‘Giselle’, el ballet que nunca pasa de moda

Cines Van Gogh retransmite este sábado la obra maestra del Romanticismo, con Akane Takada y Matthew Ball como protagonistas del montaje de Peter Wright para Londres

Javier Heras
07/03/2026
 Actualizado a 07/03/2026
Un instante de la obra ‘Giselle’, retransmitida desde las 1800 horas de este sábado.
Un instante de la obra ‘Giselle’, retransmitida desde las 1800 horas de este sábado.

El regreso de ‘Giselle’ al Royal Ballet es una historia de veteranía, perfeccionismo y resiliencia. Por un lado, de los protagonistas: la elegante japonesa Akane Takada (1990) viajó de su Tokio natal a Moscú para formarse en el Bolshoi y luego a Londres, donde llegó con una beca del Prix de Lausanne (2008) y ha ido ascendiendo hasta la máxima categoría. Junto a ella, como reemplazo a última hora de Stephen McRae, el inglés Matthew Ball (Liverpool, 1993). Criado en la cantera de la compañía -de la que es solista desde 2017-, siempre se le asociará a su gesta de marzo de 2018, cuando sustituyó al protagonista de este mismo título, lesionado en plena función. Ball solo había encarnado a Albrecht una vez, pero salió airoso gracias a su presencia, elegancia y fuerza física. Dos veces finalista al premio Dancer of The Year, conoce bien a Takada, con la que ha compartido en este escenario ‘Woolf Works’, ‘Alicia’, ‘Mayerling’ y, hace menos de un año, ‘Ballet to Broadway’.

Pero decíamos que ésta es una historia de veteranía, y en eso nadie supera al coreógrafo, Peter Wright. Con 99 años recién cumplidos, el inglés es el responsable de dos de los montajes más populares del repertorio: ‘El cascanueces’, de 1984, y su actualización de ‘Giselle’, del año siguiente. Ya la había abordado para el ballet de Stuttgart (1966) y el de Múnich (1974), y en Londres insistió en su respeto al vocabulario clásico de Marius Petipa, al que agregó virtuosismo, expresividad y dramatismo, intensidad emocional y unos fabulosos decorados de John MacFarlane

El escenógrafo, pintor y dibujante escocés, que debutaba en el Royal Ballet hace cuatro décadas precisamente con esta producción, subrayó el contraste entre el primer acto, rural y luminoso, y el segundo, ese bosque nocturno y fantasmal donde aparecen las Wilis, espíritus de doncellas que murieron despechadas y que buscan vengarse de los hombres. La trayectoria de MacFarlane en la capital inglesa continuaría de la mano de David McVicar (‘La flauta mágica’), Willy Decker (‘Peter Grimes’) y Liam Scarlett, con quien alzó el Benois de la Danse por sus diseños en 2017 (‘Hummingbird’) y 2019 (‘Swan Lake’).

El sábado 7 de marzo a las 18:00 horas el público leonés podrá disfrutar de ‘Giselle’ en las salas de Cines Van Gogh, en una retransmisión del directo del 3 de marzo de esta misma semana. La producción, con más de 550 funciones a sus espaldas, destaca por su claridad narrativa y cuidado por el detalle, así como por su exigencia interpretativa para los bailarines y para la orquesta. Aquí la comanda un especialista en danza, el estonio Vello Pähn (Tallin, 1958), colaborador de Nureyev, Neumeier o Béjart.

‘Giselle’, considerado el ballet romántico por antonomasia, se estrenó en París en 1841. Para comprender su trascendencia, tengamos en cuenta que anteriormente todos los ballets hablaban de dioses del Olimpo -siempre encarnados por hombres-, y que el vestuario era pesado y formal. Aquí, en cambio, había personajes reales, fuerzas sobrenaturales, una mujer como protagonista y un conjunto de tutús blancos. No era el primer ballet-blanc de la historia: ese honor corresponde a ‘La sílfide’, de Filippo Taglioni, que el libretista -Théophile Gautier- vio en directo, y cuyas ideas continuó en ‘Giselle’. Por ejemplo, ese espíritu femenino en puntas y con falda corta, que permitía apreciar su trabajo de pies. Al público le asombró su apariencia ligera, etérea, como de otro mundo. Encajaba a la perfección con las escenas sobrenaturales de las Wilis, personajes de las leyendas centroeuropeas que había recogido Heinrich Heine en ‘Über Deutschland’ (1837) y luego plasmó Gautier, a su vez inspirado en unos versos de Victor Hugo (‘Fantômes’).

De la coreografía se encargaron Jean Coralli, maestro de la Ópera de París, y Jules Perrot, que se mudó más adelante a San Petersburgo. Allí conocería a Marius Petipa (‘La bella durmiente’), quien revisaría Giselle para los Teatros Imperiales entre 1884 y 1903. Su versión ha sido el punto de partida de la mayoría de las que siguieron, entre ellas las de Ratmanski, Gorsky, Lavrovsky o el mismo Peter Wright.

En cuanto a la partitura, fue mérito del francés Adolphe Adam (1803-1856), primer compositor en escribir específicamente para la danza; antes, el género recurría a pastiches de obras existentes. Profesor de Léo Delibes y autor de medio centenar de óperas, tenía talento no solo para las melodías cantables y emotivas (propias de Bellini o Chopin) y para los leitmotive, que aluden a personajes e ideas, sino también para la orquestación, muy refinada. Así, supo diferenciar entre ambientes, como el mundo folclórico de los campesinos y la inquietante atmósfera del bosque. El lamento del corno inglés, tan nostálgico, parece el Chaikovski de ‘El lago de los cisnes’.

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