Les voy a contar una historia que, estoy seguro, les va a gustar. Yo no soy de Matallana de Torío, aunque durante cuatro años —entre 1956 y 1960— aquel pueblo fue mi casa. Por entonces, el tren era parte del paisaje cotidiano, un animal de hierro y carbón que resoplaba entre montes y valles, dejando tras de sí una estela de humo espeso que parecía dibujar el camino en el cielo.
Aquel día de julio de 1957 cogí el tren en León dirección Matallana. Era verano, tiempo de cosechas, y los campos lucían dorados, cargados de cereal maduro y viñedos que prometían buena vendimia. El tren avanzaba pesado, bufando, lanzando por su chimenea bocanadas negras y, sin que nadie lo sospechara, también pequeñas escorias encendidas.
Nada más pasar Villasinta ocurrió.
Algunas de aquellas escorias cayeron sobre los campos resecos y, en cuestión de segundos, comenzaron a levantarse pequeñas lenguas de fuego entre el trigo. Al principio parecía algo sin importancia, pero el viento hizo su trabajo y las llamas empezaron a correr con decisión.
El convoy se detuvo.
Bajaron el fogonero y el maquinista sin dudarlo, conscientes del desastre que podía desatarse en cuestión de minutos. Desde las ventanillas, varios jóvenes que viajábamos en el tren contemplábamos la escena con el corazón encogido. Y sin pensarlo demasiado, nos miramos y saltamos también a la vía para ayudar.
No había mangueras, ni medios, ni organización. Solo urgencia.
Cortamos ramas de los alrededores y, a base de golpes, fuimos sofocando las llamas. El calor apretaba, el humo picaba en los ojos y el olor a cereal quemado se mezclaba con el del carbón del tren. Durante un buen rato, aquello fue una lucha cuerpo a cuerpo contra el fuego, golpe a golpe, rama a rama.
Y lo conseguimos.
Las llamas no llegaron a extenderse lo suficiente como para arrasar las cosechas ni los viñedos. Aquella pequeña batalla improvisada se ganó allí mismo, entre desconocidos que, por un momento, se convirtieron en compañeros.
Hoy, cuando cuento esta historia, a muchos jóvenes les cuesta creerla. Les hablas de un tren que se detiene para apagar un incendio provocado por él mismo, de trabajadores y pasajeros bajando juntos a salvar las cosechas, y les suena a invención.
Pero ocurrió.
Y por eso lo recuerdo. Y la cuento y se la quiero dedicar a todas esas personas del Valle del Torío, y otros valles que atraviesa ese viejo tren por el que siguen luchando.