Los reportajes, noticias, libros, exposiciones… sobre el genial arquitecto Antonio Gaudí se suceden (y se anuncian muchos más) en este año de su centenario, con especial presencia leonesa alrededor de Botines y el Palacio de Astorga. Sin embargo, hay un aspecto que toca al genio catalán de manera indirecta pero que también habla de su prestigio, de su influencia, de su “aroma”. Son edificios de los que una y otra vez se dice que son “gaudinianos”, por sus especiales características, su singularidad que muchos llaman “modernista”; concretamente tres, repartidos por España y uno de ellos en la leonesa localidad de Valencia de Don Juan, el llamado edificio Centinela, aun sin finalizar después de 30 años pero muy rematado en su exterior. Los otros dos están en Guadalajara (el Capricho de Rillano en Rillo de Llano) y en San Joan Despí el llamado “Capricho de los huevos” o Torre de la Creu. Ninguna de estas singulares creaciones han visto las manos ni los planos de Gaudí, aunque el creador de la catalana, Josep Maria Jujol, sí fue discípulo del creador de la Sagrada Familia.
Quizás la más singular de las tres “casas gaudinianas” es la leonesa de Valencia de Don Juan, obra de un personaje tan singular como su edificio, Santiago Nava, al que en la villa coyantina conocen como “el legionario” pues estuvo en ese cuerpo del ejército. Parece que salió de él de forma abrupta y él cuenta que regresó andando desde Málaga y en el camino “ideó” levantar un edificio que haría difícil olvidarse de él. Y se puso manos a la obra, ayudado por su condición de albañil, de excelente albañil, y su capacidad de trabajo. Aunque las características casi faraónicas de la obra hacen que se vaya dilatando en el tiempo el final, el exterior ya está prácticamente terminado, siendo uno de los mayores atractivos de esta localidad.
No le molesta a Nava el apelativo de “casa Gaudiniana”, el que le molestó, y mucho, fue otro anterior en la prensa nacional en el que se hablaba de la Casa de Batman, personaje que ni conocía Nava y no le hizo ninguna gracia. También es conocido Nava como “el Gaudí coyantino”, que prácticamente es el único que ha puesto sus manos sobre este edificio inacabado; tan solo otro artista local, Chiches, colaboró con él en las figuras de latón que coronan el Edificio Centinela, cuya construcción comenzó en 1970 y, dice su definición técnica, “se eleva sobre una base de ocho octógonos y está integrada por un total de cinco casas independientes con paredes de tapial, cientos de cantos rodados, ventanas y gárgolas con formas animales y estructuras y disposiciones totalmente irregulares”. Para añadir que “su estructura ha ido cambiando con el paso de los años. Por ejemplo, las paredes iban a ser de barro crudo y terminaron siendo construidas en piedra”, según se le ocurra a Nava.

Un caso parecido, en el aspecto del autor, es el de Guadalajara, el edificio Rillano, levantado por Juan Antonio Martínez Moreno en un pueblo de menos de 50 habitantes, Rillo del Gallo, y pronto bautizado como El Capricho de Gaudí o el Capricho de Rillano. “No es su autor arquitecto y tampoco experto en la construcción de este tipo de casas”, pero él confesaba que “hizo realidad un sueño que iba dibujando en trozos de papel”. Sí llevó una vida dedicada a la construcción y, si le sumas una evidente imaginación, se hace realidad su “capricho”. Confesaba que “no pretendía evocar a nada y que cada cual haga la interpretación del edificio. Evidentemente, está inspirada en elementos de la naturaleza”, ahí sí ve un paralelismo con la obra del internacionalmente conocido arquitecto catalán.
El tercero de los edificios sí es obra de un discípulo de Gaudí, Josep Maria Jujol, que ideó la popularmente conocida como la casa de los huevos, aunque su nombre real es Torre de la Creu, y está considerada como una de las obras más singulares del modernismo catalán, hasta el punto de estar declarada Bien Cultural de Interés Nacional. Su elemento más llamativo —de ahí su nombre popular— son las cúpulas que coronan la torre. “Originalmente estaban recubiertas de trencadís de vidrio, pero en una reforma posterior, ya en manos de Tecla Jujol, hija del arquitecto, se sustituyeron por cerámica de colores”.
Esta singular construcción, sin fachadas convencionales, fue levantada entre 1913 y 1916, cuando una tía de Jujol, Josefa Romeu i Grau, le encargó dos casas de veraneo en Sant Joan Despí y le ofreció a su sobrino plena libertad creativa. Y el alumno de Gaudí, Jujol, creó algo realmente singular y llamativo.