, pues estamos en el territorio de la vida del que hablamos», reconoce el autor.Pregunto a Martín Garzo si cree que existe algún tipo de matiz que diferencia el territorio imaginario, atribuido en esta ocasión a Mateo Díez, del territorio del ensueño en el que se puede inscribir su propia obra. «Yo creo que en el fondo son formas distintas de hablar de lo mismo, que es del territorio de la imaginación claramente. La imaginación es una facultad extraordinaria porque nos lleva a esas zonas que quedan fuera del ámbito de la razón. Haciendo uso de la metáfora, la razón es una casa demasiado pequeña para que quepa en ella toda nuestra vida. No la desdeño obviamente porque la razón es absolutamente esencial, sobre todo para poder compartir las cosas con los demás. La razón es la que nos lleva al mundo real de alguna forma, y lo real es lo que compartimos con los demás. Pero no toda nuestra vida cabe en los límites de ese territorio, el territorio de lo que podemos nombrar, de lo que conocemos, de lo que podemos decir. Hay grandes zonas, ese mundo de las afueras. Pero es en ese mundo, si lo piensas, donde está nuestra verdadera vida, porque ahí están nuestros sueños, están nuestros deseos, están nuestras locuras, lo que soñamos de noche y no entendemos porque son incomprensibles. En León hay un escritor extraordinario, Ildefonso Rodríguez, que siempre ha dado una importancia suma al mundo de los sueños. Ese mundo que uno no controla y donde puede aparecer lo inesperado, donde uno puede comunicarse incluso con los muertos o con los desaparecidos. A mí me gusta mucho vender esos otros sueños que son los sueños del despierto, que llamaba Freud, que es el mundo del ensueño y que creo que no he abandonado nunca porque desde que era un niño pues básicamente yo lo que hacía era estar en Babia, en definitiva, y que es una cosa que constantemente hacen los niños también. Nunca sabemos lo que hay en sus pensamientos, con los que siempre están volando lejos. En ese sentido ese mundo del ensueño también es el mundo de la literatura, el mundo del cine, que en este último caso tiene una cualidad especial porque es un sueño que compartes con los demás porque están a tu lado. Entras en la sala, te dejas llevar por lo que aparece en la pantalla, que no pertenece digamos al mundo real pero a la vez algo de todo eso que se ha producido en ese tiempo que has estado en la sala, cuando sales, lo llevas al mundo real. Por ejemplo, a mí me encantaba jugar a lo que habías visto en el cine, como creo que hacían todos los niños. Esas aventuras que habías visto en la pantalla las llevabas a tus juegos. Era como si te trajeras cosas de ese mundo de los sueños. Es un poco lo que constantemente hacemos cuando leemos un libro, cuando leemos un poema, cuando escuchamos un concierto, cuando asistimos a una obra de teatro. En el fondo esos son los sueños de los hombres. Toda la cultura es un almacén de sueños, y necesitan esos sueños para luego poder llevarlos a la realidad y hacer que la realidad, de alguna manera, se vuelva sueño también. La realidad necesita de ese mundo para volverse deseable. Porque si no existe nada de eso, la realidad se vuelve algo plano, repetitivo, sin sorpresas, en definitiva no digna de ser vivido porque no encuentra uno nada en ella», señala.
El cine siempre ha estado presente en la obra del escritor vallisoletano, una presencia que se hace todavía más específica en su última novela, ‘El último atardecer’ (Galaxia Gutenberg), donde hace alusión expresa a la película de Franklin J. Schaffner ‘El señor de la guerra’ y utiliza como portada la bella imagen de su protagonista femenina Rosemary Forsyth. «La película de lo que habla es del amor-pasión y nos habla también de dos mundos. El mundo del orden y la razón, representado por el caballero normando, y el mundo del paganismo, donde todavía el ser humano no se había desvinculado de la naturaleza y por lo tanto es el mundo del mito, de lo que no sabemos y no podemos explicar, un mundo al que pertenece una joven de la que el caballero queda literalmente hechizado pues al principio cree que es una bruja. Cuando empecé a darle vueltas a este proyecto que tenía aparcado desde hacía tiempo la película de Schaffner apareció en mi cabeza. Luego también estaba esa referencia literaria, como cuento al final de la novela, alusiva a la fascinación que ejerció en el poeta Juan Eduardo Cirlot, que se enamoró literalmente del personaje de Rosemary Forsyth, que dio lugar a una de las obras más fascinantes de la poesía española del siglo pasado, un ciclo de poemas recogido en seis o siete libros que se llama ‘Bronwyn’ y que está editado por Siruela. Literalmente son poemas de amor a un fantasma, porque es un ser que no existe. En realidad Cirlot se enamoró de una historia», concluye.