Gaudí, mirada profunda al Mediterráneo

Por José María Fernández Chimeno

José María Fernández Chimeno
01/03/2023
 Actualizado a 01/03/2023
Taller de Eduald Puntí.
Taller de Eduald Puntí.
«Las piedras no albergan más que una parte de ese valor, como ha dicho John Ruskin con gran belleza a propósito de un edificio histórico de Francia (ahora probablemente reducido a una versión académica de su verdadero ser); a saber, que eran ‘las mismas piedras que los ojos de san Luis había visto levantarse para ocupar ese lugar’».
[William Morris, Arquitectura (Textos reunidos)]


William Morris hacía mención a la pátina de los edificios sin restaurar, verdadero testimonio del paso del tiempo, y con ello de «la evolución de las ideas humanas, de la continuidad de la historia […] no solo diciéndonos cuáles fueron las aspiraciones de los hombres que han existido, sino también qué podemos esperar del futuro». Esa pátina ha desaparecido en numerosos edificios restaurados y con ella «el testimonio del paso del tiempo»; pero para algunos arquitectos restauradores, como Eugene Viollet-le-Duc, era más importante la «imagen idílica» de los edificios, confiriéndoles un aspecto que quizá jamás llegaron a tener.

Antonio Gaudí fue contemporáneo de ambos personajes y gran admirador del arquitecto francés; recurriendo frecuentemente como estudiante a la consulta del ‘Diccionario Razonado de Arquitectura’ (obra editada en París entre 1854-1863), conoció in situ la restauración de la ciudad fortificada medieval de Carcasona. En julio de 1870, junto a su amigo Eduardo Toda paso una temporada en l’Espluga de Francolí, invitados por una hermana de Josep Ribera. Los tres amigos de Bachillerato visitaron el monasterio de Santa María de Poblet. Ribera asistió a la destrucción y depredación de imágenes, sepulcros y tesoros del monasterio por la incuria del Estado español, que lo dejó sin guarda desde la desamortización de Mendizábal, desde 1835.No obstante, pasados los años, la verdadera pasión de Antoni Gaudí (no sería la restauración de edificios históricos, sino algo mucho más grandioso, como es la Naturaleza. En sus escasos escritos se sinceró: «El gran libro, siempre abierto y que conviene esforzarse en leer, es el de la Naturaleza; los demás libros han salido de este y tienen además las interpretaciones y equívocos de los hombres». Y dentro de la Naturaleza confiesa su pasión: «Necesito ver el mar con frecuencia, y muchos domingos voy a la escollera. El mar es la única cosa que me sintetiza las tres dimensiones –el espacio–. En la superficie se refleja el cielo, y a través de ella veo el fondo y el movimiento. Mi ideal sería ver todo esto en la playa de El Miracle de Tarragona, donde la luz y los colores tienen otros matices…». Gaudí insistía en que en las riberas del Mediterráneo se daba una luz media, a 45º, que es la mejor para definir los cuerpos y mostrar la forma de los mismos. La intensidad de la luz del Sol que llega a la superficie terrestre (irradiancia) disminuye cuando el sol se aleja de la posición vertical (zenit).

«…en el Mediterráneo se impone la visión concreta de las cosas, en la que tiene que descansar el auténtico arte […] Mis cualidades griegas se deben al Mediterráneo, cuya visión constituye para mí una necesidad». Es por ello que creía que las artes mediterráneas (de Egipto, Grecia y Roma) eran siempre superiores a las del Norte y de los Trópicos, al haber escasez de luz o porque es más cenital; sin embargo sus pueblos están dotados para el análisis, la ciencia y la industria (los del Norte de Europa o América). [ver artículos publicados en LNC: ‘Gaudí y los griegos’, 1ª Parte (20-07-22) y 2ª Parte (10-08-22)]

El «espíritu de observación» (alegaba que como consecuencia de su mala salud) le había llevado a estas consideraciones en la infancia. Alcanzada al fin a la madurez, sus escrutadores ojos azules se fijaron en «la luz» para prescindir de la policromía en las partes superiores del Templo Expiatorio de la Sagrada Familia, «puesto que el sol es un gran pintor, que en nuestras regiones pinta con colores muy bellos […] En la Sagrada Familia, los siglos se encargarán de esa pintura. En el arte tiene que haber vida y esta se manifiesta principalmente por el color». (Isidre Puig Boada, autor de ‘El pensamiento de Gaudí’)Llegado a este punto, cabe preguntarse cómo incidirá el tiempo en las obra de Gaudí. De existir, ¿estaría hoy preocupado por la conservación de sus obras arquitectónicas o pensaría, como William Morris, que la pátina les dará el verdadero testimonio del paso del tiempo? En pocas palabras, ¿cubiertos de ese barniz, sin restaurar, la Sagrada Familia, la Casa Botines o el Palacio Episcopal de Astorga serán capaces de despertar en la conciencia del turista cultural del siglo XXI la misma admiración de hoy en día? Pienso que no, que pocos desearán verles «llenos de arrugas y encanecidos» por el paso del tiempo, como tampoco queremos, al vernos en el espejo, admitir que se cumple esa ley inexorable: todo lo que nace está destinado a envejecer.Sin embargo, en algo llevaba razón el bardo atraído por ensoñaciones medievales que nació en Walthamstow (Inglaterra), lejos de la luz mediterránea. Morris advertía que si restauramos los edificios y quitamos la pátina que les recubre, perderemos la «mirada» de sus creadores reflejada en ellos mientras se construían…, y quizá, en un futuro no muy lejano se olviden también, esos turistas culturales de los siglos venideros, quien fue el gran arquitecto nacido en Reus.

Entonces, tarde comprenderán que al contemplar en las piedras restauradas «la versión académica de su verdadero ser», estas habrán perdido una parte sustancial de su valor, aunque el sol siga incidiendo a 45º sobre ellas. En el mejor de los casos se verán obligados a contemplar la Casa Batlló, la Casa Milá (La Pedrera) o el Parque Güell, con los anteojos que les impondrán los conservadores de monumentos de su propia época; y, en el peor, no serán más que serviles aduladores de quienes les han preparado un bonito «parque temático», una grandiosa mentira –a medias erudita, a medias ignara, y absolutamente pedante– de un edificio antiguo.

Tampoco sabemos que opinaba Antonio Gaudí de este personaje polifacético –poeta, pintor, novelista, decorador y un largo etcétera de «facetas» a las que hay que sumar las de socialista y revolucionario (‘Arquitectura Textos reunidos’, Pepitas Editorial, 2023)-, pero sí nos han legado para la historia de la arquitectura sus convicciones artísticas y profesionales:
«Si Morris desarrolló a lo largo de toda su vida una deslumbrante labor teórica acerca del papel social de la arquitectura», reivindicando desde el movimiento Arts & Crafts la conexión de la belleza pura del arte con la belleza utilitaria de la artesanía, Gaudí aportó a la arquitectura su «mirada profunda al Mediterráneo» y su enorme capacidad para cambiar la vida de las personas, sabiendo rodearse de los mejores artesanos catalanes, como los escultores Llorenç Matamala y Josep Llimona, del maestro carpintero Eduald Puntí y del fabricante de muebles Joan Munné Seraní; en definitiva, entre otros, una larga pléyade de artífices dispuestos a llevar a buen puerto sus originales proyectos, a los que es menester dejar que les cubra la pátina del tiempo.
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