El regreso de ‘Giselle’ al Royal Ballet es una historia de veteranía, perfeccionismo y resiliencia. Por un lado, de los protagonistas: la elegante japonesa Akane Takada (1990) viajó de su Tokio natal a Moscú para formarse en el Bolshoi y luego a Londres, donde llegó con una beca del Prix de Lausanne (2008) y ha ido ascendiendo hasta la máxima categoría. Junto a ella, como reemplazo a última hora de Stephen McRae, el inglés Matthew Ball (Liverpool, 1993). Criado en la cantera de la compañía -de la que es solista desde 2017-, siempre se le asociará a su gesta de marzo de 2018, cuando sustituyó al protagonista de este mismo título, lesionado en plena función. Ball solo había encarnado a Albrecht una vez, pero salió airoso gracias a su presencia, elegancia y fuerza física. Dos veces finalista al premio Dancer of The Year, conoce bien a Takada, con la que ha compartido en este escenario ‘Woolf Works’, ‘Alicia’, ‘Mayerling’ y, hace menos de un año, ‘Ballet to Broadway’.
Pero decíamos que ésta es una historia de veteranía, y en eso nadie supera al coreógrafo, Peter Wright. Con 99 años recién cumplidos, el inglés es el responsable de dos de los montajes más populares del repertorio: ‘El cascanueces’, de 1984, y su actualización de ‘Giselle’, del año siguiente. Ya la había abordado para el ballet de Stuttgart (1966) y el de Múnich (1974), y en Londres insistió en su respeto al vocabulario clásico de Marius Petipa, al que agregó virtuosismo, expresividad y dramatismo, intensidad emocional y unos fabulosos decorados de John MacFarlane.
El escenógrafo, pintor y dibujante escocés, que debutaba en el Royal Ballet hace cuatro décadas precisamente con esta producción, subrayó el contraste entre el primer acto, rural y luminoso, y el segundo, ese bosque nocturno y fantasmal donde aparecen las Wilis, espíritus de doncellas que murieron despechadas y que buscan vengarse de los hombres. La trayectoria de MacFarlane en la capital inglesa continuaría de la mano de David McVicar (‘La flauta mágica’), Willy Decker (‘Peter Grimes’) y Liam Scarlett, con quien alzó el Benois de la Danse por sus diseños en 2017 (‘Hummingbird’) y 2019 (‘Swan Lake’).
El sábado 7 de marzo a las 18:00 horas el público leonés podrá disfrutar de ‘Giselle’ en las salas de Cines Van Gogh, en una retransmisión del directo del 3 de marzo de esta misma semana. La producción, con más de 550 funciones a sus espaldas, destaca por su claridad narrativa y cuidado por el detalle, así como por su exigencia interpretativa para los bailarines y para la orquesta. Aquí la comanda un especialista en danza, el estonio Vello Pähn (Tallin, 1958), colaborador de Nureyev, Neumeier o Béjart.
‘Giselle’, considerado el ballet romántico por antonomasia, se estrenó en París en 1841. Para comprender su trascendencia, tengamos en cuenta que anteriormente todos los ballets hablaban de dioses del Olimpo -siempre encarnados por hombres-, y que el vestuario era pesado y formal. Aquí, en cambio, había personajes reales, fuerzas sobrenaturales, una mujer como protagonista y un conjunto de tutús blancos. No era el primer ballet-blanc de la historia: ese honor corresponde a ‘La sílfide’, de Filippo Taglioni, que el libretista -Théophile Gautier- vio en directo, y cuyas ideas continuó en ‘Giselle’. Por ejemplo, ese espíritu femenino en puntas y con falda corta, que permitía apreciar su trabajo de pies. Al público le asombró su apariencia ligera, etérea, como de otro mundo. Encajaba a la perfección con las escenas sobrenaturales de las Wilis, personajes de las leyendas centroeuropeas que había recogido Heinrich Heine en ‘Über Deutschland’ (1837) y luego plasmó Gautier, a su vez inspirado en unos versos de Victor Hugo (‘Fantômes’).
De la coreografía se encargaron Jean Coralli, maestro de la Ópera de París, y Jules Perrot, que se mudó más adelante a San Petersburgo. Allí conocería a Marius Petipa (‘La bella durmiente’), quien revisaría Giselle para los Teatros Imperiales entre 1884 y 1903. Su versión ha sido el punto de partida de la mayoría de las que siguieron, entre ellas las de Ratmanski, Gorsky, Lavrovsky o el mismo Peter Wright.
En cuanto a la partitura, fue mérito del francés Adolphe Adam (1803-1856), primer compositor en escribir específicamente para la danza; antes, el género recurría a pastiches de obras existentes. Profesor de Léo Delibes y autor de medio centenar de óperas, tenía talento no solo para las melodías cantables y emotivas (propias de Bellini o Chopin) y para los leitmotive, que aluden a personajes e ideas, sino también para la orquestación, muy refinada. Así, supo diferenciar entre ambientes, como el mundo folclórico de los campesinos y la inquietante atmósfera del bosque. El lamento del corno inglés, tan nostálgico, parece el Chaikovski de ‘El lago de los cisnes’.