La definición que la página web del diccionario ABC ofrece de graffiti es: «Entendiéndola como una de las expresiones de arte urbano más populares y características de la actualidad, el graffiti no es más que un dibujo o una obra de arte pictórica realizada en las paredes y muros de la calle. Así, el graffiti no se mueve o muestra dentro de los círculos intelectuales o privados del arte sino que se caracteriza por ser expuesto de manera pública para que todos lo vean y disfruten día a día. El graffiti es por lo general anónimo y puede tener diferentes objetivos en lo que respecta a la razón de su realización, mientras algunas son meramente artísticas, otras son formulaciones políticas, otras de protesta y otras son simples mensajes sin mayores pretensiones». Indudablemente en este caso estamos ante unas manifestaciones «meramente artísticas» que lo hacen además «sin mayores pretensiones».
Caligrafía pintada, que no escrita. Con unas raíces que se remontan a Estados Unidos a finales de los años sesenta cuando Cambread, en Filadelfia, define la esencia del graffiti al darle la forma de una firma (tag) para llamar la atención de una chica. Aquella original forma de expresión fue recogida por la prensa negra alternativa. Por todas partes surgieron imitadores que inundaron las paredes, andenes, túneles y vagones de ferrocarril metropolitano de garabatos y pintadas. La contracultura contaba con un nuevo brazo con el que golpear al establishment. Las medidas de control que se desplegaron a medida que el fenómeno crecía se hicieron cada vez más coercitivas, lo que obligó a algunos graffiteros a saltar a Europa a mediados de los setenta. Ellos trajeron al viejo continente aquel soplo de rebeldía. En España el fenómeno se da a conocer en los años ochenta. Cuarenta años después, aún podemos disfrutar de una muestra dando un simple paseo.
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