El anfitrión, un viejo tío, retirado en un pueblo, que quería celebrar el último ascenso de su sobrino, le pidió que dirigiese unas palabras al terminar la cena. Allí de pie, ante la mirada curiosa de los comensales, se sentía ridículo vestido solo él de uniforme y no sabía qué decir. Agradeció el homenaje y posó la mirada en la ventana buscando inspiración para continuar. Afuera, en la tranquila profundidad de la noche, dos cuerpos se recortaron en la calle iluminados por la vela que sostenía uno de ellos. Acercaron las caras a la ventana y miraron dentro. Su expresión era malévola y amenazadora. Después de unos instantes, soplaron la vela y desaparecieron en las sombras como si no les hubiera gustado lo que habían visto. Se disculpó y abandonó el comedor. Salió a la calle. No vio a nadie. Los dos extraños habían dejado al pie de la ventana una figurita de cera envuelta en un uniforme y un alfiler hundido a la altura del corazón. La cogió y caminó hasta el lugar donde le esperaba el cochero que le llevaría de vuelta a la ciudad. Se había olvidado completamente de su tío. Ya en casa, pensaría en lo sucedido.
Despertó como si le hubiera pasado por encima una manada de caballos salvajes. La figura de cera descansaba sobre la mesa donde la había dejado. Después de mirarla y comprobar que el uniforme que la cubría no correspondía al suyo, sino al del cuerpo de caballería donde sirvió su hijo, la guardó en un cajón del escritorio, que cerró con llave. Lo último que supo de sus proyectos fue gracias a una carta que le envió desde París. Le anunciaba que pensaba volver a Dinamarca y casarse con la muchacha que había dejado embarazada. Le pedía que le enviara algo de dinero para el viaje. Se despedía rogándole que confiara en él, no iba a defraudarle como tantas veces. Quería cambiar y con su ayuda lo lograría. Parecía sincero, ¿aunque en cuantas otras ocasiones le había oído decir que quería cambiar de vida? Cuando estaba en el último curso de la academia militar, él, recién enviudado, tuvo una corta aventura con una mujer casada mucho más joven. Aquel imperdonable devaneo debió llegar a sus oídos y a los de sus compañeros de academia. Los previsibles comentarios burlones sobre la conducta de sátiro de su padre explicarían que anduviera metido siempre en peleas, pero eso no justificaba que terminase siendo un pendenciero. Solo gracias a los hilos que movió a cambio de favores –en ocasiones importantes sumas de dinero– logró que acabara su formación como cadete. Le destinaron a un destacamento del interior. Durante un tiempo pareció que la vida como oficial le absorbía por entero. Se diría que instruir a los hombres bajo su mando era su única preocupación. Sin embargo, aquello duró poco. Se aficionó a jugar a las cartas y le dio por seducir a muchachas ya prometidas. En la correspondencia que mantenían presumía de sus conquistas y creía que la suerte le sonreiría siempre. Tampoco aquello duró. Pronto se vio acuciado por las deudas de juego, que él tenía a menudo que pagar porque se sentía responsable, la razón última de la conducta disoluta de su hijo.
Y de nuevo un cambio. Se enamoró de la hija pequeña de un comerciante de granos. Era una muchacha dulce que logró sacar lo mejor de él. Dejó de jugar y solo pensaba en complacerla. Daban largos paseos a caballo. Ella montaba bien y solía retarle a que la alcanzara. Después de una de aquellas carreras, tumbados en la hierba y entrelazadas las manos, fundidos en un abrazo, sucumbió a la tentación. Cuando le dijo que estaba embarazada, pensó que era igual que cualquiera de sus anteriores conquistas y acabó abandonándola. Al poco tiempo, volvía a jugar. En una partida, abofeteó a uno de los jugadores cuando le acusó de hacer trampas. Se retaron. Hijo de un alto magistrado, murió en el duelo. Preocupado por cómo pudiera reaccionar el padre, abandonó precipitadamente Dinamarca y se instaló en Paris, el escenario romántico de muchas de las novelas que leía en la academia entre pelea y pelea con otros cadetes.
Desde París le escribió en dos ocasiones. Una para decirle que había encontrado trabajo en las caballerizas de un noble, y la segunda pidiéndole dinero. No era difícil imaginar lo ocurrido entre las dos cartas. A pesar de que le mandó el dinero, no respondió. Pasó el tiempo y la hija del mercader de granos se presentó un día en su casa para preguntarle si querría hacerse cargo de su nieto cuando naciera. Su padre la había repudiado y no pensaba confiarlo a un orfanato. Desde entonces pasaba cien coronas todos los meses a la que podía convertirse en su nuera. Poco después de que naciera el niño, le llegó la noticia de que su hijo había muerto en un duelo, cuando aún confiaba en su vuelta. Recordó el muñeco de cera. Estaba donde lo había dejado, en el fondo de un cajón de su escritorio. Descubrió que debajo del uniforme asomaba el borde de un papel azul plegado. En él, con la caligrafía insegura de un niño, habían escrito una fecha y, debajo, dos palabras. Logró descifrar la fecha. Era la misma en la que murió su hijo. Las palabras resultaban ilegibles. Una noche, a las puertas de un teatro, creyó cruzarse con los dos extraños que vio asomados a la ventana en la casa de su tío. Posaron los ojos un momento en los suyos, luego miraron a la mujer que le acompañaba, antes de alejarse. Tampoco esta vez pareció gustarles lo que vieron. La escena de la ventana empezó a repetirse en sueños. Solo que al salir a la calle podía distinguirlos entre las sombras y les seguía. Entraban en una cuadra y ensillaban un caballo sin crines. Ahora vestían un uniforme como el suyo y sonreían amenazadores porque acababan de descubrirle espiándolos de nuevo como aquella noche.
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